Neurociencia

“La ciencia y el delirio tienen el mismo combustible"

El neurocientífico argentino Mariano Sigman
El neurocientífico argentino Mariano Sigman Antonio Martínez Ron

Mariano Sigman entiende la neurociencia como “una manera de comprender a los otros y a uno mismo”. Durante los últimos 20 años, este neurocientífico argentino ha trabajado en los más prestigiosos centros de investigación y ha centrado su interés en comprender - y explicar - qué sucede en ese lugar íntimo donde se forman nuestros pensamientos, anhelos y fantasías. Su libro “La vida secreta de la mente” es un éxito internacional de ventas y una manera de acercar dos campos que en ocasiones han sido injustamente separados, como la psicología y la neurociencia. Charlamos con él en Madrid, en una calurosa tarde de junio.

Pasamos el día soñando despiertos, ¿vamos por la vida con una especie de piloto automático?

En cierta manera sí, aunque el sueño despierto es consciente. Mientras lees un libro, por ejemplo, se ve claro. Hay momentos en que claramente estás en la lectura y otros en que tus ojos siguen la línea pero tu pensamiento está volando en otra parte. Mientras ves una película o hablas con alguien también hay inserciones de tu propio pensamiento. La consciencia es una especie de relato del mundo externo y que todos estamos haciendo composiciones propias, aún estando despiertos. Son muy pocos los momentos en que la conciencia tiene el foco en el mundo exterior de manera pura.

¿Y eso se relaciona con la felicidad?

Hay un estudio de Daniel Gilbert, que diseñó una aplicación para preguntar a la gente qué estaba haciendo y cómo se sentía, y eso le dio muchos datos para asociar estados con niveles de felicidad. Lo que vio es que la gente es más feliz cuando está jugando o cuando tiene sexo que cuando está haciendo un trabajo que no le gusta. Eso no era interesante, porque es obvio, lo interesante venía cuando les preguntaba dónde estaba el foco de la conciencia en aquel momento. Lo que vio es que cuando la gente reportaba que tenía pensamientos internos, fueran malos o neutros, se sentían peor o menos felices. Eso es una idea que es bonita pero aún le faltan muchos datos para estar anclada, que los pensamientos internos tienen un coste: en promedio nos hacen sentir peor. Si uno tiene una vida más anclada al mundo externo, esa vida se registra como más feliz.

Cuando tenemos pensamientos internos, en promedio, la gente se siente peor o menos feliz”

¿Tiene algún sentido biológico o evolutivo? A lo mejor no estábamos hechos para ser tan introspectivos…

Bueno, puede ser. Estas explicaciones evolutivas tienen siempre tienen algo de fábula, pero es una fábula interesante. Es verdad que necesitamos agua, comida, sexo… y tenemos una presión biológica para relacionarnos con el mundo externo, lo cual hace que si solo pudiésemos confabular internamente dejaríamos de comer y moriríamos. Tiene sentido que tengamos un vínculo fuente con el mundo externo.

¿Por eso la gente más sencilla, o que vive más pegada a la naturaleza, parecen ser más felices?

Puede ser, pero es muy difícil medir la felicidad. En Estados Unidos por ejemplo, hay muchos estudios que demuestran que los republicanos son más felices que los demócratas y la idea es que son más sencillos, tienen menos remordimientos y le dan menos vueltas, mientras que el demócrata está todo el rato preguntándose si lo que hizo está bien, a quién le puede afectar y vive en esa psicosis que moldea su felicidad. Pero en otro estudio con cientos de fotos se veía que los demócratas sonríen más en general. Lo que quiero decir es que depende de cómo lo midas, si les preguntas a ellos o miras las sonrisas, los resultados son diferentes. El premio Nobel de Economía Daniel Kahneman habla de la felicidad hedónica, la de comer helado, tener sexo o jugar al mus con tus amigos, y la felicidad existencial, que tiene que ver con tu mirada retrospectiva de tu propia existencia, la felicidad que buscas, la felicidad del pasado.

