Apaga y vámonos

Cataluña, una sociedad enferma, dice una parte de ella

Para acabar de arreglar el tema que puede significar la muerte de la monarquía española y la desintegración del Estado como dudosos honores de Felipe VI y Mariano Rajoy, salen los de Sociedad Civil Catalana con lo de que Cataluña es una sociedad enferma. No hacen ni mención de otras sociedades occidentales más o menos locales (sin duda dirán que ese no es su tema, como si no estuviera todo ligado hasta lo infinito), y por supuesto refieren la insania a lo que desde Cataluña se haya podido hacer o decir en el abismo que se ha abierto en los últimos años entre el gobierno central y el catalán, como si toda responsabilidad corriera de esta parte, como si allá no hubiera habido más que graciosas concesiones a los caprichos de unos chamanes de tribu sin legitimidad para ejercer el poder.

La tribu. Ése es el modo en que la izquierda jacobina ha ridiculizado siempre los movimientos nacionales de acá, idolatrando al tiempo los que se hayan podido producir allende los mares, con más o menos violencia, con más o menos corrección jurídica. Nada que decir sobre los kurdos, o Kosovo, matices insustanciales ante Escocia o Quebec, indiferencia de escaparate ante el hecho contrastado de que no todos los países que se han creado en los últimos decenios eran colonias, o vivían al borde del exterminio. Sin duda existe quien entre la comunidad catalana pretende hacer favor a la causa independentista hablando de ese modo que podríamos calificar de “tribal”, con esa terminología tajantemente incorrecta para el caso, con apoyaturas buscadas en la historia de un modo harto traído por los pelos; porque es obvio que no encontraríamos un catalán cuerdo que quisiera volver al siglo XVIII, al romántico momento en que, se dice, luchaban en estos lares por la libertad frente al Borbón. Pero la metáfora sirve para trazar un paralelo entre aquellas desafecciones y éstas. Aquéllas sin derechos civiles en uno u otro bando, ésta con la Constitución como marco de desarrollo, ni que decir tiene que contundentemente mejor desde el punto de vista de lo que a cada cual le toca: su vida, su libertad personal, su derecho a educarse…

Sí, todo ha mejorado mucho desde el siglo XVIII, y sin duda ha sido la Constitución de 1978 el paraguas normativo en el que se ha cobijado el incuestionable incremento de libertad individual y colectiva y el bienestar económico que, cual acordeón, crece o decrece en razón de la coyuntura económica, tanto en Cataluña como en el resto de España. Pero le pasa a esto de la desafección entre territorios lo que a la gente con la pobreza: somos mucho menos pobres que en la posguerra de esa contienda que empieza a ser leyenda para la mayoría, y en cambio, la conciencia de la desigualdad y la desmesura en el enriquecimiento ilícito de algunos hace que hoy el grado de descontento con las privaciones haya crecido exponencialmente en relación con el que hubiera podido darse entonces.

Los estudios sociológicos realizados en las universidades hablan de tres grupos distintos entre los partidarios de la independencia: los tribales (esos a los que se refiere SCC), los pragmáticos (entre los que son mayoría los catalanes oriundos de otros lugares de España y del mundo) y los políticos, para quienes la independencia es una oportunidad de rehacer como vecinos las relaciones que se han roto en familia y de construir una alternativa política regeneradora. Son miradas distintas (al pasado, al presente, al futuro) en un porcentaje de población que crece cuanto más se le dice que no va a poder preguntarse qué quiere hacer en adelante.

Llámesele insania, ahora bien, tildar de enferma la sociedad catalana tiene para quien hace la afirmación una serie de implicaciones que dudo le hagan mucha gracia, entre las que la previa y más chusca es que la expresión ya la escuché yo hace cinco años en boca del Presidente Aznar; poca gracia debe hacer a casi nadie en el presente, y menos al “principal ideólogo de la izquierda socialista” (¡toma ya rótulo para un doctor en Historia funcionario de la Diputación de Barcelona!, y lo digo sin ánimo de ofender) que se le diga que copia a Aznar, pero así está la cosa. La frase es también recurrente en el sector que fue vidalcuadrista en el PP, hoy disgregado entre Vox y Ciutadans (nombre, por cierto políticamente incorrecto….¿Y las ciudadanas?), y viene a significar que los sentimientos patrióticos sectoriales son ridículos, producto de la manipulación social y generados a golpe de subvención, mientras que los de la España una y no cincuenta y una son espontáneos o, cuanto menos, más verdaderos por llevar más siglos campando detrás de una bandera…en fin, que en ese zarzal de sentimientos, voliciones, recuerdos románticos o raíces contrastadas no hay manera de meter la mano sin salir con magulladuras, y podrían llamarse mutuamente locos los de la megabandera de Plaza Colón y la supersenyera de Ripoll en el cuento de nunca acabar.

