Apaga y vámonos

Fiscalizar la política desde fuera

A pesar de que la sociedad civil es un elemento estructural de las comunidades políticas democráticas, la nuestra duerme. Hija del miedo a hablar que impusieron los años del franquismo, prima de la acomodación que se fraguó entre el final de la dictadura y las dos primeras décadas de la Constitución y madre de cuantas personas hoy se quejan del grado de corrupción de su clase política, la sociedad civil española calla cuando tiene que hablar, y cuando habla lo hace en metáfora, evita dar nombres, y se queja sólo en círculos de intimidad.

Instituciones fiscalizadoras, el fiasco

La fiscalización de la política desde dentro ha fracasado: las instituciones más importantes del Estado han sido mangoneadas por los partidos con la insultante aquiescencia de los elegidos para cada cargo; no podía ser de otra manera teniendo en cuenta la literalidad constitucional y los gigantescos vectores de fuerza económica que gravitan sobre sus decisiones. Hemos asistido a la crítica desvergonzada por parte de gobiernos, oposición y grupúsculos parlamentarios varios, de las decisiones del Tribunal Constitucional, de la acción u omisión del Fiscal General del Estado, de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, o del Banco de España. Habría que añadir que en muchas ocasiones la crítica era razonable, pero es inadmisible que la hagan las manos que mueven la cuna. Hemos visto a personas dignísimas enfangarse hasta el corvejón por figurar con posibilidades en una terna para la prebenda máxima: una butaca en un Consejo (audiovisual, corporativo, bancario…) en un periodo seguro y superior a una legislatura. Hemos observado con estupor que ser del Consejo General del Poder Judicial es importante, pero no sabemos exactamente para qué, mientras los jueces y magistrados de más valía y dedicación se sumen en la desesperación de no acabarse el papel que tienen sobre la mesa, por muchas horas que le echen a la faena. Tenemos un Tribunal de Cuentas (¿qué digo "uno"? ¡Veintiuno!), y aún así los nombres que la policía ha ido dando a los casos de corrupción (algunos autonombrándose, no se olvide) amenazan con agotar el diccionario.

En un panorama como éste, es más que comprensible que el Gobierno de Mariano Rajoy tenga un ministro de Administraciones Públicas cobrando y que diga que uno de sus principales retos, la reforma integral de las instituciones y el recorte del sector público al que se comprometió en las elecciones, lo deje para el 2014. Imagino que debe de estar pensando que, si Cataluña para entonces ya es un Estado aparte, el recorte quedará hecho sin necesidad de que, tampoco en este caso, acometa el reto por su propia acción. Pero también es posible que piense en la imposibilidad de hacer una tortilla sin romper algún huevo; así que ahí está la cesta, con la mercancía pudriéndose y él parapetado detrás de ministros carne de cañón y una vicepresidenta que, dicen, puede ser su relevo. La mejor conjunción del principio de Peter y la ley de Murphy en un solo acontecimiento.

¿Y fiscalizar desde fuera, como en otros países?

A diferencia de lo que ocurre en la sociedad británica, no tienen nuestras instituciones capacidad autocrítica que ennoblezca sus errores. A diferencia de la sociedad norteamericana no tiene la comunidad un sistema electoral y, consecuentemente, una red lobbística con intereses contrapuestos y plurales que fiscalice desde fuera la andadura de sus gobernantes y de las grandes corporaciones plagadas de intereses oscuros. En esta nuestra España, sin embargo, algunos individuos y/o fenómenos mediáticos se han puesto en marcha con intereses personales y colectivos sumados, mostrando una inédita capacidad para poner colorado a más de un poder establecido.

Tienen límites, es evidente y creo que también comprensible. Tal vez no les veremos nunca decir una palabra sobre El Corte Inglés o CaixaBanc, y tal vez sea porque en comparación con la basura de otros lares, ahí haya poco que rascar, o porque, si rascan ahí, les puedan invitar a dejar de rascar para siempre. Bien es verdad que si la fiscalización se hace desde un medio de comunicación, éste no es inocente, ni deja de tener sus propios intereses, entre los que no es menor, el de los beneficios que una audiencia genera. Pero también lo es que en lo de la audiencia, poner en la picota a quienes siempre se han salido con la suya puede ser un buen motivo para que los anunciantes apuesten por quien denuncia para alivio moral de las víctimas.

Ejemplos concretos de fiscalización externa

Las redes sociales, los blogs, el mundo del ciberespacio genera espacios de heroicidad, lugares para la denuncia y personajes con agallas para llamar a cada cosa por su nombre. Un ejemplo, y no hace falta compartir todas sus opiniones, es Arturo Pérez-Reverte. Muchas veces me pregunto si mediando menos el insulto tendría la misma capacidad para decir verdades como puños, pero casi con la misma asiduidad debo confesar que lo dudo. Por miedo a su envenenada lengua, pocos lo critican. No le acontece como a servidora en este blog (donde hago malabares semanales para no insultar), nadie le atribuye querer estar haciendo méritos para entrar en tal o cual (¡y “tal” o “cual” totalmente opuestos!) partido, ni atribuye sus méritos a regalos de una tómbola. Saben quienes desde el anonimato de un blog insultan al que habla en público, que con cuatro o cinco ordinarieces dichas a la cara por Don Arturo no levantarían nunca más la voz. Pero en fin, sigo pensando que sólo desde la educación se pertrecha uno de razones, así que me gustaría hoy hablar, con todo respeto para aquellas personas que intentan vigorizar la sociedad civil desde lugares más anónimos, de un fenómeno mediático de incierto recorrido, pero que hasta el momento presente se ha convertido en uno de los pocos espacios de fiscalización de la política desde fuera.

Jordi Évole y su programa “Salvados” pueden errar el tiro en ocasiones (dicen que ha metido injustamente a Mercadona en el saco de las grandes superficies que lanzan la comida a punto de caducar en vez de darla a quienes más la necesitan, no sé de qué lado anda la verdad) pero sus formas silentes, sus preguntas con retranca, la cara que se le queda a más de un entrevistado enfrentado a su indefendible posición, amén de la repercusión de sus entrevistas en su propia cadena de televisión y en mil otras formas comunicativas que la reproducen y difunden, son una brizna de esperanza. No porque crea que el poder es de todos, pues esa entelequia esconde la voluntad del que la enuncia de sustraerlo por completo. La democracia no es el poder del pueblo, sino del demos, es decir, de aquella parte de la comunidad que es capaz de entender, informarse y decidir. Las decisiones sin información no son libres, y la información sin entendimiento no es más que el pasto abonado a la propaganda. Así las cosas, poner sobre la mesa lo podrido, abrirlo en canal, mirarlo y olerlo son pasos necesarios para la decisión sana de tirarlo. Y Évole pesca en el fango y algo saca. ¿Todo? Imagino que a él le interesa sacar los peces que le molestan más, los tiburones, tal vez. Al resto compete el resto.


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