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Antonio Martínez Ron

Opinión

La soledad del destructor de mundos

La posibilidad de que un solo individuo decida sobre la vida de millones es tan real como aterradora. ¿Y si la persona de quien depende la seguridad mundial no está en su sano juicio? ¿Podemos estar seguros en un mundo en el que el ‘responsable’ del maletín nuclear se que queda dormido mientras tuitea?

“Podría salir de la habitación y, en 25 minutos, 70 millones de personas estarían muertas”. La frase se le atribuye a Richard Nixon durante una cena con invitados en la Casa Blanca en plena crisis por el caso Watergate, cuando la presión política le atenazaba y bebía más de la cuenta. Aunque quizá fue el típico comentario subido de tono por el calor de la conversación, lo aterrador es que Nixon estaba describiendo una situación real. Sus atribuciones como presidente de Estados Unidos le permitían acudir a una sala del edificio y activar un ataque nuclear sin tener que dar más explicaciones a nadie.

Justo en aquellos meses de 1973, un oficial de 23 años llamado Harold Hering, que entrenaba en la base aérea de Vandenberg para estar al mando de uno de los silos nucleares, empezó a hacerse preguntas. Como futuro responsable de una de las bases de misiles balísticos intercontinentales, Hering podría haber recibido la llamada del presidente y los códigos para activar un ataque nuclear contra la Unión Soviética o cualquier otro enemigo. Así que se le ocurrió elevar una cuestión a sus superiores:

“¿Cómo puedo saber que la orden que recibo para lanzar mis misiles procede de un presidente cuerdo?”

Aquella pregunta, que hoy forma parte de la historia de la Guerra Fría y que fue desvelada años después por el periodista Ron Rosenbaum, le costó la carrera militar a Hering, que fue expulsado de la Fuerza Aérea con el argumento de que carecía de la actitud mental necesaria y que aquellas dudas hacían menos creíble la respuesta nuclear estadounidense ante el enemigo y debilitaban su posición estratégica. Pero, por increíble que parezca, la política por la cual la decisión del ataque nuclear depende casi exclusivamente del presidente había sido adoptada como un mal menor ante los excesos de la cúpula militar en los primeros instantes de la carrera armamentística.

Tal y como revelaba hace unos meses el programa “Nukes”, de Radiolab (NPR), las medidas se tomaron después del lanzamiento de las bombas de Hiroshima y Nagasaki en 1945, de las que el presidente fue mal informado por la cúpula militar, según el experto Alex Wellerstein. “Nadie nunca fue a Truman y le preguntó ‘¿deberíamos hacer esto?’. Más bien llegaron hasta él y le dijeron ‘vamos a hacer esto’”, explica. En concreto, los militares tuvieron una reunión con el presidente en abril de aquel año y le dijeron que los objetivos serían soldados y marineros, nunca mujeres y niños. Y así fue como Truman lo reflejó en sus diarios. Una vez cometida la matanza indiscriminada, Truman y la gente de las posteriores administraciones diseñaron las medidas para que la decisión del ataque no estuviera en manos de los mandos militares, sino de la máxima autoridad del país, con los problemas que eso también conllevaba. El resultado es que hoy en día, si el presidente decide que va a poner en marcha un ataque, ni siquiera sus más directos colaboradores podrían impedirlo.

“Si el Secretario de Defensa le dice al presidente que se lo piense, ¿podría hacer algo?”, preguntan en Radiolab a William J. Perry, quien ocupó este cargo con Bill Clinton entre 1994 y 1997. “Si me llama y le digo ‘señor presidente, sería un error muy grave, no lo haga’, él podría aceptar o no mi consejo”, explica Perry en el programa. Pero en cualquier caso, admite, el presidente “podría llamar directamente al mando aéreo estratégico y ordenar el lanzamiento, y ellos responderán a sus órdenes”. Por supuesto, el procedimiento para activar un ataque nuclear es algo más complejo y no consiste en darle simplemente a un botón. Hay una serie de pasos en el protocolo, algunos de los cuales se mantienen en secreto, como la verificación de la identidad del presidente, y existen mecanismos en caso de que este muera o resulte incapacitado. Pero el máximo mandatario de la nación viaja acompañado a todas partes de un militar que lleva consigo el famoso “balón nuclear”, el maletín que guarda las claves y con el que se puede poner en marcha un ataque en cualquier momento.


La llegada de un personaje como Donald Trump a la presidencia ha resucitado el debate sobre la seguridad nuclear y desde algunos medios, como The Washington Post, se ha sugerido la posibilidad de revisar este sistema heredado de la Guerra Fría que pone todo el poder en una sola persona. En el pasado se registraron en el Congreso algunas propuestas para limitar, al menos, la posibilidad de que el presidente iniciara un ataque nuclear de manera unilateral, pero nunca prosperaron.

Parte de la opinión pública mundial contempla con inquietud cómo un mandatario que se deja llevar por impulsos irracionales y que es capaz de tuitear amenazas a medios de comunicación o quedarse dormido en mitad de un tuit, tenga las claves para poner en marcha más de 5.000 cabezas nucleares y desatar una guerra de destrucción total a escala planetaria. El pasado mes de febrero, por ejemplo, Trump llevó a su equipo y al primer ministro japonés a su club privado Mar-a-Lago, en Florida, y mantuvo discusiones sobre el asunto de Corea del Norte delante de todos sus invitados. Esa misma noche, el oficial a cargo del maletín se hizo una foto con un antiguo colaborador y la subieron a Facebook como si fueran un par de adolescentes que salen de juerga con los amigos.

Con Trump o sin Trump, la cuestión que planteaba Hering en los 70 sigue de plena actualidad. Dejar todo el poder a una sola persona es bastante problemático desde el punto de vista de la seguridad y muy arriesgado. En la mente de todos está la decisión del piloto de Germanwings en marzo de 2015 de encerrarse en la cabina del avión y estrellar la aeronave contra los Alpes con 150 personas a bordo. O los tipos que de la noche a la mañana deciden arremeter con un camión contra la multitud en nombre de cualquier idea loca. Como dice Wellerstein, incluso los presidentes racionales tienen días malos, y gente muy dotada sucumbe a los efectos de una enfermedad mental o la adicción a alguna sustancia. Y añade: si no quieres que un presidente loco tenga armas nucleares, “no le pongas una en su despacho”. ¿Imaginan que ‘covfefe’ eran los códigos del maletín nuclear y Trump los estaba tuiteando en sueños?


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