El sentimiento de estar realizado…

Tiene que ver con que tratas de reconstruirte, el registro que tenemos de nuestra existencia es un registro del pasado. Kahneman tiene experimentos muy bonitos: si le preguntas a alguien a qué lugar del mundo se iría de vacaciones y le dejas pensar un rato y luego le dices: ahora imagínate lo mismo pero si no quedara registro y nadie supiera que vas allí y no hubiera ninguna foto, ¿irías al mismo lugar o no? La diferencia es que cuando piensas en un lugar no solo piensas en tu experiencia en ese lugar, sino en las fotos que te vas traer, lo que le vas a contar a tus amigos… Lo que estás haciendo no es construirte un buen presente, sino construirte un buen pasado. Esto da una idea de lo complicada que es la ensalada de la felicidad. El estudio de Gilbert muestra que cuando pensamos hacia dentro nos sentimos peor en promedio, pero tiene muchas salvedades, porque cuando pensamos hacia dentro nos convertimos más acordes en lo que queremos ser. Y la lectura de que basta conectar con el mundo externo para ser feliz no vale, no hay una felicidad tan sencilla como esa.

Nuestro cerebro está todo el rato editando y fragmentando nuestra propia historia, igual que en el cine”

En general hemos prestado demasiado atención a la parte consciente y racional, pero es la punta del iceberg, ¿no?

Es verdad que hay pocos momentos en que estemos enfocados y cuando eres consciente del mundo externo en realidad eres consciente de una parte mucho más pequeña de la que crees. Si cierras los ojos y te preguntan qué estabas viendo, resulta que registras menos del dos por ciento de la realidad. Esto sucede todo el tiempo en la memoria. La conciencia es mucho menos densa de lo que creemos, y tiene sentido porque el contrario a eso lo reflejaba muy bien Borges en “Funes el memorioso” y sería insufrible. La mayoría de historias que conocemos no suceden en tiempo real, y nuestra propia historia estamos todo el rato editando, fragmentando e interpolando, igual que en el cine. Si al final del día tratas de recontar lo que has hecho, ¿de qué te acuerdas?

Argumenta usted contra el concepto de tabula rasa, ¿qué parte de lo que pensamos viene de serie?

Eso costó mucho aceptarlo porque es muy poco intuitivo. La ciencia a veces tiene que derribar intuiciones, el mundo no es plano ni estamos en el centro del universo. También parecería que un bebé cuando nace no sabe nada, pero hoy sabemos que el cerebro viene con un sistema operativo que restringe las cosas que le puedes instalar. No venimos de cero, traemos algunos programas que interpretan cosas y eso condiciona nuestra existencia.

Uno sería el lenguaje, ¿no?

El lenguaje es uno y es una idea de Chomsky, al que muchos colegas le critican hoy día, pero que cumplió con su rol y tuvo la virtud de darle muy fuerte al ‘innatismo', a la idea de que venimos sin nada. Pregúntate, por ejemplo, ¿cómo puede ser que a nosotros que nos cuesta tanto aprender tantas cosas, se nos dé tan bien adquirir el lenguaje? Parece increíble que un bebé que no sabe lo que es un triángulo, ni apenas coordinar las manos, aprenda algo tan difícil como el lenguaje. La idea de Chomsky es que eso casi ya estaba ahí.

También resulta que hay cosas que creemos universales o innatas y son culturales.

Sí, los aimaras por ejemplo, señalan hacia atrás cuando piensan el futuro y hacia delante el pasado, al contrario que nosotros, pero tenemos en común con ellos que pensamos en el tiempo y el espacio. Casi todas las culturas representan los números pequeños a la izquierda y los grandes a la derecha, hasta el punto de que cuando piensas en un número alto mueves un poco los ojos hacia ese lado. Pero hay culturas que lo representan hacia el otro lado. Lo que es común es que pensamos los números en el espacio, y eso tiene que ver con que hay estructuras en la corteza parietal que lo hacen posible. Como si el cerebro tuviera distintas estructuras geométricas, líneas donde codifica el espacio, el tiempo, como si hubiera distintos casilleros.

Hay mucha estafa por ahí y mucha gente que le pone el disfraz de la neurociencia a cosas que no lo son”

¿Cómo nos puede ayudar la neurociencia para la enseñanza?

En primer lugar siendo seria. Porque hay mucha estafa por ahí y mucha gente que le pone el disfraz de la neurociencia a cosas que no lo son. Para ayudar en la enseñanza debemos actuar con humildad y recordar que no va a dar soluciones inmediatas, ni milagros, pero que puede ayudar.

En concreto, ¿qué podemos mejorar del aprendizaje?

