Apaga y vámonos

Derecho a decidir

Gira el debate político en el presente sobre la eventual existencia de un derecho de Cataluña a decidir sobre su futuro dentro o fuera de España, dentro o fuera de Europa, dentro o fuera del mundo. La cuestión se hallaba integrada de una u otra forma en el programa electoral de todos los partidos políticos catalanes que se presentaban con posibilidades de éxito a las elecciones del pasado día 25 de noviembre. Ya fuera para negarlo, ya para decir que se defendía en su forma “legal y pactada” (ergo imposible), ya para aplicarlo a cualquier territorio donde se hable el catalán (o sea, casi imposible), ya para cogerlo de la mano con ciertas reivindicaciones sociales (poco probable), todos los partidos han bailado al son de la música tarareada por CiU y ERC, los dos partidos que estos días han estado pergeñando los extremos de la declaración que el Parlamento realizará el próximo 23 de enero en torno a la soberanía catalana y a las consecuencias políticas y jurídicas que tal rango trae consigo.

Cataluña como sujeto político soberano

¿Qué es el derecho a decidir? Se afirma en la declaración propuesta que lo tiene Cataluña en tanto que ente político y jurídico soberano. Sobre dicho particular, 107 de los 135 diputados no tienen duda metodológica alguna. Por muy paradójico que ello pueda parecer, si tal se afirma, la consistencia del sujeto político está hecha. No vale decir que un treinta por ciento del censo no fue a votar, o que no todo catalán está en el censo, o que quienes ahora hablan así tienen sus prerrogativas gracias a una Constitución que ahora pretenden negar. La realidad política se demuestra andando, ésa y no otra es la esencia y fundamento de la vigencia de toda Constitución, que los sujetos a ella sometidos, con ella constituidos, mantengan la voluntad de acatarla. Los pactos están para cumplirse, así dice la máxima jurídica, pero dice otra que ello es así mientras las circunstancias se mantengan, y si alguien afirma que nada ha cambiado cuando una de las partes dice contundentemente que no quiere seguir, es que está ciego. No se trata de no querer pagar impuestos, es algo de un calado mayor. Y si la posibilidad de cesar en la voluntad contractual ha sido aceptada para la república más sagrada que puede constituir el ser humano, que es la familia, ¿quién tiene legitimidad moral para pedir el mantenimiento de un pacto en el que las partes han cambiado, sus actos se han enrarecido y el tiempo apremia?

Cataluña ¿sujeto jurídico soberano?

Otro gallo canta en el corral del Derecho. Afirmar que Cataluña es un ente jurídico soberano es apoyarse en la historia, y a ese respecto ya se ha encargado la historiografía de demostrar que se puede decir una cosa y su contraria, tan verdad eso como que al día siguiente de cualquier hecho que se considera histórico ya sus propios fautores lo están interpretando a su aire. Si se afirma la preexistencia de la Generalitat catalana a la Constitución de 1978, entonces ésta sólo tiene capacidad para reconocer aquélla, como lo hace con los derechos. No tendría el texto constitucional fuerza constitutiva ni en un caso ni en otro, y por tanto, nada ni nadie podría negar a Cataluña su preexistencia como nación desde el punto de vista político y también jurídico, como nadie niega la preexistencia de los derechos fundamentales a 1978, aunque brillaran por su ausencia en las leyes anteriores.

Me quedo yo a este respecto con la menor: lo que se vota en Cataluña en 1978 es un texto en el que se afirma que sólo de ella arrancan los poderes, las instituciones a todo lo largo y ancho del territorio de España. Si hubiese sido verdad la historia alternativa, 1978 la cambia por la que es, de modo que el sujeto jurídico es España y ésta se afirma (y así se vota) indivisible. ¿Qué ha cambiado? Ha cambiado el sujeto político, ha mutado, se ha desmembrado, y ese sujeto aparecido, eso que algunos llaman “nación sin Estado” y que cuanto menos apunta manera de voluntad o poder constituyente, esa Cataluña en marcha dice que puede decidir. El absurdo de la situación actual no está, como algunos pretenden afirmar, en el hecho de que se diga que el derecho a decidir se ejerce para constituir Cataluña en un Estado propio, sino justamente en lo contrario. Quien acepta la existencia de un derecho a decidir está reconociendo algo que no existía, o que no se veía, o que no se sentía. Cuando Duran i Lleida afirma que defiende el derecho a decidir, pero que si se lleva a cabo el referéndum votará que no, cuando lo pretenden todos los que quieren que el referéndum se convoque sin predisponer el resultado por la independencia, practican al alimón un fariseo y timorato juego de quedarse en tierra de nadie que en los medios de comunicación puede ser vendido como tercera vía, pero que para cualquier jurista que reflexione un cuarto de hora es un absurdo.

Lo que se decide y sus presuposiciones

¿De qué decidir estamos hablando, si es que debemos hablar, si es que el ignominioso y cobarde silencio del Presidente del Gobierno continúa como hasta la fecha, mientras sus dos lugartenientes cacarean el “no” jurídico y el “no” político cual carne de cañón dispuesta en el asador a punto de inmolación por el jefe? Hablamos del decidir si independencia catalana sí o no, y si eso es así, entonces cabe la posibilidad, y sea o no probable su realización práctica, la brecha abierta en la credibilidad de la nación española es irreparable, quizá por el hecho de que, como he dicho en otras ocasiones, esto de España es, ha sido siempre, un proyecto inacabado, secuestrado por Castilla, con el beneplácito andaluz, la sosegada mansedumbre gallega, el favorecimiento vasco y navarro y una Corona catalanoaragonesa mil veces alzada, mil más derribada, otras mil connivente por el interés de sus clases dirigentes.

Pues es igual lo que se diga afuera, es igual que pinten bastos dentro, es casi igual si fue nación o no. Lo que importa en el presente es que la economía no remontará a tiempo para evitar que la gente sueñe en un futuro distinto con frontera dispar. A riesgo de embarcar en el viaje a corruptos de medio pelo, aprovechados de última hora, chaqueteros y trileros y candidatos al Óscar a la mejor interpretación del patriota, pues en todas partes hay de todo sin hecho diferencial que valga, el derecho a decidir se manifestará decidiendo, de modo que cuantas piedras sean lanzadas sobre ese tejado serán tantos más anclajes en el muro del convencimiento de que no queda otra opción. Era la reforma constitucional la vía, pero es tabú en este país cambiar, no vaya a ser que salga bien y dejen los actores de sacar provecho de la farsa. Veamos si este sigue siendo el guión ahora que el PP ha decidido ofrecer a Cataluña unos dinerillos…


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