Apaga y vámonos

Ana y los lobos

Ana fue alumna mía hace unos años en la UIC. Ahora prepara oposiciones a la Abogacía del Estado. Baste decir que tiene capacidad y voluntad suficientes para afrontar ese reto y cuantos se le pongan por delante. Fue durante los años de carrera una estudiante aventajada, y aunque en sus inicios parecía afrontar las oposiciones más como una cruz que como su vocación, el tiempo, el esfuerzo y su manera de ser han acabado haciendo de ese tormentoso camino que es el del opositor que no va acompañado de un enchufe una oportunidad de crecimiento personal. En todo caso y desde un punto de vista estrictamente técnico, la Facultad de Derecho de la que formo parte puede manifestar un legítimo orgullo por haber colocado en el mercado de trabajo a una persona solvente, formada, responsable, que desempeñará su cometido con rigurosidad y conocimiento. Un buen cuadro dirigente, en suma.

Sabemos, sin embargo, que el momento presente reclama mucho más que buena preparación, sobre todo en aquellos ámbitos que, como el Derecho, tan directamente implican la vida de las personas, sus libertades y derechos, su cuerpo y su espíritu. El momento reclama la integridad, la altura moral, el sentido de la justicia, la bondad, la pureza de alma. Sí, ya sé que enseguida se alzarán las voces que me dirán con sarcasmo si lo que pretendo es enviar a gente como Ana ante los lobos. Y la respuesta es sí.

Hace unos días, como suele hacer todos los años, Ana me envió, junto al resto de afortunados destinatarios de sus reflexiones o pensamientos, su particular versión del significado de la Navidad. Unos dibujillos, unos poemas, una explicación, todo cuadraba; allí estaba ella misma, arreglando, limpiando, recomponiendo su alma para las batallas contra sí misma, mucho más arduas e importantes esas interiores que las que podamos librar contra los demás… y al final, la esperanza nunca perdida de que la preposición deje de ser “contra” y se transforme en “por”.  Ana centraba sus reflexiones en María, la mujer que dijo sí a un camino incierto que la había de conducir hacia la gloria y el sufrimiento por partes iguales. El ateísmo dirá que vaya guasa lo de una madre virgen, pero está claro que la concreta manera de simbolizarlo no es el tema universal; más allá del dogma católico está la inmensidad de creer firmemente en algo, la energía capaz de mover las montañas de su lugar, el motor del mundo; ese que, por poner un ejemplo bien cercano, lleva cada día adelante a miles de progenitores víctimas de la crisis (económica, anímica, todas lo son) a seguir luchando por sus hijos sin perder de vista el objetivo.

La Navidad es, otra vez, el tiempo de pedirse perdón y de proponerse hasta el infinito no volver a pecar

Ana irá a ver a los lobos, de un modo u otro lo hará, no sé cuan larga será aún la preparación, pero ella y todas las Anas de la tierra, hombres y mujeres de carne y hueso, aun inconscientes de la misión, tienen sobre sus espaldas la responsabilidad, mucho mayor que la profesional, superando la militancia ideológica de cada cual, de afrontar una regeneración compasiva y firme de nuestra civilización. En un modo que no admite parangón, eso es el misterio que encierra la natividad: la inmensidad encarnada en la miseria; la omnipotencia servida en la bandeja de las limitaciones. ¿Cómo si no, podría entenderse el cuento? Como dice Deepak Chopra, más allá de (o junto a) la contemplación que hacemos los cristianos de ese día que culmina el adviento, está el Cristo símbolo de la renuncia, de todas las renuncias, de la entrega, de todas las entregas, de la nueva oportunidad para la reconciliación que trasciende las religiones y es metáfora del particular viaje de cada uno de nosotros, de nuestra reinvención constante.

Si es verdad que lo importante no es cuántas veces caemos, si no aquellas que somos capaces de levantarnos, asumamos, de nuevo coincidiendo con este día cuyo significado ha quedado enterrado entre montañas de regalos, comida y sentimientos de culpa por los más necesitados, que la Navidad es, otra vez, el tiempo de pedirse perdón y de proponerse hasta el infinito no volver a pecar. Incluso no pecar en la omisión, quizás el peor y más silente de los pecados de nuestros días. Porque creer que todo lo que ocurre va con los demás, no con cada sujeto individual, concluye en nuestro tiempo declinante, en el ocaso de todos los principios, del que la corrupción política no es más que su dimensión folclórica, un daguerrotipo estrafalario de las pequeñas versiones cotidianamente instaladas en nuestro hacer.

Ver en nuestra propia alma cuanto criticamos al prójimo, asumir que tenemos miedo, mirar a los ojos a quienes hayamos ofendido y reconocernos en los demás… tan difícil… Por eso cada año, en estas fechas, se nos recuerda de nuevo que sí somos capaces. Feliz Navidad, Anita, siento sacarte del anonimato de este modo, pero la parábola dice que serán reclamados quienes entierren los talentos y no los hagan fructificar, siquiera sea con su ejemplo. Tú eres para mí la esperanza de que se pueda caminar entre los lobos. Y sé que los lobos te reconocerán.


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