OPINIÓN

“Bienvenido Mister Marshall” versión alemana

El desprecio de Donald Trump ha tenido que hacer sentir a la canciller alemana como muchas veces, de forma indirecta, hace que se sientan esos países europeos que viven al dictado de sus designios.

Donald J. Trump y Angela Merkel, durante la rueda de prensa conjunta.
Donald J. Trump y Angela Merkel, durante la rueda de prensa conjunta. EFE

Llevo imaginándome a Angela Merkel varios días. La vergüenza, tanto ajena como propia, sentida por el desprecio a un simple apretón de manos con Donald Trump le ha tenido que hacer sentir a la canciller alemana como muchas veces, de forma indirecta, hace que se sientan esos países europeos que viven al dictado de sus designios –aunque sin esa mala educación manifiesta expuesta por el republicano-.

Es el efecto Trump, ese elefante que se siente como pez en el agua pisando vidrio

Quizás el hecho de enfrentarse ante los medios dos de los países más importantes del mundo ha supuesto que las ruedas de prensa de los dos mandatarios a este lado del Atlántico rozaran el esperpento. Y no como consecuencia de Merkel, habituada y con más mano izquierda para salir airosa. Es el efecto Trump, ese elefante que se siente como pez en el agua pisando vidrio, ese presidente que a veces se confunde entre un personaje de ficción y el protagonista de aquel reality show, The apprentice, que dirigía. Por el medio se le supone, entre sus múltiples personalidades, de presidente, a medio camino entre la Casa Blanca y Miami, donde suele desgastar sus fines de semana jugando al golf.

Pero no quiero hablar de Trump. No lo quiero hacer porque, pese a lo que se le supone en tierras españolas, aquí sigue enamorando. Cada día más, y no voy a ser yo, que conozco esto de pocos calendarios, el que dude de una sociedad más acostumbrada a pelear con otros menesteres diferentes al de su presidente, aunque no le hayan votado, y su Constitución, ese documento sagrado que inspira sus actos y que veneran. Casi como en España, vamos. Aunque sigamos advirtiendo que nos venden mejor la errata y el desliz ajeno en la sección de internacional, evitando así arañarnos nuestras miserias, que son muchas. Cuestión geográfica, supongo.

Rajoy, quizás acostumbrado a hablar al plasma se vio desbordado por una pregunta en ese inglés que parece aborrecer para volver de nuevo a dejar en evidencia a España

Quiero hablar de Merkel, de esas sensaciones tan suyas en un momento de desplante que me alegro imaginar. De esa Merkel a la que le ha importado muy poco el daño que ha hecho a esos famosos PIGS –Portugal, Irlanda, Grecia y España–, de esa presidenta que ha logrado que también Alemania tenga empleos precarios, de  una mandataria que, con ese perfil de madre superiora, ha dirigido la Unión Europea como la directora de un internado de monjas de la España de Posguerra. Esa mano dura, la pasada semana se volvió temblorosa, dubitativa, sin mostrarse, aunque los redactores imploraran ante una sacudida de manos que ella deseaba –supongo que por educación y tablas ante los flashes–. Tal vez pudo sentirse como hacen todos esos países que sobreviven a su dictado económico con unos presidentes que bailan al son de sus decisionesm alabando sus propósitos como soluciones ante la falta de talento propio.

Y no es solo Trump. Ni tampoco Merkel. Miremos a Rajoy una semana antes en Bruselas. Un tipo audaz nuestro presidente para hacer el ridículo, con tablas de cómico en verbenas baratas, pero con una afición a azotar al ciudadano que, como nadie, repite con paciencia. Porque a paciencia pocos le ganan. Quizás acostumbrado a hablar al plasma se vio desbordado por una pregunta en ese inglés que parece aborrecer para volver de nuevo a dejar en evidencia a España, el país al que le importa poco representar en situaciones que le asfixian, como aquella. Su desprecio al jornalero de los medios, a ese periodista respetuoso que sólo quería una opinión, es de los que duelen al que se siente representado por el gallego.  

Si volvemos nuestra mirada a Europa, hemos visto que a Merkel le tosen y le hacen sentir minúscula, que es ignorada y que esos golpes duelen

Pero claro, nosotros volvemos a fijar la mirada en Trump y le creemos impertinente y maleducado, con una soberbia insana y solo hábil ante su espejo o ante Twitter. Si volvemos nuestra mirada a Europa, hemos visto que a Merkel le tosen y le hacen sentir minúscula, que es ignorada y que esos golpes duelen. A Mariano no se lo pedimos. Su autosuficiencia se conjuga con la paciencia del que ignora, como al periodista inglés. “No, hombre. No vamos hacerlo. Venga el siguiente”. O la siguiente, como Merkel. 


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