Cultura

Cinco exposiciones que puede (y quizá debería) ver antes de que acabe el verano

La ciudad de Salamanca completa, y también los museos Reina Sofía, Prado, Guggenheim y Bellas Artes de Bilbao albergan exposiciones significativas. Todas comunican, incluso en sus fallos. 

Gran Elefantdret (2008), de Miquel Barceló, instalada en la Plaza Mayor.
Gran Elefantdret (2008), de Miquel Barceló, instalada en la Plaza Mayor.

Todavía están. Todavía puede verlas. No hacerlo sería una ocasión perdida. Son cinco exposiciones, cada una con un planteamiento y una naturaleza distinta; y podría decirse que, hasta en sus desaciertos -cuando los hay-, comunican. La primera ocupa una ciudad entera: El arca de Noé, de Miquel Barceló, en Salamanca. En ocasión del octavo centenario de la Universidad, el artista mallorquín elabora una bitácora con cinco estaciones que trazan, sobre el mapa original de Salamanca, otra cartografía que muta en cada obra. Pintura, escultura, acuarelas, conjuntos monumentales e instalaciones. Paquidermos que invaden espacios sobrios, cerillas apagadas en patios de piedra y toros que se pierden en el tiempo remoto que habitan y que Barceló entiende mejor que otros.  

La primera exposición ocupa una ciudad entera: El arca de Noé, de Miquel Barceló, en Salamanca.

La muestra comienza por la Sala de exposiciones de Patio de Escuelas, donde se presentan las obras más antiguas de la muestra: 26 acuarelas que forman parte de las ilustraciones que hizo para la Divina comedia, de Dante Alighieri, entre 2001 y 2003. Continúa en Hospedería Fonseca, donde se presenta un grupo de pinturas y obras sobre papel de gran formato, realizadas entre 2009 y 2016. Pinturas de fondos marinos, criaturas fantasmagóricas y pinturas que evocan el arte rupestre. En la Capilla del Colegio Arzobispo Fonseca se exhibe El Arca de Noé (2014), una pintura de 4 x 6 metros, de la serie de naturalezas muertas/paisajes.

Una de las naturalezas muertas de Barceló que se exhiben en Salamanca.
Una de las naturalezas muertas de Barceló que se exhiben en Salamanca.

La exposición se completa con varias esculturas monumentales realizadas entre 2008 y 2015, una en el patio del Palacio de Anaya y que escala la escultura del objeto como estropicio y obra descartada. Otra, Gran Elefantdret (2008), instalada en la Plaza Mayor, y que muestra un elefante que se sostiene apoyándose sólo en la trompa, como a punto de desplomarse. El recorrido culmina con 14 Allumettes (2015), una suerte de bosquecillo de cerillas usadas en el patio de Escuelas Menores. Hay transitoriedad, extrañamiento y belleza en el recorrido que propone Barceló. El conjunto de El arca de Noé puede verse hasta el 1 de octubre. El Ayuntamiento de la ciudad ha dispuesto visitas guiadas gratuitas. 

En Madrid, hasta el día 10 de septiembre, el Museo del Prado exhibe Visiones del mundo hispánico. Tesoros de la Hispanic Society of America, una muestra que recoge las colecciones de pintura, cartografía, tapices y objetos atesorados por la Hispanic Society, una institución centenaria fruto del empeño personal del filántropo e hispanista Archer Milton Huntington (1870-1955), apasionado y estudioso del arte hispánico, y que reunió importantes ejemplos de arte español, portugués y de América Latina, que se exhiben en esta muestra. 

