Apaga y vámonos

Duran i Lleida y el declive del sistema

"Pasa más hambre que un maestro de escuela", se decía otrora. Aunque las cosas en España algo han cambiado desde los tiempos de la vigencia de esa frase, las noticias recientes me la han atraído a la memoria en estos tiempos en que hemos sabido que los eurodiputados superan ampliamente el millón de las antiguas pesetas en un sueldo que no puede ser más neto, pues los viajes en avión (que por mayoría indecente decidieron seguir haciendo en primera clase) y los demás gastos de su manutención en el lugar de trabajo, si los presentan al cobro, van aparte. Además estar años y años en el cargo (del que no se genera responsabilidad alguna pues han llegado a votar dentro del mismo grupo con distancias siderales sin que nadie les llame a capítulo como sí pasa en el interior de España) no sólo rinde en el presente en forma de sueldo, dietas y otras hierbas, sino que acumula hermosas prebendas de futuro, inimaginables en casi ningún puesto de trabajo con tales emolumentos, y a las que ninguno de ellos (Rosa Díez incluida) ha renunciado jamás.

No pasa por mi cabeza pensar que los eurodiputados cobren mucho, antes al contrario, creo que no se ganan lo que cobran, que es harina de otro costal. Y el problema es que ésa es la sensación que va teniendo de forma creciente la ciudadanía respecto de cualquiera que se dedique a la política, cuando lo cierto es que quienes tienen responsabilidades de gobierno y las asumen, acaban gastándose el sueldo en medicinas y que hay muchísima abnegación en la política municipal que no sólo no lucra a quienes la desempeñan, sino que en ocasiones los despluma. Por ello la imagen de los eurodiputados deviene letal para el sistema.

En ese panorama de peligroso e injustamente homogéneo descrédito institucional, las recientes declaraciones del portavoz de CiU en el Congreso de los Diputados en torno a las razones de que no deje la política después de más de casi cuarenta años en ella resultan harto desafortunadas, por no calificarlas directamente de gasolina en la pira del declive del sistema. Como sus declaraciones fueron hechas en una entrevista radiofónica, no hay lugar para el error; dijo literalmente que no se iba de la política porque no sabía de qué iba a vivir, y que dedicarse a la docencia era una eventualidad que no contemplaba, porque los profesores “son muy pobres”. De ahí al hambre del maestro de escuela ha sido para mí todo uno. Sólo los años de conciencia de la impunidad, incluido el pasaporte diplomático, y el saberse ya más dentro que fuera pueden explicar la desfachatez de tales frases. Es difícil encontrar a otro político, joven o viejo, que se atreviera a decir en la radio pública catalana tal cosa en un contexto como el actual, en el que aquel "mileurista" que había sido observado con pena culpable por la mayoría y usado por la oposición como arma arrojadiza contra el gobierno de turno sólo genera envidia entre la marabunta que no llega ni soñando a la redonda cifra.

Sin duda deben de estar renegando cuantos durante años le han dado la mayor valoración entre los políticos, y bien es verdad que cosas sensatas han salido en muchas ocasiones de su boca, fuese cual fuese la intención con la que las lanzó. Su discurso siempre estaba colocado en el centro, el mejor lugar desde el que ejercer esa profesión de lobista que se autoatribuía en la misma entrevista y que, en su figura y en la de otros miembros del grupo parlamentario que encabezaba, le permitía cambiar votos por favores que lo eran, por lo menos, para Cataluña, en los tiempos en que ejercían de bisagra para la gobernabilidad de un Estado sin mayorías absolutas.

Pero éste no es tiempo de matices: Inopinadamente el PP que viene tras Zapatero, y a éste tendría que agradecérselo, llega de nuevo, trámite una ley electoral diabólica, a hacerse con la mayoría absoluta y con el absoluto poder político, aunque sólo tenga diez millones de votos entre los casi cincuenta millones de españoles (¿"mayorías silenciosas", vicepresidenta?) y aunque esa mayoría se torne ridícula minoría en algunos territorios concretos. Aplicando su rodillo con la empatía de un merluzo, precisamente en lugares de ese tipo, y pongo por caso el que conozco, que es Cataluña, la radicalización de las posiciones incrementa los votos de los extremos, y el frente de partidos favorables a la independencia gana por goleada a los que, desde posiciones distantes y peleadas, dicen querer la unión de España, pero que no la practican ni entre los que un día estuvieron en un partido y al siguiente su enemigo acérrimo. Sí que me duele España, sí, a mí también me duele...

En ese panorama en blanco y negro, los que siempre ganaban, todos los Duran de la política se desesperan. Se acabó el fair play que tantos practicantes tuvo. Las listas de los míos y los tuyos se suceden en los dos bandos, y Duran sabe que no se puede estar en las dos listas, menos aún en los dos bandos. Así las cosas, tras el intento fallido de apadrinar la tercera vía (a la que los de dentro le dicen traición y los de fuera, también, pero por distinto motivo), sólo queda aquello del que ya tiene poco tiempo más para estar en el convento... traducido en exabrupto que encima se mete con los profesores en un tiempo en que tener trabajo es casi un privilegio. Y no puedo más que recordar cuando el Presidente Artur Mas buscó entre "los mejores" para nutrir su gobierno, y casi todos, que no debían de serlo tanto, le dijeron que no, que se gana demasiado poco y que les era imposible rebajar su nivel de vida. Pues eso, que a Duran le pasa lo mismo, como lo mismo nos sucede en general. Ésa y no otra es la verdadera crisis, nuestra fatal adaptación a lo mejor, que nos hace incapaces de afrontar el infortunio. Sus palabras no son más que la prosa de nuestra propia decadencia. Quejarnos de él es en realidad quejarnos de nosotros mismos.


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