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Antonio Martínez Ron

OPINIÓN

Nuestros cerebros no crecerán en macetas

Una reflexión sobre la falacia de la mente sin cuerpo.

Vivimos enclaustrados en nuestro cerebro. Pasamos buena parte del día conectados a un universo virtual al que accedemos a través de diferentes pantallas y en los que la acción transcurre en el plano de las palabras y el intercambio de ideas e imágenes. Universos en los que el cuerpo se convierte en un adminículo irrelevante, un colgajo molesto que recuperamos temporalmente cuando vamos al gimnasio o sacamos a pasear al perro. Y el desarrollo de tecnologías de realidad virtual y aumentada hace pensar en que el proceso de progresiva “mentalización” de nuestras vidas irá a más en detrimento de las actividades desarrolladas con el resto nuestra anatomía.

Este escenario cotidiano puede inducirnos la sensación engañosa de que la mente es algo diferente y separado del cuerpo. La idea, heredada del dualismo histórico y fijada por René Descartes, consiste en pensar que la mente es un software que uno puede trasplantar y que la parte material es un accesorio. “Hay una gran diferencia entre mente y cuerpo”, escribió el filósofo francés en el siglo XVII, “en tanto que el cuerpo es siempre divisible por naturaleza, y la mente es enteramente indivisible, la mente o alma de un hombre es enteramente diferente del cuerpo”. Pero este paradigma ha sido derribado hace tiempo por la neurociencia. De hecho, cuando divides el cuerpo de una persona - con una amputación, por ejemplo - se producen transformaciones en su mente y en la integración somatosensorial de su cerebro que en ocasiones tienen resultados dramáticos.

Pensamos que para la construcción de la experiencia consciente basta plantar un encéfalo en un cuerpo

Un buen ejemplo de este sesgo es el intento del neurocirujano italiano Sergio Canavero de trasplantar una cabeza - o mejor dicho, de ponerle un cuerpo nuevo a la cabeza de un paciente enfermo. Más allá del debate sobre si existen los medios técnicos para hacer algo así (que no), damos por hecho que el traslado de la cabeza a un nuevo cuerpo la persona conservará su mente en su integridad sin mayor problema. Pensamos que para la construcción del la experiencia consciente basta colocar un encéfalo en un nuevo cuerpo, como si fuera una maceta, para que arraigue y siga creciendo. Pero si perder un brazo o una pierna ya supone una experiencia traumática, imaginemos lo que puede suponer fisiológica y mentalmente el hecho de intercambiar un cuerpo entero. Algunos investigadores ya han advertido de que en una prueba de este tipo el esquema y la imagen corporal de la persona son esenciales para su identidad- como se ha visto en trasplantes de mano o cara - y que, incluso si saliera bien, la persona tendría problemas psicológicos gravísimos o incluso fatales.

Algo aún más exagerado sucede con el sueño de poder trasplantar algún día nuestra mente a un soporte informático mediante la reproducción de sus contenidos y su mapa de conexiones. Como recordaba hace unos días el profesor Jesús Zamora Bonilla en Mapping Ignorance, “es un hecho que la actividad mental de un cerebro vivo depende de una interacción continua entre el cerebro, el organismo completo y su ambiente”. ¿Qué clase de ‘yo’ sería ese ente incorpóreo basado exclusivamente en unos y ceros? “Muchos científicos”, recuerda, “defienden incluso que los estados mentales y las capacidades de todos los animales no solo dependen de lo que está sucediendo en sus cerebros, sino también en las peculiaridades de sus cuerpos y el ambiente en el que han evolucionado juntos durante millones de años: la mente está ‘corporeizada’ y ‘extendida’”.

Esta hipótesis viene siendo defendida desde hace tiempo por neurocientíficos, psicólogos y hasta lingüistas que plantean la existencia de una “cognición corporeizada” (embodied cognition), es decir, que el cuerpo condiciona en buena manera la construcción de la mente y somos lo que somos por esta parte material y este intercambio integral de señales de nuestro sistema nervioso. De acuerdo con esta teoría, "pensamos" con las manos, con el torso, con los ojos y hasta con los pies, y el origen de buena parte de nuestras estructuras mentales es generado por estas interacciones.

'Pensamos' con las manos, con el torso, con los ojos y hasta con los pies

Un posible ejemplo de cognición distribuida y extendida es el sistema nervioso de los cefalópodos, y en concreto el de los pulpos. El filósofo de Harvard Peter Godfrey-Smith, que ha estudiado meticulosamente su comportamiento, cree que representan una forma diferente de inteligencia con una peculiaridad: más de la mitad de sus 500 millones de neuronas se encuentran fuera del cerebro, en unos núcleos situados en los tentáculos que han dado pie a la expresión popular de que “los pulpos tienen nueve cerebros”. Y asegura la prueba de que estos brazos parecen tener mentes individuales se manifiesta en algunas situaciones. Cuando un pulpo se encuentra en un tanque desconocido con comida en el medio, describe, algunos de sus tentáculos parecen acumularse en un rincón buscando refugio, mientras otros empujan al animal hacia la comida, como si cada uno buscara un objetivo ante una misma situación.

