Apaga y vámonos

Depardieu en la curva de Laffer

Uno que se ha cansado de pagar la fiesta

Gerard Dépardieu se va de Francia por el esfuerzo fiscal que le supone vivir allí. La demostración más clara de que el sistema no va, de que las soluciones adoptadas por los gobiernos de occidente son parches que ni van al fondo de la cuestión, ni tienen en cuenta que parte de ese fondo es la propia naturaleza humana. Veamos algunos ejemplos:

¿A qué esfuerzo fiscal están dispuestos a someterse los ciudadanos? La decisión la adopta la mayoría para apropiarse del dinero de la minoría. Es evidentemente fácil para quienes tenemos menos decir a los que tienen más que su contribución ha de ser grande. ¿Cuán grande? De cada 100 euros que ganaba Depardieu veía desaparecer 85. Tal vez sea fácil convenir que es mucho, aunque para la minoría que pretende ver cobrando lo mismo al presidente del Gobierno y al barrendero y distribuir el volumen total de la riqueza a partes iguales entre vagos y diligentes, hábiles y torpes, arrojados y cobardes, tal vez esos quince euros restantes son ya demasiado dinero privado.

Convengamos en cualquier caso que, al margen de la tendencia socialdemócrata o liberal de cada cual, de las ganas mayores o menores que uno tenga de ser solidario con el prójimo, lo pagado en impuestos se considerará mucho o poco en función de lo que al pagano le den. Depardieu dice que devuelve una tarjeta sanitaria que nunca ha usado, no sé si porque tiene una salud de hierro o porque frecuenta la medicina de pago; un indicio de que no frecuentaba los servicios públicos “gratuitos” del sistema. El nivel de calidad y las prestaciones de los servicios públicos en Francia son desiguales y no se acercan ni con muchas ganas de mirarlo al que tienen los países del norte de Europa. Y aunque yendo por sus ciudades y carreteras se observa el grado de cuidado que Francia tiene de su territorio, se asemeja más a los países del sur de Europa en lo de haber creado una gigantesca red de instituciones estatales, esa red que hace a algunos decir que después de los PIGS, el siguiente en caer, con caída mayor dado su colosal tamaño, es Francia. No está descentralizada políticamente como la española, no es asimétrica como la italiana, pero el sentido de Estado de Francia da como resultado el hecho de que buena parte de los 85 euros que Depardieu paga por cada 100 que ingresa se vayan a la partida de personal de las administraciones públicas francesas. Una entidad de colocación sui generi, debemos decir.

Dejando a un lado el pago de funcionarios y trabajadores de las grandes empresas públicas, (que ha sido el sueño laboral de todo joven francés y de su madre durante décadas), también debe ser considerado el modo en que el Estado se gasta lo que ingresa en razón de impuestos. No es lo mismo gastarlo en armas que en investigación; no es lo mismo gastarlo en educación que en subvencionar a los medios de comunicación; no es lo mismo invertir en la modernización y agilización de la justicia que en realizar estudios de dudosa utilidad para satisfacción de intelectuales o centros de todo pelaje afectos al régimen. No es lo mismo predicar que dar el trigo, ni dar el trigo con mesura o a paletadas absurdas. Y en eso la verdad es que Francia nos gana de calle.

Pero en España la cosa es peor

Un ejemplo práctico en nuestro país lo tenemos en la reforma de la justicia que ha puesto en marcha el ministro Gallardón, que ni es reforma ni es nada: es cierto que hay que intentar disuadir a la población de litigar por todo, y que la recuperación de la tasa puede ser una buena medida para evitar que la gente crea que lo que no se paga es gratis y que, como gratuito, su demanda tienda a infinito, pero la disuasión se convierte en coacción impeditiva cuando el importe de la tasa supera el beneficio que pudiera obtenerse en litigar, se lo ha dicho incluso el Fiscal general del Estado. Y nada de eso tendrá sentido mientras ese poder, que no es más que el esbirro mal pagado de los otros dos, y cree que puede seguir siéndolo mientras se cita a hacer huelga un día de estos, no se convierta en un servicio público más, donde buena parte de lo que ahora sentencia un juez se resuelva por técnicos: pequeñas peleas de mercadillo, desajustes de comunidad de vecinos, accidentes de tráfico donde se ha instalado la responsabilidad objetiva no pueden seguir colapsando las horas que los jueces deben dedicar a los casos de enjundia, donde la gente se juega la libertad, el dinero, el trabajo o los hijos.

Al tiempo, hay que poner en solfa que quienes critiquen la medida al unísono sean los mismos jueces que hablaban hace años de la necesidad de poner las tasas para evitar la frivolidad en el uso de losjuzgados, que criticaban a los jueces sustitutos mientras contaban con ellos, y que creen que cuando a todo el mundo se le rebaja el sueldo no les va a pasar a ellos lo mismo, y que no va a haber un ciudadano de a pie que no diga que ellos también tienen que cobrar, como los políticos, el mismo sueldo que el barrendero.  Ese es el resultado de no invertir durante decenios en educación y en una prensa libre, independiente y vigilante de la corrupción.

Agárrense, que vienen curvas

En todo caso, y para acabar de poner patas arriba el sistema, Depardieu se puede ir porque, por mucho que nos llenemos la boca de Europa, en la misma Unión hay países con fiscalidad distinta, y si no lo hubiera, si todos los europeos tributaran de forma similar, nos daríamos cuenta de cuan injusto es un mismo rasero cuando no en todos los países los servicios funcionan igual. Y si funcionaran, y la fiscalidad fuera homogénea, también aparecerían los Santiago Calatrava, que después de haber cobrado ingentes cantidades del Estado español en todas sus variantes, se ha ido a vivir a Suiza, porque no es que quiera pagar menos, es que no quiere pagar nada. La misma nada, o más, que los del dinero negro en bolsas de basura. Mientras esos paraísos existan en el mismísimo corazón de Europa, o en su culo, que eso es Gibraltar, habremos de convenir que algo en la condición humana es transversalmente corruptible, se llame millón o mil, se llame subvención o sin IVA, y que todo lo que se critique a Depardieu, el mejor exponente de la curva teorizada por Laffer una noche de copas sobre una servilleta de papel, será puro fariseísmo.


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