Apaga y vámonos

Elemental, querido Morgan

Sobre viajes de destino incierto

Dice Mariano Rajoy que el viaje que Mas ha emprendido (brazos abiertos cual Moisés en más que estudiada pose de profeta, tras haber sus asesores testeado la sociedad catalana y haber comprobado que está tan hambrienta de líderes como todo Occidente) es un viaje hacia un lugar desconocido. Si no fuera porque en virtud al sueldo que recibe, al Presidente del Gobierno de España podemos y debemos exigirle el control de cuanto está sucediendo, podría incluso convenirse que es cierto, y que su arranque de campaña tiene algo, sólo algo, de verdad. Pero debemos recordar que todavía resuenan la voz de la secretaria general de su partido diciendo que el referéndum que el presidente catalán plantea nunca se llevará a cabo (Nunca digas nunca jamás, qué buen título para una película) y que el ministro de exteriores, de gira mundial a la caza de cuantas más amenazas de ostracismo para una Cataluña independiente mejor, ha acabado de redondear su faena para repetir en el cargo, diciendo que el referéndum sería un golpe de Estado jurídico. ¿Ese “sería” quiere ser un potencial verosímil, o sólo un ejercicio de hermenéutica jurídica? Porque si es lo primero, el viaje de Mas conduce a un lugar cierto, la pregunta de carácter referendario, y quienes la prohíben van camino de otro viaje aún más cierto, el que conduce al ridículo.

Quien no ha sido capaz de salir a enmendar la plana a un dirigente que dice que las leyes no le van a parar, ya ha perdido la partida antes de iniciarse el segundo round del juego. Y no la puede enmendar por la conjunción de su propia pusilanimidad con la duda más que legítima sobre el poder de las leyes contra la insumisión total. No existe coerción posible cuando todo el mundo se le vuelve en contra. Y miren, sino, lo que está pasando con la opinión pública en relación a la desgraciada proliferación de desahucios en todo tipo de ejecución hipotecaria: sin distinguir entre quienes fueron víctima del infortunio, o de su mala cabeza, o de un socio impresentable en el negocio, para todo el que se encuentra en situación desesperada se dice que la sociedad (es decir, los que con más o menos garbo o convicción continuamos atendiendo a nuestros pagos) debe darles cumplida solución bajo la amarga coacción de encontrarnos otro suicidio a la vuelta de la esquina. Puesta en pie la legión de desesperados, la ley se doblega, los bancos anuncian moratorias, los policías piden que no se les ponga a trabajar del lado de los malos, y los políticos, tarde como siempre, se reúnen y en comandita dicen empezar a legislar contra lo legislado con grave peligro para la tan cacareada seguridad jurídica. ¿O es que sin violentar ésta se va a poder evitar que la vigente ley hipotecaria caiga cual espada de Damocles sobre la cabeza de los morosos? ¿O es que va a tener una ley desfavorable para la banca efectos retroactivos contra lo que claramente establece la Constitución? Ah! Pero sobre estos quebrantos de la ley nadie se queja, no sea que le corten el cuello a los que dicen gobernarnos mientras suman dietas.

Sobre leyes sin respaldo social

Sobre leyes legítimas o no, sobre normas constitucionales que se inclinan ante los nuevos sentires sociales gravita también el no poco importante tema de fondo de las elecciones catalanas. Dicen los que dicen defender la Constitución que en ella se encuentran las reglas del juego para poder cambiarla, pero es obvio que en temas donde la población quede dividida desde el punto de vista territorial, la cuestión de las mayorías se deforma como el tiempo más allá de la velocidad de la luz. Terciando en el asunto de si podrá Artur Mas doblegar las leyes en nombre de la democracia, dice la banca de inversión estadounidense JP Morgan que por qué va a subsidiar Alemania a España si Cataluña se niega a hacer lo propio con el resto de los territorios del Estado español. La respuesta está en el cómo y no en el qué, algo de lo que los propios alemanes que se ponen de ejemplo saben mucho. Su principio de ordinalidad, la perecuación de la cuota solidaria con la que cada cual contribuye al sostenimiento del estado federal jamás ha supuesto que el aportante quedase por debajo del lugar que ocupaba antes de la aportación en relación al conjunto de los territorios, aportantes y aportados.

Menos mal que ya no hay ningún partido (Ciudadanos a este respecto fue recalcitrante hasta que comprendió su error) que niegue que los territorios aportan. Los territorios aportan, y para muestra el famoso Fondo de Compensación Interterritorial, para recordarnos que los territorios se compensan, y algunos siempre compensan y otros son siempre compensados. Fíjense, si no, cómo argumenta la banca citada: dice si Alemania no quisiera pagar a España. O sea, que los territorios sí pagan e históricamente nos ha parecido bien que Alemania fuera pagano y nosotros receptor. Pero hace tiempo, como vieron los chinos, que los alemanes decidieron que ya habían pagado bastante, que los de siempre seguían como siempre, que subsidiar no mejora al subsidiado, que lo mejor para el crecimiento personal y colectivo es el sufrimiento, el esfuerzo y el honor.

Sostiene Morgan

Recuerda también JP Morgan en su informe que la reclamación catalana sobre un trato justo en materia de solidaridad (punto de arranque del adiós irremediable al que un Presidente de gobierno inane nos ha abocado) será mimetizado por otros territorios en cuanto vean que es lo que otros países practican, la limitación en el tiempo y la cantidad, de los aportes compensatorios entre comunidades autónomas. Y cuando eso sea así, llegará lo vaticinado: Rajoy tendrá el honor de cerrar la puerta a un proyecto de nación siempre inacabado. Sin moneda propia, sin frontera como muy bien describe y sin pueblos que la habiten por la diáspora de tantos, ¿qué gobernará Rajoy, si la maravillosa lengua de Cervantes campa sola con su fuerza social y también es de los catalanes? La respuesta es elemental, querido Morgan.


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