Apaga y vámonos

Entre un cinco y un seis…

Llevo veinticinco años en la universidad. Me cuento entre los de la generación que inauguró un nuevo tipo de bachillerato, y he visto, desde que decidí que prefería quedarme en la Facultad de Derecho que ser Perry Mason fuera, el sinfín de reformas que todo el sistema educativo, universitario y no, español sólo o también europeo, ha sufrido. Y digo sufrido, padecido, acarreado, porque en cada nuevo cambio, en cada nueva idea aportada por el último político sabiondo, hemos perdido una idea, un valor, una ocasión, y en el momento presente ya casi no queda nada.

Me quejaba la semana pasada del bulo instalado en la opinión pública de que ésta de ahora es la generación (¿dónde empieza y acaba?) mejor preparada de la historia, y probablemente el mejor síntoma de que así sea es la polvareda levantada por la idea del ministro de Educación de exigir algo más en el expediente académico para poder gozar de una ayuda dineraria en estos momentos en los que todo se desmonta, digan lo que digan sobre los datos de paro. He leído después con enorme interés el acertado perfil decadente que Jesús Cacho daba en este digital a esa extraña aplicación del “progresa adecuadamente” a la aniquilación de un modelo de excelencia educativa. Y si bien podríamos discutir cómo debería evitarse en el ámbito de la enseñanza obligatoria esa tremenda manía de la izquierda de igualar a la gente en los resultados desincentivando al que sabe o puede a base de cortarle los pies, donde sí que no cabe discusión sobre lo inoportuno de la medida es en el contexto de la formación universitaria. Equipararlos es un error, el más grave que puede cometerse en el ámbito de la formación del talento.

Vaya por delante que compruebo con tristeza el escaso interés que demuestra el ministro por la formación de los individuos al haber eliminado buena parte del bagaje humanístico que a mi juicio ha de acompañarlos durante sus primeras etapas de aprendizaje, probablemente la mejor educación para la ciudadanía que podría serles proporcionada. El prescindir de ello hace harto improbable que puedan hacer acopio de las llamadas virtudes cívicas, entre ellas esa cultura del esfuerzo que el momento presente tan difícilmente puede asumirse, imbuidos como estamos de la prisa tecnológica, la comida blandiblú, los derechos sin deberes y unas mejoras impagables en la vivienda que hacen, de la peor construida de las llamadas “sociales” de hoy, un palacio si la comparo con la que yo disfruté (y el verbo no es casual) en mi infancia.

Comparto como no lo hice antes de tener hijos que en esas etapas tempranas, durante la enseñanza que debe ser para todos, se prepare una parrilla de salida, una igualdad de oportunidades lo más igual posible, sin caer en el igualitarismo. Para ello, aunque resulta harto improbable dejar a nadie fuera del sistema, a partir de un cierto momento del iter curricular se dan calificaciones, para ello unos acaban con matrícula y otros salvan los cursos por los pelos. Salvando las excepciones más dolorosas, todo el mundo debería, en este Estado que se llama social, estar en disposición de acceder a la etapa en la que se acaba la guía ordenada, el obedecimiento de consignas, y empieza a toparse cada individuo con la etapa del libre albedrío. Ahí comienza el reto de recibir en razón de lo que se da. Y ahí, señoras y señores, ahí ya no puede haber nada gratis en la formación, si queremos de verdad que el sistema funcione.

La indignación de todo tipo de colectivos por el hecho de que se pueda mantener la ayuda dineraria con un cinco pelado ha llevado en más de una ocasión a docentes universitarios a aprobar asignaturas “por justicia social”. “Si la nota de la beca es un 5,5, subiremos el aprobado al 5,5” ha llegado a decir el rector de la Universidad Politécnica de Madrid, Carlos Conde, aplaudido él y el resto de los que “se han plantado” por los mismos estudiantes que los aúpan al cargo, por los estudiantes que no tienen que pagar la matrícula ni la beca ni nada a sus compañeros, hijos de quienes en su mayoría no son conscientes de cuánto pagan por esta pantomima de formación universitaria en que hemos convertido el sistema con “más titulados de la historia”.

Así que niego la mayor: niego la universidad pública por principio. La matrícula, a precio político, supone que todos pagamos incluso la de aquel con recursos suficientes para sufragarse una privada, de modo que acaba siendo una mera extensión de la enseñanza obligatoria, postergándose al momento de los másteres y posgrados, el verdadero reto, el pago en su precio. Ahí, de pronto, los profesores de las universidades públicas ya no son tan solidarios, entienden razonable el cobro de la formación, porque ahí ha quedado, en el mejor de los casos (en el peor, es el negociete de unos cuantos amigotes con contactos)la verdadera formación. Y ahí es donde los que tienen tanto dinero como cuando mandaban a sus hijos a la pública, se gastan lo que ahorraron en enviarlos a estudiar fuera, donde se cuecen las habas, junto a los que mandan o van a mandar.

Quien sepa, adentro. Quien no sabe, a otra cosa, pues hay miles de oficios, profesiones, técnicas, y formaciones no regladas que están esperando héroes que las asuman. Y en el fondo de todo, un debate no acabado: el sangrante tema de la evaluación. Cuando un rector dice que sube la nota hasta donde esté en requisito para obtener la beca esconde no sólo un populismo barato en agravio comparativo para quien tenga la nota por su capacidad, sino el relativismo del sistema en un momento en que la universidad entera, como tantas otras instituciones, está en crisis: las nuevas tecnologías, el acceso a la información como acumulación de datos, los procesadores de deseos en fórmulas científicas validadas, los sistemas expertos que pueden diagnosticar disfunciones y atribuirles resultados, van a hacer de la mayor parte de las carreras de hoy antiguallas del pasado mañana. Por eso los rectores se sumen en diatribas que no son las suyas, porque de la sabiduría pasaron al conocimiento; de éste, a la información, y ahora que toda red bulle en datos, el único papel que pueden asumir es el de orientar, formar, potenciar el criterio. Pero para poder dar criterio hay que tenerlo, y el triste papel que han jugado estos días sobre el tema de las becas les ha colocado del lado de la política, justamente el polo opuesto al de la excelencia que debería guiarlos. Como mucho se han quedado entre el cinco y el seis…


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