El ejemplo más famoso de todos es el entender los ritmos circadianos. Los adolescentes, por su propia regulación hormonal, cambian el ritmo interno y se vuelven más búhos y menos alondras. Esto quiere decir que una adolescente a las 8 de la mañana en general está dormido. Imagina que le levantas y le pones a hacer raíces cuadradas. La solución ideal es ver qué pasa si empezamos las clases una hora más tarde y tratamos de que la educación se adecue al ritmo biológico de aquellos a quienes estamos educando. Se hizo en Minnesota y dio unos resultados increíblemente buenos, los chicos rinden más, se deprimen menos… Muchos directores te dirán que no se puede llevar al niño más tarde porque los padres deben ir a trabajar. Muy bien. ¿Por qué no tienen el recreo a primera hora o los pones a hacer ejercicio físico para que despierten? Muchos profesores piensan que lo mejor es poner lo difícil por la mañana porque están frescos como una lechuga, pero aquí la ciencia nos puede ayudar a entender que están dormidos y tratar de despertarlos.

¿Cómo es eso del que más atiende, menos aprende?

Puede sonar confuso, pero me explico. Imagina que le das un texto a diez mil chicos y luego haces ejercicios de comprensión y tratas de medir un montón de cosas para saber qué ha hecho que la mayoría de los chicos hayan entendido el texto o no. Hay muchos factores, pero el más importante es cuánto conocía el chico sobre ese tema, dónde estaba parado. Imagina una clase sobre historia, sobre los griegos. Si nunca escuchó hablar de ellos y te hablan de un rey y una disputa sobre un río y que otro rey lo atacó… Cuando tú le cuentas esa historia pero le dices que el rey era Parsimínides, el que nunca escuchó esa palabra se queda colgado ahí y no sigue más. En cambio, el que ya sabe que hay palabras que no significan nada o que las tiene que ignorar, lo comprende mejor. El primero está haciendo muchísimo esfuerzo por traducir una palabra difícil, por adquirir algo que no forma parte de su léxico. La paradoja es que estaba atendiendo muchísimo más que los otros.

¿El truco para aprender es llevar el concepto a zonas más profundas y pensar menos en ello a nivel consciente?

Eso lo saben casi todos los maestros de música. Yo estudio guitarra y mi maestro me dijo “tienes que pensar para no pensar”, tienes que repetir muchísimo, tirar muchas veces a canasta o tocar muchas veces la guitarra para que esa secuencia salga sola y no piensas más en ello. Pero para que eso se haya vuelto una palabra de tu léxico tienes que haber trabajado muchísimo.

Por eso el concepto de “talento” es casi siempre un mito, ¿no?

Es verdad que hay cierta gente que tiene ciertas predisposiciones, el más alto es mejor en general para el basket, por ejemplo, o Michael Phelps trabajó muchísimo pero también tiene unos pies grandísimos. El cerebro viene con un software y algunos están más afinados para la sensibilidad musical, el pensamiento abstracto, el lenguaje… Existe la condición, pero seguramente tiene mucho menos peso del que nosotros suponemos. Nosotros hicimos una aplicación que se llama Moravec, por la famosa paradoja, porque nos interesaba mucho el aprendizaje de la aritmética. Con este programa logramos lo que nadie, cientos de chicos haciendo cálculos y cálculos solo por el placer de hacerlos. Llegamos a un montón de gente que hoy puede hacer lo que parecía una virtud de un genio, pero eso no no te convierte en un genio, solo en alguien que tiene una habilidad que en este caso es algo que tiene pertinencia escolar. Ahora estamos en otro lugar de la educación, que es entender el circuito de la motivación.

Nosotros creemos que es mejor aprender primero la tabla del 2, luego la del 7 y así”

Y lo que se ve es que cuando alguien se emociona, y su cerebro genera dopamina, aprende mucho más rápido…

En general sí, es como que la dopamina es promiscua, si te emocionas por algo, retienes más. Igual pasa con la memoria. Si te pasa algo emotivamente muy fuerte, como el gol de Iniesta en el Mundial, casi todo el mundo se acuerda de dónde estaba, se te queda grabado. Si tienes un extra de dopamina por lo que fuese, eso cataliza el proceso de aprendizaje en ese momento. Pero no puedes estar así todo el tiempo. El gol de Iniesta te acuerdas porque fue uno, si España hubiera ganado 17 mundiales ya no te acordarías. ¿Por qué funciona Moravec? Porque sabemos cómo funciona el ciclo de la motivación y es que la dificultad no puede ser monotónica. La dopamina no tiene que ver tanto con el placer sino con la incertidumbre con aquello que vamos a encontrarnos. Así funciona también Candy Crush, tiene niveles muy difíciles y luego tres seguidos muy fáciles. En la educación no se hace así, primero te enseñan la tabla del 2 y luego la del 3. Nosotros creemos que es mejor aprender primero la del 2, luego la del 7 y así. Tiene que ver con el asombro, las rampas de gratitud… Es como el tour de Francia: tienes una subida, luego una bajada larga y te sientes bien. No es una intuición, tenemos ciencia que demuestra esto, se puede incorporar al ciclo escolar.