Pero más allá de esa previa, y no menor, la primera y más deplorable de las implicaciones es que se unen para decir que Cataluña está enferma quienes entre sí se han dicho de todo menos bonito cuando se consideraban mutuamente enfermos de buenismo (la derecha a la izquierda) y de codicia (la izquierda a la derecha). De pronto esas enfermedades que no son menores (porque atentan a la justicia ambas) se les antojan superfluas, y es que está en juego la unidad de España, como si ese fuera motivo suficiente para una alianza que sólo mimetiza la que vergonzantemente parecen estar barruntando PP y PSOE con la ayuda de UPyD, de modo que parece esta SCC una prueba de laboratorio, en una asociación artificial y generada a partir de partidos, del gobierno de concentración, también de partidos, que habrá de venir.

En segundo lugar, olvidan que sí existe una insania generalizada, que no conoce de fronteras, que está arrasando modelos de gobierno bien distintos en el mundo occidental, y es la reiterada violación del fundamento moral de la democracia, que hace posible decidir cualquier cosa; cuando SCC hace hincapié en el absurdo de que Cataluña se quiera ir se apoya en supuestas ilegitimidades de las preguntas que se plantean y en indiferencias europeas que están por ver, pero olvida, y a nadie en ese entorno parece importarle, que todo es posible cuando hemos sido capaces de legislar sobre eugenesia y eutanasia aunque a uno le llamemos interrupción voluntaria del embarazo y a la otra testamento vital. Y, sí, estaría de acuerdo en que ha sucedido porque lo ha querido la mayoría; pues bien, si eso es posible contra todo pronóstico humanístico, mucho más cabrá, y nada será locura, preguntarse si el DNI que quiera una sociedad de un tiempo y un lugar debe integrar la rojigualda o la cuatribarrada.

Podría convenir con el “ideólogo” que la desafección no se remonta a trescientos años, como se ha afirmado en los fastos del Tricentenario, sino que es coyuntural; pero el historiador debe de saber que las coyunturas, los afectos, incluso las meras enfermedades han tenido mayor relevancia en la forja de la historia que las sesudas estrategias, sólo válidas para las guerras. La coyuntura de un matrimonio, el de Fernando e Isabel, unió en un equilibrio inestable reinos que habían sido a su vez frutos de reyertas, asesinatos, conquistas… igual que en Cataluña, o como se le quiera llamar en jerga histórica a esta parte mediterránea de la península ibérica. Hoy la penosa coyuntura de dirigentes de acá y de allá ha construido un muro de tal calibre que todo se antoja delirante: mientras un cierto socialismo habla de reforma constitucional, Cospedal la niega y en Cataluña a la mayoría le parece que llega tarde. Difícil coyuntura, se aceptará al menos eso.

Y por último, y la más incontestable de las implicaciones: si ha tenido que construirse con dinero fácil y peones eficientes una alternativa a la Asamblea Nacional Catalana (cuya ingente organización de base, trabajo anónimo denodado y pluralidad de pareceres he comprobado tan de cerca que cambió de raíz mi visión de lo que está sucediendo en Cataluña), es porque la realidad que niegan es un hecho; en suma, al decir que la sociedad catalana está enferma (y no un trocito, o unos dirigentes locos) están dando definitiva carta de legitimidad a lo que, por mucho que quieran negarlo ya no es una mera coyuntura, sino una marea de fondo cuya solución requiere enorme altura de miras y, desde luego, en ningún caso frases como la que me ha dado pie a escribir esto.


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