Apaga y vámonos

Cataluña entre el Derecho y la Política

Hace unos años, antes de mi breve paso por el PP, asesoré la reforma del Estatuto catalán para esa formación política. Convocados Francesc Vendrell (entonces su portavoz en el Parlamento catalán), una servidora y otros compañeros a rendir cuentas ante algunos altos cargos del partido de lo que habíamos estado trabajando al respecto, explicamos lo que creíamos que del texto propuesto no tenía cabida en la Constitución. En realidad esa parte era bien sencilla, de hecho el tiempo y el TC nos dieron la razón a unos pocos en relación al margen que cabía dentro del actual redactado constitucional. Sin embargo, dándome cuenta del problema que podía tejer eso de manejarse sólo con los hilos del Derecho, y en el marco de la preciosa sala “Cánovas del Castillo” del Congreso de los Diputados, les di también mi opinión sobre lo que debían ofrecer a España para que el problema autonómico se quedase sólo en la casa del PSOE y no en la de todos los ciudadanos y tampoco en la del PP.

Del tiempo del Derecho…

En las artes marciales, les dije, la victoria consiste en la capacidad de aprovechar la fuerza del adversario, haciendo que ésta se vuelva en su contra, apoyándose el atacado en un sutil movimiento que, como un ímpetu, se transforma en demoledor y decisivo. El independentismo sólo puede ser vencido con su propia fuerza, negándole razones para que una amplia mayoría lo abrace. Por supuesto nunca darán su brazo a torcer los convencidos de origen, pero sí evitará que se propague entre quienes nunca pensaron en dejar de ser españoles. El movimiento, que difícilmente puede llevar a cabo el jacobino PSOE, está en las manos del PP, pues su corriente liberal y lo positivo de su sector conservador (no cambies aquello que no hace falta cambiar, dijo Burke) le podía permitir asumir un proyecto federal en el que la unión y la diferencia tuviesen su cabida. Eso les dije, federalizad el Estado, proponed la reforma de la Constitución que dejará en cuadro al aprendiz de brujo Zapatero. 

Se le puede echar la culpa al adoctrinamiento educativo, a la manipulación televisiva o a la consigna “Espanya ens roba” en tiempos de crisis... 

Debo decir que me miraron como si se les hubiera colado un marciano en la reunión. Y eso que entonces ya no era su jefe el Presidente Aznar, aquel que hizo crecer de forma desmesurada la Esquerra Republicana de Carod Rovira. Así me miraron, y así estamos. Se le puede echar la culpa a años de adoctrinamiento educativo, o a la manipulación televisiva, o al modo en que ha calado la consigna “Espanya ens roba” en tiempos de crisis. Al final ¿eso ahora qué arregla? La falta de inteligencia emocional de Rajoy, ciertos exabruptos de políticos PP-PSOE en torno a generalizaciones que hasta a mí me sacan de quicio (“vosotros, los catalanes…”), el trabajo paciente de muchos entregados a la causa independentista desde hace décadas, la manera en que algunos políticos catalanes van a Madrid a poner verdes a cuantos en Cataluña piensan de forma distinta a como ellos lo hacen (manipulados, enfermos, nazionalistas, fascistas, en fin, esas lindezas dicen de sus compadres) se han unido a una masiva crítica, el 10 de julio de 2010, de la sentencia del TC sobre el Estatuto catalán. Me dirán que eso no está bien, y podría estar de acuerdo, si no fuera porque los políticos de todo color, con mucha menos legitimidad, se han dedicado durante tres décadas a desprestigiar con sus críticas las resoluciones que no les convencían, y con sus tejemanejes a la hora de colocar a “uno de los nuestros”, han malogrado el carácter objetivo y distanciado que debería tener la máxima magistratura de un Estado de Derecho constitucional. El fruto de todo eso se visualiza en la manifestación del 11 de septiembre de este año, esa cuyo lema fue “Caluña, nuevo Estado de Europa”, en la que Artur Mas sólo tuvo tiempo de ponerse delante para que el tsunami no lo arrasara.

…al de la política

Ahora los argumentos ya no pueden ser los del Derecho, por más que algunos se empeñen en enarbolar la Constitución. El Derecho ha sido superado por la política, y cuando digo esto lo hago con conocimiento de causa soy consciente de la inseguridad de la situación. Cuando uno o dos se enfrentan a la Ley pueden ser metidos en la cárcel, cuando son unos cuantos más los que lo hacen, la cuestión afecta al orden público. Pero si se levanta una parte muy significativa de la comunidad, mentar el Derecho es inútil, porque gana protagonismo ese tipo de política que puede generar, si se cumplen determinados requisitos, un nuevo Derecho, una nueva Constitución. A eso los del ramo lo llamamos “proceso constituyente” y, visto desde el Derecho vigente, es una ilegalidad, pero visto desde el Derecho futuro, se transforma en una esperanza imparable cuyos frutos sólo pueden contrastarse cuando ya todo se ha consumado.

Si se levanta una parte muy significativa de la comunidad, mentar el Derecho es inútil.

Así las cosas, en el PP, que a pesar de Rajoy cuenta con alguna gente inteligente pensando la cosa en ciernes, se han empezado a desatar las alarmas: nada está escrito en Europa sobre países de la Unión donde se secesione un territorio; no cabe emprenderlas a bombazos en el siglo XXI por mantener a millones bajo una Constitución en la que no crean; está por ver por qué es más democrático un sentimiento patriótico que otro, y sobre todo hay que armarse de sinceridad para preguntarse cuándo no se ha generado una nación sin violencia para los que en ella no estuviesen de acuerdo en todo o en parte. En los cien últimos años de historia, el mapa mundial de Estado se ha más que duplicado, y no todos los nuevos Estados son ex colonias bananeras, o territorios sin derechos fundamentales. Por esa razón se empieza a dejar ir en algunos foros: “¿Y qué tal si se federaliza el Estado, más aún, qué tal si se federaliza asimétricamente, dejando sólo competencias semiplenas a dos o tres territorios?”

Ojalá hubiera podido ser así. A muchos un sistema de convivencia respetuoso de sus diferencias, unido y fuerte nos parecía la mejor de las soluciones. Pero después de tanta inquina, ni el que hable ahora de federalismo aparece firme en su gobernanza, ni quienes han sentido que no se escuchaban sus reivindicaciones de concordia y respeto podrá olvidar tan fácilmente todo lo dicho en su contra. Más todavía, estoy convencida de que para muchos se trataría de la componenda producto de un chantaje mutuo, forjado en las ganas de sus contratantes, de seguir ocupando las sillas.

Decía el poeta que le dolía España. Así ha sido durante siglos, partida en dos desde el punto de vista ideológico, y en fragmentos con proyectos de país superpuestos desde el tiempo de los Austrias. A mí también me duele. Por eso creo que quizás ahora tendría más sentido acordar las bases de una buena relación de vecindad.


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