Dice usted que “enseñar es aprender dos veces” y que la capacidad de enseñar es innata.

Sí, porque antes de nada está la necesidad de comunicar. Las cosas tienen sentido cuando se las cuentas al otro y eso pareciera ser algo instintivo, que nunca nos lo enseñaron, sino que forma parte de nosotros. Un niño cuando hace algo le cuenta al padre o a la madre ‘mira lo que he hecho’. A mí me gusta pensar que esta necesidad de compartir conocimiento nos define como especie, eso ha sido una enorme virtud porque en esa pulsión que uno lo hace por compartir, el otro de golpe tiene conocimiento que no tenía y ese es el principio de la pedagogía. Como especie, esa necesidad de contar cosas es la semilla que ha hecho que el conocimiento funcione como un virus, mucho antes de las redes sociales. En el momento en que un pregonero escuchaba algo y se lo podía contar a otro, hacía que la cultura funcionase como algo catalítico y el saber se propagase.

La necesidad de compartir conocimiento nos define como especie”

Pero a la vez tenemos algo de serie, que son los sesgos cognitivos y que también están contagiando peligrosamente el conocimiento “averiado”.

Claro, porque otra cosa compulsiva del ser humano es que somos creadores de teorías o constructores de historias. Uno no registra los hechos, sino su propia reconstrucción de los hechos. Los chicos forjan teorías desde muy pequeños sobre el porqué de las cosas. Y esas inferencias, ese ir mas allá de los datos, eso es la virtud y el karma del ser humano. Así somos. Eso ha hecho que tengamos una teoría de la relatividad, que entendamos las relaciones humanas… y también hace que construyamos fanatismos sin sentido, que pensemos que las vacunas producen autismo. Ese mismo mecanismo por el cual con pocos datos construimos una historia ha sido combustible para la ciencia y también para el delirio.

¿Y qué hacemos para combatir el fanatismo? ¿Tiene alguna receta?

Bueno, no lo sé, pero es un tema que he pensado. Lo primero es entender que los científicos también son seres humanos. En el ejemplo de las vacunas, hay altísima evidencia que muestra que vacunarse es mucho mejor que no vacunarse. Pero mucha gente que piensa eso, muchos de mis amigos defensores de las vacunas, no sabrían argumentarlo y piensan que ellos no tienen sesgos, cuando ellos también tienen un pensamiento tribal, también confían en un sistema que tiene mucho de meritocracia pero que también ha cometido muchos errores. Sin una opinión informada, también estás cometiendo un error igual que el otro, solo que lo cometes desde un lugar en que te sientes mucho más valorado. En psicología hay mucha evidencia de que la gente que hace ciencia se hace más tribal que la gente que no hace ciencia.

Las encuestas también dicen que hay más gente con estudios que cree en la homeopatía.

Eso es distinto, es un esnobismo por gente que tiene la salud resuelta y puede darse el lujo de tomar cualquier cosa. Para mí es muy importante entender que es una discusión entre seres humanos y no entre iluminados y oscurantistas. En ese sentido yo soy mucho mas conciliador que gente como Richard Dawkins. Hay muchas razones para entender por qué la gente es antivacunas. La primera es que hay muchas asimetrías, el riesgo de que un niño se muera porque le des una vacuna no es el mismo que el de no dársela. En moral y en ley no es lo mismo hacer algo para que muera una persona que no hacer nada para que se muera esa persona. Cuando hay que poner la vacuna, es muy distinto. Si se murió por el sarampión fue la naturaleza, pero si se muere por la vacuna es culpa tuya. No digo que sea así, pero ese es el mecanismo mental que se produce. Hay que entender que eso existe y que es un sentimiento humano. Nadie está libre de pecado y deberíamos utilizar la comprensión más que la agresión arrogante, ese sería para mí el camino más razonable.


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