Apaga y vámonos

Si Cánovas del Castillo viese hoy al Rey…

Unas noticias van tapando otras a la velocidad del rayo: nos olvidamos de Esperanza Aguirre y su tocata y fuga automovilística cuando el 25M el chico de la coleta marcó cinco goles por la izquierda a todos los partidos que se creían propietarios de la idea; pero dos entrevistas y media después, el fenómeno había sido sobrepasado por un magistrado constitucional sin casco y con varias copas de más, que se saltaba el semáforo, intentaba evitar la prueba de alcoholemia y acababa renunciando a un cargo por el que todo el PP había sudado la gota gorda hasta proporcionárselo.

Pero hete aquí que siempre puede pasar algo más espectacular que vuelva a distraer nuestra atención, y esta vez la cosa lo merece porque, de resultas, Letizia Ortiz va a pasar a ser reina de España. Dejando al margen tal frivolidad, aunque esté convencida de que ella simboliza el germen de la desaparición de la institución monárquica a más o menos largo plazo, Don Juan Carlos I ha abdicado, y la decisión, que sin duda ha podido mantenerse en secreto porque desde que el rey se lo comunicó a Rajoy no se ha enterado el ministro Fernández, lleva aparejadas una serie de implicaciones que vale la pena analizar.

En primer lugar, es necesario recordar que abdica, no renuncia ni dimite, actos netamente diferenciados de la abdicación desde el punto de vista jurídico. Sólo el Rey puede abdicar, y al hacerlo interrumpe su reinado antes de su muerte para pasar en vida la Corona a su legítimo sucesor. Si renunciase, lo haría también para toda su línea sucesoria, y la dimisión no está pensada más que en sentido pasivo, es decir, como la inhabilitación que, por razones esencialmente de salud o decrepitud decidieran sobre su persona las Cortes, titulares de la soberanía… incluida la del soberano. Juan Carlos I abdica y, por tanto, gestiona, o intenta gestionar, el futuro. Desde ese punto de vista tienen sentido las voces que han empezado a reflexionar sobre el cálculo que haya podido hacerse en la Zarzuela del momento más idóneo, forzado por el descrédito en que se encuentra la institución pero también sostenido hasta que la imagen del Príncipe se ha entendido suficientemente apuntalada, Letizia incluida.

La abdicación es, en la Corona, lo que la herencia en el común de los mortales. Del mismo modo que entendemos comprensible que quien, por la razón que sea, ha llegado a tener un patrimonio pueda dejarlo a sus hijos, a su mujer o a quien le parezca, el Rey hace lo propio con su corona. Bien es verdad que ésta sólo es algo en la medida en que se le reconoce una legitimidad y un simbolismo, y también hay que recordar que no se trata de un bien cualquiera, sino de una institución del Estado, por lo que resulta un claro anacronismo, resultante del propio anacronismo del principio monárquico insertado en el sistema democrático, que aquello que ya sólo tiene porque la democracia se lo reconoce tenga tal nivel de discrecionalidad en la disposición de su destino. Pero lo cierto es que la Constitución, y la gente en referéndum, aceptó la Corona, la dinastía borbónica y la figura de Juan Carlos I, y todo ello hace que a estas alturas pueda decidir abdicar como el que hace en vida una donación mortis causa a sus queridos hijos. Y no puede aceptarse sin más el argumento de que las nuevas generaciones no votaron esta Constitución, porque si es por eso, Barack Obama tampoco votó la americana y bien aposentado se le ve en la Casa Blanca.

