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Antonio Martínez Ron

Opinión

La máquina trituradora de argumentos

Hasta quienes presumimos de racionales y sosegados hemos caído alguna vez en la tentación de usar el comodín del etiquetado simplón para no tener que desarrollar nuestro discurso.

La máquina trituradora de argumentos
La máquina trituradora de argumentos

Cuando teníamos nueve o diez años, y aún estábamos en el colegio, había un método infalible para ganar las discusiones. Bastaba inventarse un mote ingenioso o hiriente para los otros chavales, como “cuatro ojos” o “cara huevo", y sacarlo en el momento oportuno, cuando alguien quería imponer su criterio frente al tuyo. “Tú cállate, cara huevo”, decías tú (o te decían), y el público se ponía a favor del insultador entre carcajadas, porque obviamente “cara huevo" había quedado desarmado por aquel despliegue dialéctico.

Se libra en las redes una lucha épica entre “milennials” y “pollaviejas”

Aunque nos parezca lejano y grosero, esta estrategia que hoy consideramos acoso sigue formando parte de nuestra vida adulta y aparece en muchas de las discusiones que mantenemos en público. Las etiquetas ya no son tan burdas ni un mero insulto físico, pero son igual de efectivas para silenciar al rival sin haber dado el más mínimo argumento. Así, por ejemplo, a uno le pueden despachar en redes sociales con un “cuñao”, “machirulo”, “feminazi” o “mermao” sin necesidad de dar más explicaciones y con la certidumbre de que la afición local aplaudirá enfervorizada. Algunas de estas palabras parecen gozar de un poder sobrenatural, como si al pronunciarlas bajara el cociente intelectual del contrario y lo convirtiera súbitamente en un “monguer”. Y si el contrincante te manda “besis” al final del mensaje es posible que estés una semana sin levantar cabeza.

Esta guerra de etiquetas es incluso generacional. En los últimos tiempos se libra en las redes una lucha épica entre “milennials” y “pollaviejas”, parecida a la que hubo en el pasado entre “progres” y “fachas”, pero mucho más rica en matices y con subgrupos de “cipotudos” y “chicos jotdown’ que acuden entusiastas a la gran batalla final como elfos y enanos. En este etiquetado navajero se meten incluso profesionales respetables, contagiados por el entusiasmo de la muchachada. Hace unos días, una veterana periodista hablaba sin pudor en las redes del “periodismo letizio” para referirse a los informadores más conservadores, en una escaramuza más propia de Jiménez Losantos, que castigaba diariamente a sus adversarios con apelativos como “Carcalejos" o “Maricomplejines”.

“La cuñadez es bilateral y siempre hay un cuñado en cada extremo”

Hasta quienes presumimos de racionales y sosegados hemos caído alguna vez en la tentación de usar el comodín del etiquetado simplón para no tener que desarrollar nuestro discurso. Hace algún tiempo cuajó la palabra “magufo” para referirse a aquellos que defienden explicaciones mágicas del mundo y creen en los fantasmas o los ovnis. Como desahogo gratificante e inmediato no está mal, pero nos coloca a quienes lo usamos a nivel de patio de colegio y arroja cualquier posibilidad de discusión a la trituradora de argumentos. Llamar a alguien “magufo” no le da a uno la razón, ni tampoco lo hace llamarle “feminazi” o “machirulo”. La próxima vez que le apetezca llamar a alguien “cuñao", recuerde que la cuñadez es bilateral y simétrica: siempre hay un cuñado en cada extremo.


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