Hay una regla no escrita en el diccionario urbano de twitter que llama a ponerse en guardia frente a los perfiles que se identifican solo con su equipo de fútbol. "Avatar futbolero, retraso severo."

Más allá de generalizaciones de fórmulas populistas existe una razón que te hace huir del debate con estos perfiles. De la misma manera que te cruzarías de calle ante un grupo de ultras envueltos en alcohol y banderas, el uso habitual de redes sociales te entrena para aprender a ignorar fanáticos que enseñan sus colores antes que sus principios. Y si estos ya se definen en el avatar, trabajo hecho.

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El hooliganismo es una lacra tan antigua como el deporte y esta lacra se ha hecho costra en las redes sociales porque se retroalimenta de su propia burbuja. Twitter y Facebook han cambiado su algoritmo para mostrarte antes las publicaciones que siguen tu juego. Basándose en tu actividad, tus likes y comentarios te sirven los contenidos que antes quieres ver y discutir no lo que realmente está pasando ahí fuera. Lo que parece un atajo para la comodidad de algunos (los publicistas, sobre todo) se convierte en alfalfa para todos estos borregos.

Si sigues al Madrid, a Tomás Roncero y a Sergio Ramos es muy probable que Twitter te proporcione una sobredosis de madridismo en los destacados de tu timeline, con los insultos a los culés del Chiringuito y las chirigotas de Piqué en otros medios. Una droga que solo sirve para autoafirmar tus colores. Las redes sociales alimentan (todos) los fanatismos con sus algoritmos endogámicos reafirmando tu ideología al servirte información sin puntos de vista diferentes. Y en el forofismo futbolero esto es tremendo.

Las redes sociales alimentan los fanatismos con sus algoritmos endogámicos reafirmando tu ideología al servirte información sin puntos de vista diferentes

Las redes consiguen el mismo efecto que el estadio al que ya es demasiado caro ir. El hincha se aleja de la racionalidad para escupir sus cánticos e insultos apoyados por la pertenencia al grupo y por la careta del anonimato. De la misma manera que el hooligan es un acomodado padre de familia que se trasforma al llegar el sábado, el avatar futbolero encuentra en las redes su fin de semana eterno.

Millones de cuentas futboleras se dejan la vida y la ortografía por unos colores que solo representan un puto juego. La violencia de sofá —más cómoda y cobarde que la de bengala y puño americano— multiplica los cachorros jóvenes que luego morderán en la calle, una cantera de chavales que calientan en Twitter sus futuras peleas. Violencia verbal que tiene como finalidad el reforzamiento grupal.

Millones de cuentas futboleras se dejan la vida y la ortografía por unos colores que solo representan un puto juego

Si el deporte es una religión su catedral ya no es San Mamés o el Bernabéu sino las redes. El proselitismo se ejerce jaleando los Tweets en directo del delantero centro de tu equipo e insultando al portero del contrario. Un falso contacto directo con tus héroes y villanos que te hace parecer estar más dentro del juego que en el hormigón de un estadio.

El mayor peligro de este hincha se sufre cuando no ejerce. Cuando el futbolero sale de su nicho se lleva su inquina a otros debates con su disfraz de colorines y su vuvuzela. Trasladando su acostumbrada exaltación irracional por una idea a cualquier conversación, y dejándola pringada del fanatismo que tanto practica. El 'Ojedismo' de nuevos reporteros que se venden como entretenimientos de masas. Un infierno.

El avatar futbolero es la forma sencilla de explicar los fanatismos en redes sociales. Una lección que todos entendemos y rechazamos con facilidad pero que no vemos más allá de porterías y balones. Cuando San Mamés se cambia por Ferraz o el Bernabéu por Génova, cuando el trapo azulgrana se convierte en la senyera o el escudo del Madrid en el Yugo y las flechas. Cuando los Tweets a Piqué son a Carmena solo cambian las sedes, los trapos o los jugadores pero la misma basura queda.


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