Apaga y vámonos

"España contra Cataluña" y la gente Mandela

“España contra Cataluña”. Ése es el título de un simposio de historia que se celebrará en Barcelona con motivo de los actos del tricentenario de 1714, la fecha que, en los decretos de Nueva Planta de Felipe V, simboliza la derrota del sistema de relaciones entre la Corona de Aragón y la Corona de Castilla propio de los Austrias y su sustitución por el centralista, de cuño jacobino y francés, que impuso en España la casa de Borbón tras su victoria en la guerra de sucesión con el archiduque Carlos. Al margen de los concretos contenidos de las diversas ponencias, algunos de ellos incontestables, otros, en cambio, más sesgados, el título general del congreso ha generado una viva polémica, habida cuenta de su carácter queridamente provocador, sin duda la mejor operación de márketing que podía haberse ideado (al final, lo que importa es que hablen, aunque sea bien, eso ya lo sabemos) para que se sepa urbi et orbe que una cierta memoria histórica está más viva que nunca, porque a ella coadyuva el propio sistema institucional catalán; no en vano el congreso cuenta, entre otros patrocinadores, con la propia consejería de la presidencia de la Generalitat de Catalunya.

“España contra Cataluña” es una expresión bajo la que se pretende exponer al mundo en clave historiográfica el agravio comparativo que diversos gobiernos centrales, que en la mayor parte del tiempo han sido también el único, han efectuado sobre la economía, el derecho, y la cultura catalanas. Desde la supresión de todo el derecho público catalán en los tiempos del primer Borbón, hasta la última ley del Gobierno Rajoy que afecta de modo tangible la autonomía catalana en ámbitos tan sensibles como el modelo lingüístico introducido en la escuela desde la transición, los diversos ponentes explican los agravios en una clave común: ha habido una voluntad sistemática de aniquilación del modelo político catalán por parte del poder estatal. Se puede estar o no de acuerdo, porque aunque todos los historiadores dicen basarse en hechos incontrovertibles, lo cierto es que llegan a conclusiones como para que hayamos llegado a la situación que se ha vivido este año con el nobel de Economía, que reconocen haber otorgado a tres sabios, cuyos estudios parecen llegar a ¡conclusiones distintas!

Con independencia de que haya, pues, casi tantas corrientes historiográficas como constitucionalistas, económicas o psicológicas, se desprende del título del simposio un error de base que, si es involuntario se trata de una negligencia grave, y si es querido, no puedo menos que considerarlo una ignominia, y es la identificación de España con la política que determine en cada momento el poder político que lo gobierna, aplicándose por tanto, estándares de democracia y de responsabilidad colectiva sobre las decisiones que adoptan sus mandatarios, a momentos de la historia mucho peores que el actual, momentos en los que en vez de ciudadanos, España era habitada por súbditos.

Equiparar España con sus gobiernos sólo es posible cuando la democracia existe y es de calidad. Hoy existe, aunque sea de escasa calidad; ayer, cuanto mucho, era una declaración de principios en constituciones de nulo valor normativo, afrentada en cada pucherazo electoral, cuando no directamente cercenada de la mano de pronunciamientos, golpes de Estado, dictaduras y dictablandas. Si en el momento actual decir “España nos roba” es una impropiedad por más patadas que se le den al principio de ordinalidad en la financiación autonómica, para esos momentos anteriores decir que España estaba contra Cataluña es una indecencia, que quienes tenemos raíces esparcidas por toda ella, vemos con aflicción el mal estado de las relaciones entre las personas y entre los territorios, y sabemos que es común preocupación con muchos españoles de aquí y allá, no podemos menos que denunciar.

Entiendo que con el término España se ha querido simbolizar el Gobierno del Estado español, pero la historiografía seria no puede permitirse este tipo de salidas de pata de banco, si quiere ganarse la consideración de las futuras generaciones de estudiosos. No puede pasarle lo que en su día sucedió en la Unión Soviética con centenares de intelectuales, que habían actuado para el régimen, lanzados con toda su obra, al cubo de la basura de la propaganda. Actuando así, negándose al matiz y al rigor, acabarán en la trinchera de enfrente de todos los conversos a lo Pío Moa; será muy clara la distinción en cuanto a lo que dicen, pero se asemejarán muchísimo en cuanto a lo que son para la academia y para el pensamiento: nada. Ahora tendrán un lugar al sol que más calienta, el de la cohorte de babosos del poder, pero por muy tristes monedas venderán su prestigio intelectual y su dignidad.

En suma, que no todo vale. Menos aún en tiempos como los presentes, en que la humanidad entera parece aquejada de un ataque de “mandelitis”. Confrontar el producto político del sufrimiento de veintisiete años de cárcel de Nelson Mandela con simposios como ese cuyo título acabo de criticar me produce una tremenda pena. La misma que oír a Rajoy decir que ni puede ni quiere permitir una consulta en Cataluña sobre lo que Cataluña quiere ser dentro de España, como si la cuestión no fuera de su incumbencia; como oír a Margallo hablar con displicencia de esos “nacionalismos excluyentes” (por fin se ha dado cuenta de que todos los Estados, incluida España, practican el nacionalismo, aunque creo que él cree que el español es “incluyente”, frente al excluyente catalán). Y todos, unos y otros, llenándose la boca con Mandela, acudirán, si pueden, a su funeral multitudinario en el culo del continente que se ha usado como estercolero y laboratorio a lo largo de todos estos años.

Yo también me siento parte de la “gente Mandela”. Es difícil sustraerse a la atracción que genera cualquier sucedáneo mundano del hijo del hombre y sus cuarenta días de desierto que se narran en el evangelio. No hay liderazgo político sin liderazgo interior; éste no existe sin transformación y la transformación jamás vino de otra mano que de la del sufrimiento. El escaso valor que concedemos a las cosas tiene que ver con la ausencia de esfuerzo para obtenerlas; así está ahora este rincón de Occidente en el que han tomado el mando quienes piensan que el rédito político puede pagar cualquier precio, incluso el de mentir.

Unos dijeron que en Cataluña se persigue el castellano; ahora sus adversarios, sus enemigos en realidad, dicen que España es una realidad que vive contra Cataluña. ¿Será necesaria la travesía de la violencia para llegar a la reconciliación? En el caso de Sudáfrica, el fútbol sirvió para unir; en el nuestro “la Roja” ha sido más bien objeto de polémica; tal vez es que aquí ya sólo es posible una solución del mutuo compromiso que pueda darse entre vecinos; buscar siquiera eso es la tarea de los líderes, esos que mientras escribo esto deben de estar entrando en el estadio de Soweto, para rendir homenaje a Madiba.


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