Apaga y vámonos

Cataluña y Castilla, la extraña historia

El peregrino argumento de que porque los aragoneses así lo decidan el catalán es lapao, dicho por destacados dirigentes del PP, llevaría a la paradójica conclusión de que Cataluña es nación si sus habitantes así lo deciden. Sin embargo, hay cuestiones, y esas dos son un ejemplo, que no dependen de los votos, sino de la naturaleza de las cosas. La dinámica de las lenguas, como la de las naciones, no depende de decisiones coyunturales, sino de la trayectoria contrastada y aquilatada con el tiempo. El hecho de que se dijera que cada cincuenta años hay que bombardear Barcelona para que los catalanes se estén callados es indicio de que algo en Cataluña escapa de la construcción monolítica y centralista de España. Del mismo modo el hecho de que hasta ahora eso del lapao no tuviera texto, ni contexto alguno de referencia, indica bien a las claras el porqué de su artificial construcción de ahora para luego. Y ese es el problema en general de la política, que no es consciente del modo boomerang en que sus palabras se les pueden girar en contra.

Lo que subyace a todo eso es una historia ya centenaria entre Castilla y Cataluña (porque decir España sería un error de concepto) de discrepancia sobre los modos en que la relación debía ser concebida. El pueblo castellano, conquistador, guerrero, tan valiente cuando fue necesario, e incluso sanguinario cuando no lo fue tanto, concibió la unión con Cataluña como una conquista más. No es extraño, esa misma palabra se utiliza en las relaciones amorosas, por algo será. Pero la Cataluña comerciante, pactista, con un punto de cobardía, si me apuran, para decir las cosas por su nombre, no ha estado, por esa misma razón, dispuesta a dejarse someter por la fuerza, a pesar de las múltiples veces en que ha sido objeto de todo tipo de invasiones por su posición ribereña.

Para quienes pensamos que la unión (que hace la fuerza de los grandes países) sólo es posible desde la libertad, la única solución para este sinsentido habría sido una reforma constitucional que incluyese como posibilidad la autodeterminación de los pueblos de España. Su historia y los problemas que recurrentemente se han planteado así lo aconsejan. Nada hay más efectivo para la permanencia que saberse poseedor de la opción de marcharse, porque en el fondo es sólo un problema de honor herido, de necesario respeto por las ricas diferencias que ilustran este confín de Europa. Imagino incluso la unión de toda la península ibérica en un solo proyecto, si esta idea se hubiera hecho realidad en el pasado.

Pero no. El sueño ha resultado imposible: en enero de este año el parlamento catalán declaró ya no sólo, como otras veces a lo largo de su historia democrática, que tiene derecho a la autodeterminación, sino que es un sujeto política y jurídicamente soberano. Le faltó tiempo al Gobierno, cuya falta de inteligencia emocional no es más que la demostración de que son los castellanos quienes lo comandan y que Rajoy no podía conservar su condición de periférico sólo con veranear en Sanxenxo, para irse al Tribunal Constitucional a impugnar la declaración

La presidenta del Parlament se ha lucido al decir que sigue vigente porque no es legal aunque el TC la haya suspendido, y tal vez también el Gobierno al impugnar una mera declaración. El caso es que ha acabado recibiendo el TC por suspender, cosa que no podía escoger una vez aceptada a trámite la impugnación, y que tampoco sabemos qué efectos produce porque nunca nos vimos en una parecida. O sí, pues por decir algo semejante, Lluís Companys fue encarcelado. Bien es verdad que es más fácil meter en prisión a un sujeto que a ciento, pero también lo es que las cosas han cambiado en Europa para bien hasta el punto de resultar improbables ciertas formas de resolución de conflictos. Así que, por fortuna pero también por desgracia, el conflicto parece servido para rato. Sabe el independentismo que la suma de adeptos a su causa es ahora mucho más factible, pues el tema del maltrato económico a Cataluña es asumido incluso por el PP en Cataluña, lo que quiere decir que ha calado con fuerza en el imaginario colectivo catalán una idea que, contrastada o no, ya no tiene discusión posible, y que es la que sirve de mejor cemento a los catalanes de generaciones y a los que llegaron de fuera en diversas oleadas: la crisis, sin esta solidaridad exagerada, sería menos crisis…

Oír a la vicepresidenta del Gobierno decir con voz tonante, sonrisilla de suficiencia y cejas enarcadas hasta la caricatura que utilizarán todos los cauces necesarios para impugnar cuantos actos lleve a cabo Cataluña hacia la secesión es la mejor demostración de que no han entendido nada, de que no se han dado cuenta de que el tiempo les ha movido el paisaje y que, por más que se empeñen en pensar lo contrario, al disidente en democracia no se le puede tratar como en un gulag y que si quien disiente es todo un colectivo de personas, entonces el problema se transforma en una pesadilla. Quizás Rubalcaba no sea capaz de superar a Rajoy, pero sería triste que éste, dos veces perdedor de las elecciones, acabase siendo “el” perdedor frente a la historia de España.

Hablamos de Castilla, pero no nos olvidamos de que muchas otras partes de España ya tienen asumido el mismo argumentario del conflicto. Quien deba tomar partido entre las regiones más pobres no lo hará a favor de quien pretende detraerle recursos. Además Extremadura, Andalucía o Navarra también labraron con letras de fuego en la historia los nombres de quienes demostraron arrojo infinito en la conquista del nuevo mundo, y eso se lleva en los genes, también para ellos la conquista es un valor. Luego están amigos coyunturales en el viaje, fruto de los propios reinos de taifas que han sido las autonomías de pega del “café para todos”, como Rioja o Cantabria o pedazos del Mediterráneo español expulsados de su propia historia. Y así llegamos al lapao, el colmo del retruécano, del castigo autoinfligido, del borrar la propia memoria en beneficio de una idea que en nada les favorece. ¿O es que hasta la fecha se ha hecho algo por ese Aragón, olvidado de todos, a pesar de ser centro de tantas cosas?

Probablemente a estas alturas la posición con más sentido común sea la del PSC, que entiende que el conflicto debe resolverse permitiendo que se pregunte, pero que se decanta claramente por la posición de que no hay que marchar. Si Aznar fue capaz de transferir la Policía a Cataluña cuando tan claro está que es competencia del Estado, ¿por qué no puede transferirse la competencia sobre el referéndum a las comunidades autónomas para asuntos que sean de interés político en un concreto territorio? Es forzado, sí, es jurídicamente un estropicio, pero si los partidos políticos (todos ellos) se pueden ciscar de continuo en el art. 6, el único, que les compete, ¿no podrían ser igual de impresentables con la Constitución en lo que respecta a los intereses del resto de los mortales?

Además, abierto el melón de la votación, se abre también el del debate y es entonces cuando el Gobierno, investido de la legitimidad democrática que le daría haberlo autorizado, tiene toda la fuerza institucional para girar el resultado hacia el lugar en que los vientos le puedan resultar más favorables. Pero ya sé que no me deben de entender. Es que hablo en lapao.


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