Apaga y vámonos

Esa Europa

Criticaba hace poco en estas páginas el candidato de Vox la dedocracia practicada por el PP en la designación de Arias Cañete, como si no hubiera sido él durante lustros el ejemplo vivo de un sistema que tampoco ha sido capaz de evitar en su nueva formación. Por otra parte, aún en el caso de que las primarias se lleven a cabo, ¿quién y cómo puede darnos fe de la corrección y transparencia de las eventuales primarias realizadas en el seno de los partidos para que alguien concreto pueda ser cabeza de lista? Más aún: ¿es que eso asegura algo? ¿Es que a Javi López, candidato del PSC, lo conoce alguien al margen de los cuatro que lo votaron y, en consecuencia, aporta algo a quienes no se han interesado en su elección cuando se les dio oportunidad de meter baza? Desde el punto de vista opuesto, ¿es que no puede contarse entre las competencias del secretario general o presidente de un partido, supuestamente elegido de forma democrática, la de decidir el candidato a parlamentario europeo? No dudo de la bonhomía de quienes abogan por las listas abiertas, pero habiéndose contrastado en una encuesta reciente el hecho de que, ya a punto de superar la mitad de mayo, casi nadie sabe que tenemos elecciones el próximo día 25, creo que hablar de quién va en una lista, en primero o en segundo lugar, resulta sobrero. Es un producto de consumo interno, buena prebenda para quienes la obtengan (son los europarlamentarios los representantes públicos mejor pagados, si sumamos todos los conceptos y olvidamos el pequeño sacrificio de la no conciliación familiar de algún día a la semana) y una oportunidad para que los partidos midan fuerzas para otras contiendas en las que el poder en juego es mayor, y a pesar de que se trate éste de un campo de pruebas minado por la abstención.

No sólo hay dedocracia, incluso aunque se vista de primarias, en la confección de las listas electorales; además, el desprecio absoluto demostrado por la mayoría de los partidos al espacio político sobre el que se debate queda tristemente corroborado en la nula formación de sus candidatos en las materias (pocas) en las que un europarlamentario tiene algo decisivo que decir. Porque hay que recordar que aunque se le llame Parlamento, y se elija a sus miembros, la última vuelta de tuerca hasta la fecha en el sistema institucional europeo, el Tratado de Lisboa, sigue sin otorgar a la eurocámara ese tan decisivo papel que la configura como instancia política suprema, la de representación de una soberanía, la europea, que en su inexistencia, hace devenir huero todo lo demás.

Sin embargo, debemos reconocer que la caída constante de la participación en las elecciones europeas en España es inversamente proporcional al peso creciente que Europa tiene en la vida de los ciudadanos de los Estados miembros de la Unión; eso es técnicamente verdad, y quiero imaginar que cuando las encuestas dicen que la gente es consciente de ello no miente; pero si es cierto que su voto, cuando se da, va orientado hacia la política estatal, si como reconocen cuando se les pregunta, votan en clave interna y no externa, ¿cuál puede ser la conclusión? Aunque se apuntan otras por parte de los politólogos (castigo, preparación de otras contiendas electorales...) sólo me parece verosímil la que confirma una verdad: Europa decide sobre nuestras vidas, pero el órgano o agente de decisión no es el Parlamento; por tanto, tal vez se sintieran compelidos a votar un presidente de la Unión, cual Obama de turno, pero en nada cabe la implicación en torno a listas de las que la más votada no incorporará en ningún caso al presidente de Europa. Entre otras cosas, porque el presidente de Europa, en sentido soberano, en sentido de verdadero poder, no existe.

No sólo hay dedocracia, incluso aunque se vista de primarias, en la confección de las listas electorales

Ni siquiera la novedad de haberse prometido (¿quién y dónde?) que la presidencia de la Comisión Europea (que tampoco tiene l’indirizzo político en sentido pleno) será para el candidato del bloque que obtenga más votos, significa gran cosa, pues los propuestos (¿por qué y por quién?) son cinco y las alternativas de voto en la eurocámara, muchas más, y no siempre hay sintonía entre grupo y candidato, o entre candidato e intereses de los suyos en cada Estado.

En suma, ¿cómo va a ser posible implicar al ciudadano anónimo en tan complejo sistema de decisión de nada? Podría respondérseme que tampoco en el muchas veces loado sistema de elección estadounidense se da un alto grado de participación electoral, pero lo importante allí es el hecho de que votado o no, el grado de asunción personal y colectiva de las instituciones por parte de la ciudadanía es tan alto que nada ni nadie pone en duda el nivel de abstención, es decir, quien se abstiene lo hace justamente por razones opuestas a las de Europa: por convicción, no por descreimiento.

La cuestión de fondo tal vez tenga que ver con cuestiones menos racionales, pero no por ello infundadas: esa Europa no nos gusta. A mí, no. En algún momento se dijo, y lo comparto, que era la de sus cafés, aludiendo a esos locales que invitan a la tertulia y que conectan culturalmente un territorio que por su tamaño permite con eficacia la relación física entre sus miembros. Yo prefiero pensarla más bien como el espacio de las catedrales, esos misterios simbólicos que sólo podemos encontrar en Europa y que nos dan la clave de una identidad única, cultural y civilizatoriamente cristiana, especial y distinta del resto. Fue por eso un error intentar construir la Europa común desde la economía, olvidando que en el centro de sus ciudades siempre estuvieron juntas y en comunión la iglesia, el mercado y el centro de poder político. Esos tres pilares no han crecido a la par, no han comunicado desde la base; se pensó que aunando la infraestructura (como diría un marxista) el resto vendría dado, pero no ha sido así, porque por mucho que se empeñen los asesores áulicos de los Presidentes relajados, no todo es economía. Hay un algo de alma en cada cosa que el ser humano piensa, hace, recuerda. Hay un alma en Europa esperando a ser descubierta, y sólo desde ahí será posible un cambio en su consideración social.

Pero para ello, al menos en España, muchas otras cosas deben cambiar. Entre otras, el crédito concedido a sus instituciones, o mejor dicho, el que sean capaces de recuperar éstas. ¿Cómo vamos a creer en Europa, si no hay más candidato que los propios partidos que los envían allá? Por eso la clave es interna; y entonces, pregunta que dejo para la próxima semana, ¿a quién votar?


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba