Apaga y vámonos

Cambiar referéndum por elecciones plebiscitarias

Las declaraciones del Presidente Artur Mas al diario Le Figaro sobre la eventualidad de convocar unas elecciones plebiscitarias el día 9 de noviembre para el caso de que la consulta prevista para ese día fuese impedida por el Gobierno central son en realidad un paso más en una estrategia que, sin tener conocimiento exacto de la realidad, se me antoja medida y bien medida en cada una de las sucesivas etapas que se han ido consumando.

Me encuentro entre quienes piensan que tal vez sin la formulación exacta de la pregunta que ha de plantearse a la ciudadanía catalana aquel día del próximo otoño, Mariano Rajoy habría tenido menos excusas para el diálogo; también es verdad que, como dicen otros, sin formular una concreta pregunta, una muy importante y descreída parte de los que han empujado las circunstancias donde se encuentran tal vez no habrían seguido confiando en CiU y aún habrían radicalizado más sus posturas. En todo caso, la realidad es la que es, y lo que se vivió en el Congreso de los Diputados el pasado día 8, a lo largo de las 7 horas de monólogos cruzados, que transitaban sobre carriles paralelos en el tren de la historia, no hicieron más que poner de manifiesto, por enésima vez, una serie de circunstancias que ya conocemos

La primera es que se está produciendo un choque de legitimidades que tiene difícil resolución práctica; si, como les apuntaba la semana pasada, las mayorías en las dos instancias parlamentarias (la general y la particular) se parecen tan poco; si la aplastante (aplastante por causa del sistema electoral, otro gallo cantara si contásemos votos, y sobre todo si recordásemos los no votos) mayoría que avaló en las Cortes la negativa a la transferencia se sitúa tan lejos de la también contundente posición de la mayoría que está por facilitar que Cataluña pueda preguntarse a sí misma qué quiere ser de mayor; si, por tanto, no se trata de que la democracia falle en una u otra instancia, sino de que ninguna de las dos está dispuesta a reconocer que la otra puede serlo en mayor o mejor medida; si todo eso es así o más o menos así, entonces se tenga la opinión que se tenga sobre el tema, lo que queda claro es que tenemos un problema, porque no hay posibilidad de mantener eficaz y eficientemente unido un Estado si en toda su integridad la gente no lo quiere, teniendo en cuenta que ya no es éste el tiempo en Occidente para pensar en violentar a la población para que la unidad se mantenga, estén o no pensándolo o diciéndolo algunos.

Por todo ello, la segunda cuestión reseñable es que ambas partes tienen razón; de una parte, el Gobierno central hace un análisis (sin duda interesado pero certero) de las competencias que la Constitución permite transferir a las comunidades, y evidentemente no se halla entre ellas la que, de forma descarnada, o aplicada a la pregunta que se pretende formular, permita ceder el poder de la soberanía para que una distinta emerja; y así se hace patente algo mucho más inquietante; y es que el sujeto político que afirma la soberanía (política, para luego hacerla efectiva a través de la soberanía jurídica) no puede pedirla, ha de ejercerla, porque existe en la medida en que se practica, y nada distinto la puede generar. El problema de tal es que el ejercicio de soberanía en Cataluña niega en cierta medida la de España, del mismo modo en que todo intento europeo de tenerla erosiona el poder de los Estados. En una palabra, no sé si siempre pero desde luego sí a estas alturas de la película, enrocados los dos actores en su banda del ring, no se concede y se pide la realización del referéndum por la misma razón: el poder.

Más allá de cuestiones jurídicas sobre la soberanía como poder simbólico, está, por supuesto, el poder en el sentido más primario y pedestre de la palabra: cobijado y justificado en el Derecho, el Estado alberga toda la red de intereses de quienes a lo largo de la historia nunca han dejado de mandar y aquellos otros que, en el actual sistema de clases sociales pueden jugar a formar parte durante un rato o incluso colarse de forma definitiva en el juego, ya sea como nuevos ricos o bien como asalariados de lujo (directivos de las grandes corporaciones) o de medio pelo (dirigentes políticos y, a veces, sindicales) Ese poder respira en las costuras de la delirante oposición que se está produciendo en Cataluña. Ahora mismo en ese nivel de la lucha mayoritariamente el poder se encuentra de parte de Mariano Rajoy; pero, que nadie se engañe, eso podría llegar a ser de otro modo por muchas razones y entre ellas no es menor el conocimiento que el poder tiene de las formas en que debe hacerse presente, ejercerse o imponerse en cada caso. Por eso ganan las revoluciones y los mismos de siempre, los que de verdad son los mismo, no dejan de ganarla; se llame la revolución 'francesa' o 'transición'.

Volviendo a lo pedestre, la pregunta después de lo sucedido en el Congreso había sido ¿y ahora qué? , pregunta a la que, como en todo, las respuestas fueron que ya se ha dado carpetazo al tema y que todo sigue. Pero al menos en ésta sólo uno tiene razón, porque el president ha insinuado que el día 9 de noviembre podrían convocarse elecciones en sustitución de la consulta. De nuevo en este 'toma y daca', la vicepresidenta ha dicho que eso es ilegal porque ya se negado la posibilidad en el Congreso, por lo que creo que a su vez debemos plantearnos dos cosas, al margen de recurrir la negativa ante el Tribunal Constitucional: ¿en qué consisten unas elecciones plebiscitarias?, y para el caso de que pudieran concebirs, ¿cómo se prohíben?

Para empezar es difícil prohibir lo que técnicamente no existe: unas elecciones plebiscitarias sólo pueden consistir en la coincidencia programática en la que a la respuesta ciudadana sobre el único o fundamental punto del programa (la autordeterminación) abocase a los representantes de los partidos políticos elegidos en esa convocatoria a contar los votos favorables y no favorables a la cuestión planteada. Si en un principio, y como se observa en la enrevesada pregunta que se aprobó para la consulta (¿quiere que Cataluña sea un Estado; y si lo quiere, ¿quiere que sea independiente?), la tesitura en que personajes como la tecno-vice colocan con sus palabras la situación política se puede transformar en un revulsivo para o bien borrar del panorama las opciones soberanistas 'light' (federalismos varios sin definición clara), o bien arrastrarlos a pedir lo mismo que los que directamente han hablado de& independencia. La suma puede ser letal para el proyecto España tal y como lo concebimos hoy, porque a la segunda pregunta que debemos hacernos, y es cómo se prohíbe eso, la respuesta es que no se puede, salvo que lo que se decida es suspender la autonomía, porque ni metiendo al president en prisión, cosa harto improbable en la simbología actual del poder, se detendría el proceso electoral, a lo que hay que sumar que cualquiera de las dos acciones cargaría los comicios de mayor carga plebiscitaria. Tras ello el panorama ha de incluir la previsión de una DUI (Declaración Unilateral de Independencia) pero eso lo dejo para otro post.

Estoy convencida de que por allá han pensado que por acá esto se arregla en cualquier momento echando unos euros al saco. Han ejemplificado tal solución sacando a pasear a Duran i Lleida y Pérez Rubalcaba por los pasillos del Congreso, hablando de un diálogo que, por más que necesario, parece cada vez más imposible. Pero la realidad de este tema muta hoy a una velocidad impensable e indigerible para la política de siempre. No sé por cuánto tiempo será así, es decir, cuándo volverá el poder a tomar las riendas de todo, pero a lo mejor para poder hacerlo incluso ha de aceptar que el mapa territorial de Europa se descomponga para hacer que luego de la unión emerja esa Unión (soberana) cuyos mentores murieron sin haber visto nacer.


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