Sin llegar a este extremo, algunos experimentos en psicología han mostrado cómo las señales corporales condicionan nuestra mente. El más conocido es el estudio del psicólogo John Bargh en la Universidad de Yale, que probó que los juicios sobre un interlocutor variaban en función de si la persona sujetaba una taza de café caliente o fría. En otras pruebas se ha visto que al pensar en el futuro nos inclinamos hacia delante y al pensar en el pasado hacia atrás, o que asociamos lo blando a lo femenino y lo importante a lo pesado. El lingüista George Lakoff ha elaborado toda una teoría sobre como construimos nuestras metáforas para entender el mundo a partir de las experiencias corporales. Tanto, que concluye que nuestra cognición no está basada en leyes abstractas, sino que nace de nuestra experiencia corporal y esto afecta a las herramientas que hemos creado, incluidos el lenguaje y las matemáticas.

Son las áreas parietales, que coordinan cuerpo y ambiente, las que diferencian el cerebro de Homo sapiens

El psicólogo italiano Vittorio Gallese ha elaborado la teoría de la “simulación corporeizada”, según la cual nuestro cerebro es especialmente hábil creando una integración visuoespacial. Las neuronas motoras que controlan los movimientos, argumenta, se activan de forma anticipada mediante la mera observación de la acción, lo que podría haber sido especialmente útil en el aprendizaje de tareas como fabricar herramientas. Es por este motivo por el que las teorías sobre cognición corporeizada están siendo útiles para intentar comprender la evolución del cerebro humano. Según esta perspectiva, señala Emiliano Bruner, paleoneurobiólogo del CENIEH, el proceso cognitivo sería ampliamente dependiente de la experiencia del cuerpo y la integración habría sido clave en nuestro éxito evolutivo. No en vano, señala, son las áreas parietales superiores - que coordinan la relación espacial entre cuerpo, y ambiente - las que diferencian el cerebro de Homo sapiens de los homínidos que se quedaron por el camino.

“Estamos empezando a investigar estos temas en los laboratorios, descubriendo por ejemplo que nuestro cerebro interpreta de forma diferente un objeto que no está a nuestro alcance y un objeto que ya está al alcance de nuestros brazos”, escribe Bruner. “Y luego, si la mano además lo agarra, el cerebro incluye el objeto en los esquemas del cuerpo”. Esto ha llevado a algunos expertos como Colin McGinn a teorizar sobre cómo la capacidad de agarrar objetos moldeó nuestra mente y al psicólogo Guy Claxton a especular con la posibilidad de que “el cerebro sea el sirviente y no el maestro del cuerpo”.

Por contradictorio que parezca, y volviendo al principio de esta reflexión, la mejor forma de experimentar este proceso de integración entre cuerpo y mente es ponerse unas gafas de realidad virtual. En el Laboratorio de Ambientes Virtuales de la Universidad de Barcelona (EventLAB), Mel Slater y Mavi Sánchez-Vives investigan cómo se adapta nuestro cerebro a los entornos de realidad virtual diseñando programas de simulación inversivos y poniendo a prueba el comportamiento de los voluntarios. Lo primero que sorprende cuando uno se coloca el traje y las gafas para introducirse en el mundo virtual 3D es la facilidad que tiene nuestro cerebro para asumir inmediatamente - cuando hay una integración de dos sentidos como la vista y el tacto - que eso que estamos viendo es nuestro cuerpo. De esta forma uno puede asumir que está en el cuerpo de una persona de otra raza, de otro sexo o incluso mucho más grande en tamaño que uno mismo. Al cerebro, por ejemplo, le cuesta apenas unos segundos creer que sus brazos miden seis metros de longitud: basta con que lo esté viendo y sienta que sus dedos tocan el otro extremo de la habitación.

Pruebas con realidad virtual muestran que los cambios en la percepción corporal provocan cambios cognitivos

Pero si hay algo sorprendente en las investigaciones de este “laboratorio para probarse cuerpos” es que demuestran que los cambios en la percepción corporal provocan cambios cognitivos. En otras palabras, las personas se comportan de manera diferente y asumen prejuicios distintos en función de si se encuentran en el cuerpo de un negro, de una mujer o de un ejecutivo. A esta versatilidad de las personas para comportarse de distinta manera en escenarios virtuales en función de sus distintos avatares la han llamado “Efecto Proteo” en referencia al dios de la mitología griega que cambiaba de forma para que lo lo atraparan. Al demostrar que la inmersión en un cuerpo virtual puede conducir a variaciones de comportamiento y cambios cognitivos están avalando, de forma indirecta, que el cuerpo cambia la mente, lo que proyectamos y lo que pensamos.

A pesar de las pruebas, estas teorías sobre la cognición corpórea siguen siendo una hipótesis, con el aliciente de que contrarrestan la tendencia a colocar el encéfalo en el centro de todas las batallas. Este 'lobulofrontalismo' es tan pronunciado que lo manifestamos en nuestras expresiones cotidianas. Cuando alguien dice una tontería, por ejemplo, le decimos que use el cerebro, como si los pensamientos estúpidos se generaran en los riñones o la vesícula y no en la misma corteza cerebral que produce las ideas brillantes. Dentro de este enfoque más global sobre lo que significa el pensamiento consciente, hay quien plantea incluso que las bacterias del intestino estén condicionando la regulación de neurotransmisores y por tanto nuestro pensamiento. Quizá deberíamos pensar más en nosotros mismos como un todo, microorganismos incluidos, más que un robot con un duendecillo consciente a los mandos. Nuestro cuerpo configura nuestra mente y necesita andar, tocar y sentir para generar nuevas ideas. Conviene recordarlo cuando permanezcamos ocho horas abstraídos e inmóviles, sentados sobre el resto de nuestra acalambrada mente corpórea.  


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