Apaga y vámonos

Cuestión de enfoque

Leo estos días libros diversos sobre la transición, algunos encomiásticos, otros resaltando cómo se vendieron la mayor parte de los dirigentes españoles de la clandestinidad a cambio de un lugar al sol que más calentaba. He conocido personalmente a algunos de los que dijeron “no” cuando se les ofreció incorporarse al PSOE y al PCE desde sus formaciones de origen, justificándose quienes les tentaban en eso que en el fondo siempre y para todo régimen ha sido la razón de Estado, y respondiendo mis amigos, algunos ya fallecidos, que para ese viaje ellos no cargarían ninguna alforja. Puede estar pasando ahora algo parecido con las formaciones políticas emergentes, pequeñas pero ilusionantes para una nueva generación de ciudadanos, y al tiempo  quizá rehenes ya de líderes con la misma falta de principios que quienes hoy hemos llevado a los altares como ejemplos de “estadistas”, cunas todos ellos para la mano que los mece desde la sombra.

Pues bien, ese Estado social y democrático de Derecho por el que tantos han dicho sacrificarse está en la unidad de cuidados intensivos, con visos claros de irse por el sumidero en cuanto quiten el tapón que contiene las pútridas aguas en que se encuentra sumergido. Y quienes a tal condición lo han sometido no son los ciudadanos de a pie, que atienden quieran o no la multa que se les impone, asumen el recargo por el retraso en el pago de sus impuestos, se tragan el conjunto de tributos que van a engrandecer el precio de las cosas más necesarias y las otras. Quienes han hecho de él la sombra de lo que se nos dijo que pretendía ser son sus protagonistas institucionales, sin que nadie se salve más que, si acaso, a título personal. Y esto de hoy va de desgranar algunos ejemplos del desastre y proponer alguna actitud encaminada a solucionarlo.

Se aprueba en el Consejo de Ministros del viernes pasado llevar al Tribunal Constitucional la declaración del Parlamento catalán que afirma que Cataluña es un sujeto político y jurídico de soberanía. Nada más lejos de la realidad lo que la declaración afirma, pues si fuera cierto, a estas alturas de la película entre Cataluña y España a lo sumo debería decidirse cómo se entablan las relaciones diplomáticas; y no, no es así, Cataluña forma parte del sistema español y lo afirma en cada paso que da, cada decisión que toma, incluso en cada insumisión que alienta. Por tal razón, tanto la Abogacía del Estado como el Consejo de Estado, instituciones que pagamos entre todos y no precisamente a precio de derribo parecen no tener nada mejor que hacer cuando aconsejan al Gobierno el desaguisado que ha decidido emprender, esto es, embarrar (de nuevo) a una cuarta institución del Estado en el despropósito de hablar sobre una cuestión que no tiene mayor trascendencia que la que se le quiera dar. De hecho, así es como se la dan toda, así, por el camino de intentar su negación, es como consiguen que lo que no era sea. Sí, acepto que este parece el dialecto de los peces, pero en cierto modo en eso consiste el lenguaje jurídico: como cualquier otro lenguaje técnico, evita al intruso, se reviste de rito y justifica que quien lo domina tenga una ocupación profesional con la que ganarse la vida.

Ya tenemos pues a cuatro instituciones constitucionales metidas en un lío, porque, cuando el TC previsiblemente diga que la declaración es nula o algo parecido, ¿qué? Pues lo mismo que ocurre con el absurdo de las banderas. La delegada del Gobierno en Cataluña se dedica a denunciar posicionamientos de los consistorios catalanes en relación con que si tu bandera, que si la mía, que si ninguna, sin apreciar, porque le falta el enfoque, que llega tarde y que resulta inútil el tiempo precioso que pierde en la tarea (quizás porque en el fondo, como de tantas otras instituciones, nos estamos preguntando ya para qué sirve). Y es que en muchos de los Ayuntamientos contra los que arremete hace años que sus ciudadanos optaron por lo que a la (sagrada) mayoría le pareció mejor, y obligarles a cambiar siempre encontrará la brecha por la que escurrir el bulto. Como ese alcalde que colocó una rojigualda de tamaño para nomos, escondida entre otras mil, total, que ni se veía… pero ponerla, la puso… tiempo perdido mientras nos van sableando a ritmo de rincón de BOE sin que, legos la mayoría en eso de repasar el diario oficial, seamos capaces de parpadear ni en el último estertor.

Hace mucho tiempo que quienes más se llenan la boca con la legalidad con mayor contumacia la incumplen, con mayor descaro se ensañan en el incumplidor menor, y su resultado son nuestras facturas de consumo energético que crecen al ritmo de sus prohibidos monopolios, o al de unas subvenciones vergonzantes y anuladas, o la falta de transparencia global de este ingente Estado que hemos dejado que se nos venga encima gracias a nuestro pecado de omisión.  Y ahora, apresados entre nuestra pereza e ignorancia y su ambición e hipertrofia, hemos alumbrado indignaciones ciudadanas, algunas más justas que otras, que pretenden conseguir lo imposible, y es que pague el verdadero culpable del desaguisado. Y es imposible porque en las mayor parte de los casos quienes se indignan apuntan mal, porque han equivocado el punto de enfoque, porque creen que todos estos contra los que disparan son los que tienen el poder, mientras en realidad no se trata, en el mejor de los casos y siempre igual que antaño, de los tristísimos títeres de quienes siempre escapan de la quema, observan desde la atalaya como nos matamos, y de vez en cuando dejan caer algún Pepito Grillo para que nos distraiga.

Algunos en su día, hace ya varios años, hablamos de la necesidad de una segunda transición, y por saber la importancia que en la resolución del total ha tenido siempre la cuestión catalana, entendimos que debía realizarse desde aquí, desde la Cataluña que cada vez se siente más lejos de Chacón. Ahora para eso ya es tarde, digan lo que digan los partidos sin discurso más que para copiar el pasado, pues aunque una mayoría política y cierta mayoría social española no quiera darse cuenta, lo que de forma generalizada se asienta como opinión pública se transforma en realidad tarde o temprano, y aunque nadie asegura que sea para bien, esa consolidación se ha puesto en marcha en Cataluña. Como ha dicho, la vicepresidenta del gobierno catalán, no cabe anular un sentimiento (aunque tendríamos que añadir, que justo por eso, la declaración de soberanía debería haber dicho que sobre un sentimiento versaba...)

Es necesario, de una vez por todas, reenfocar la causa general, recuperar el tono, y crear esa sociedad civil que en el fondo sabemos que nunca existió más que en el paripé de algunos salones. Hay que pensar en el modo en que todos juntos, pero no revueltos, deberíamos contribuir a que Europa dejase de ser una mamandurria con ritual (Grillo dixit y la gente lo aplaude) y se convirtiera en un ente federal donde cediendo todos, se gane el futuro y una posición más o menos cómoda en el mundo multipolar que nos ha tocado vivir. Al fin y al cabo, cada generación de humanos ha de escribir su pedazo de la historia, y en la nuestra lo esencial está siendo dejar de pensar hacia el ombligo y reconsiderar el universo. En el fondo, como digo, se trata de una cuestión de enfoque.


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