La abdicación implica políticamente decidir el momento oportuno para el traspaso de la Corona. El manejo de los tiempos es en este ámbito esencial; Juan Carlos I vivió los dimes y diretes de aquel Franco, ya decrépito, que quería continuar asistiendo a los Consejos de Ministros y que en más de una ocasión le colocó en una situación rayana en la de comparsa de un régimen que se encontraba en régimen de liquidación y por el que su papel en la Transición podía afectar su imagen. Imagino que Juan Carlos I no quiere trance semejante para su hijo, y abdicar de un solo trazo debe de querer contribuir a ello. Sin embargo, le va a resultar difícil evitárselo, porque como en las herencias, no va a traspasar los bienes y derechos sin cargas; lo hace en uno de los momentos en que mayor número de frentes tiene abiertos el sistema político, y en uno de los asuntos, la corrupción, la propia Casa Real tiene un no poco importante nivel de participación con la infanta Cristina rondando una imputación penal.

La radicalización ideológica del sistema político, la todavía frágil situación de la economía española, el descrédito generalizado de las instituciones son, sin duda, incómodos rasgos del paisaje español en el momento de la abdicación, pero todas ellas presuponen que efectivamente el relevo se va a producir, que la cuestión, que está en la calle, sobre si ha llegado el momento de plantearse la dicotomía de monarquía o república, no forma parte de la agenda de cedente y cedatario. Y eso no está claro, sobre todo porque en un rincón de España el tema se mezcla en gran medida con la cuestión territorial, con la eventual independencia de Cataluña. Bien es verdad que el nuevo rey es además Príncipe de Gerona, que al ser nuevo en la lid no arrastra las servidumbres de su padre en cómo enfocar el tema, y que hay un gran porcentaje de independentistas que verían con buenos ojos una Corona al estilo británico bajo cuyo paraguas institucional convivieran España (o como se dijera) y el nuevo Estado catalán. Pero también hay que recordar que el partido que, por la mínima, ha ganado las elecciones europeas en Cataluña, se llama Esquerra Republicana, y que ha convocado manifestaciones a favor de esa forma de Estado para proclamar a los cuatro vientos su intención.

Corren vientos extraños, miméticos de aquellos que en los años treinta del pasado siglo acabaron por llevar a Alfonso XIII al exilio. Se dice que todo lo que Juan Carlos I tenía previsto hacer el año que viene, el cuadragésimo de su reinado, se ha precipitado por el horizonte político que se pergeña a partir de las elecciones europeas y el hundimiento de los dos grandes partidos estatales, necesitado de sus mayorías para poder realizar el relevo sin zozobra. No lo sé, después de que un hecho se produzca todo el mundo da las razones por las que se ha producido; en todo caso, hace sólo quince años el rey gozaba de una alta valoración, la mayor entre las instituciones del Estado; en cambio hoy, mientras escribo esto, miles de personas que parecen tener las banderas preparadas desde hace más de medio siglo, aunque muchos de ellos no hubieran nacido entonces, se han lanzado a la calle pidiendo un referéndum sobre la cuestión. Pero el problema no es, a mi modo de ver, la jefatura del Estado de un tipo o de otro, sino si es buena o mala: entre la república chavista y la monarquía noruega, no creo que haya duda para la mayor parte de la opinión pública en cuanto a qué modelo es más virtuoso, pero se ha apoderado de la gente, quizá por la hartura de tantas cosas, quizá por la ignorancia de otras muchas, una desaforada fiebre por votarlo todo, tanto que no me sorprendería que un día de estos decidiéramos votar por dónde debe cortar el cirujano en una operación de apendicitis..

Así estamos en este inicio de junio del año en que empezaremos a comprobar si Cánovas del Castillo sigue estando vigente en su afirmación de que el alma constitucional de España han sido desde siempre la Cortes y la Corona, o si por el contrario se constata que sólo fuimos, durante cierto tiempo, fanáticos juancarlistas, y hoy, desmemoriados de algunas cosas y anegados de una escandalosa información sobre otras que antaño no tuvimos, estamos a punto de repensar el futuro en medio de la peor tormenta en la que hemos navegado desde 1975, el año en que Juan Carlos I empezó a traicionar los Principios del Movimiento para sobrevivirlos…y empezó a andar algo que hoy llamamos democracia.


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