Apaga y vámonos

Entre el 11 y el 12

Podemos seguir lamentándonos por la situación generada en eso que se conoce como “el encaje de Cataluña en España” y que a estas alturas de la película ya se suele mentar con expresiones que incorporan la palabra “independencia”. Podemos también seguir buscando a los culpables, o responsables, que en todo caso y vistos en perspectiva lo serán parcialmente, pero que desde el bando contrario casi siempre serán considerados únicos. La verborrea se dispara en intensidad y quienes de esa guisa se querellan, como sucede a cualquiera si la exaltación le sobrepasa, dicen lo que no piensan y, luego de dicho, es sólo un trámite incorporarlo a lo que piensan.

Hagamos lo que hagamos, y sea verdad, en palabras de Ramón de España, que Cataluña haya devenido un manicomio en el que los no independentistas se hastían; sea verdad, en la versión del director de este digital, que cuanto acontece traiga su causa eficiente de la consuntiva debilidad de la nación española; sea verdad, como dirían los intelectuales más afectos a la independencia, que la asfixia económica de Cataluña deriva más del “espolio fiscal” que de la crisis económica; o, se diga, como en las recientes declaraciones de José Manuel Lara, que la consecución de un Estado catalán independiente es imposible, lo cierto es que todo ello poco importa, visto el abismo que media entre el 11 de septiembre y el 12 de octubre.

El independentismo ha ganado, para empezar, la centralidad del debate político. Quienes más gritan que ése no es el tema son también quienes más contundente y frecuentemente muestran sus posiciones sobre él. De hecho algunos partidos dicen bien a las claras que sólo tienen sentido por la existencia del independentismo; y en efecto, es ese único tema el que les permite restar votos a los partidos que, dada su estructura y origen estatal, deberían defender España en Cataluña y justo por eso, por tener voz en Cataluña y al tiempo en Vigo o Sevilla, lo tienen harto más difícil.

Lo cierto es que todo ello poco importa, visto el abismo que media entre el 11 de septiembre y el 12 de octubre

Porque si es fácil para alguien inteligente como Jesús Cacho entender que Cataluña no es la Rioja, ese axioma ya no es tal, contestado y discutido desde todas las Riojas que, con todo respeto para la voluntad política de quien la tenga, pretenda ser Cataluña. El sistema lo ha propiciado y ahora ya es estructuralmente tarde para volver atrás, al menos si los mimbres constitucionales no son rearmados en torno a una masiva voluntad política que, la verdad, parece a todas luces inviable. Por eso, aunque pierdan sus votantes el PSC y el PP y los gane parcialmente Ciutadans, hay que recordar que no son ni uno más de los que había, más aún, que cada vez son menos, porque cada vez la brecha entre el 11 y el 12 se hace mayor.

Y es que la nave va. Y aunque imagino que los que dicen que la independencia es imposible lo hacen para amedrentar a un de suyo acomodaticio tejido social catalán, lo cierto es que la marea de fondo parece dispuesta, de forma difusa, a no permitir a quien se acobarde dar un solo paso atrás; quienes se amedrentan parecen haber quedado pillados entre una base informe pero decidida y un president con forma y con una aparentemente pareja determinación. La nave va y ya parece haber huido del centro del debate si, de ser independiente, Cataluña sería más pobre o más rica, o si conseguiría refundar el sistema político y aprovechar ese renacimiento para regenerar su democracia. Va la nave surcando aguas sentimentales, emotivas, en algunos casos testosterónicas, con anclas en la racionalidad (¿cómo va Europa a prescindir de una economía productiva de más de 7 millones de habitantes que ya han sido ciudadanos de la Unión?). Incluso algunos tendrán sus comprensibles dudas en torno a la oportunidad que el viaje suponga para acrecentar la justicia social, y ahí aparece una monja, reivindicando un lugar al sol para los desfavorecidos de la tierra… pero viene de la mano de las palabras mágicas: proceso constituyente.

Y la nación enferma pierde su credibilidad en cualquiera de los supuestos, porque hay debate al respecto: frente a las ganas de ser que los que las tienen desde hace décadas y los que han llegado a ella hace un cuarto de hora (por convicción o por arribismo) se imponen en cifras a los que dicen lo contrario. El problema aparece cuando sumados unos y otros la conclusión a la que llega Artur Mas se hace palmariamente compartible: si unos y otros se manifiestan por esto o por aquello, interesante sería comprobar el cuánto de cada cosa, y eso sólo es posible preguntando de forma sistemática y fiable. Y podríamos añadir que sea para lo que sea, esto es, para que unos concluyan con sorpresa que no eran tantas las ganas de marchar de los que nunca hablan (la mayoría, que la mayor parte del tiempo, a veces todo el tiempo, es silenciosa), o para que los otros tengan que reconocer tristemente que lo de seguir siendo parte de la nación española le importa un bledo a una inmensa mayoría.

La nación enferma pierde su credibilidad en cualquiera de los supuestos, porque hay debate al respecto

En ese debate a mi juicio el número de manifestantes del 11 y del 12 es lo de menos. Pueden ser más los independentistas porque llevaban mucho tiempo trabajando en el evento, o porque el porcentaje de seguidores es infinitamente mayor, o porque sus ganas de ser son claramente más; y puede ser que el unionismo sea menos por el miedo a participar de la idea no dominante, porque han actuado reactivamente y por tanto de forma improvisada, o porque parten justamente de la posición que necesita menos fuerza y defensa, que es la realidad actual de la unidad del Estado. Podríamos estar hasta el día del juicio final haciendo cábalas, pero quizás sería más interesante superar el presente de la rigidez constitucional normativa que impide al presidente español consultar a la población sobre este tema y aceptar que una situación así no puede perpetuarse en el tiempo, ni obviarse como si avestruces fuésemos, ni resolverse, como piensan algunos, dando algún dinero más a Cataluña, menos aún a cañonazos; ya se ha dicho desde allá que ni un duro más, y ya se ha dicho desde aquí que no se para el movimiento con el vil metal.

Se dice que todo tiene solución menos la muerte. Aplicado a la política, se ha dicho que con voluntad el consenso sería posible. Pero de las palabras se desprende que nadie lo quiere. Así pues a este enfermo que es España nadie parece querer sanarlo. Sólo queda por ver si encuentra en sí misma su mejor médico.


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