El Prado exhibe desde los Libros de las horas hasta las orzas de farmacia para el real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, o el imponente Atlas Marítimo del siglo XVI

Con aproximadamente 200 obras, la exposición se articula en un recorrido cronológico y temático donde la pintura española, en evidente diálogo con las colecciones del Prado, adquiere particular relevancia. Predomina la mejor pintura española del siglo XIX y principios del XX, pero también una colección de objetos cuyo valor estético, histórico y político merecen una visita sosegada. Desde un Libro negro de las horas (manuscrito realizado hacia 1458), o un arcón mudéjar del siglo XVI hasta las orzas de farmacia para el real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, o el imponente Atlas Marítimo del siglo XVI.  El interés de Huntintong por la literatura en español lo llevó a crear una biblioteca con más 300.000 volúmenes y 1.500 publicaciones periódicas, incluyendo unos 150.000 manuscritos y libros raros anteriores a 1701, de los cuales 250 son incunables (impresos antes de 1500), por lo que los ejemplares que se exhiben, además de cartas y mapas, suponen uno de los puntos fuertes de la exposición.

Biblia hebrea Manuscrito iluminado sobre vitela, 28 x 17,8 cm España y Portugal, h. 1450-1496 Nueva York, The Hispanic Society of America.
Biblia hebrea Manuscrito iluminado sobre vitela, 28 x 17,8 cm España y Portugal, h. 1450-1496 Nueva York, The Hispanic Society of America.

En su afán por proporcionar al público americano una visión integral de la historia de España, Huntington concibió un museo con una cronología amplísima –desde la Edad del Cobre hasta los inicios del siglo XX-  y con un ambicioso alcance geográfico de su colección, al incluir América, Portugal y Filipinas. La muestra, que se divide en distintas secciones, destaca por sus capítulos dedicados al Siglo de Oro, el Fin del Antiguo régimen y Década Moderna, no sólo por la contundencia de las obras - tres lienzos de Velázquez, dos de ellos expresamente restaurados para la ocasión- sino por el relato que consigue poner en marcha la muestra al construir ese arco. Piezas como las tallas policromadas Las postrimerías del Hombre: La Muerte, Un alma en el Infierno, Un alma en el Purgatorio, Un alma en el Cielo (1775), realizadas en Quito, ponen de manifiesto la impronta de la religión católica sobre la propia idea de la muerte y la pudrición; la corrupción física y moral, representada en claves que sorprenden y sobrecogen.  

Hasta el 4 de septiembre, el Museo Reina Sofía exhibe Piedad y terror en Picasso. El camino a Guernica

Hasta el 4 de septiembre, el Museo Reina Sofía exhibePiedad y terror en Picasso. El camino a Guernica. La exposición procura ofrecer una mirada  de conjunto sobre el lienzo de Picasso, en ocasión de los 80 años que se cumplen desde que se expuso por primera vez al público en París y 25 desde su llegada a España. Partiendo de ese hecho, la muestra intenta no sólo abordar y profundizar la visión que proyectó Picasso sobre la guerra moderna, sino cómo la singular iconografía de agonía, perplejidad y horror que encierra, ya estaba presente en la obra del malagueño y cuya expresión se anticipa en un conjunto de piezas realizadas en los años posteriores a 1925, donde ya aparecen escenas de acción frenética y extática, tensión y violencia.  

Un detalle de la exhibición dedicada al Guernica, en el Museo reina Sofía.
Un detalle de la exhibición dedicada al Guernica, en el Museo reina Sofía.

La exposición comienza con las naturalezas muertas y los interiores de los años 1924 y 1925,  para dar paso a cómo Picasso abordó la monstruosidad y la violencia a finales de esa década y durante la siguiente, con sus terribles retratos e interiores realizados al comienzo de la Segunda Guerra. Dentro de ese recorrido, existen piezas que resuenan por sí solas en la naturaleza expansiva de Picasso, por ejemplo, Trois têtes de mouton (Tres cabezas de cordero), de 1939 y cuya línea temática con Goya afianza una cierta naturaleza ya de por sí brutal en la obra de Picasso. 

Existe sin embargo un capítulo que resalta y que arroja luz sobre el papel y el discurso del MoMa como la institución que alojó y custodió el Guernica. Algo en los materiales que se exhiben –folletos, piezas, material didáctico- transmiten la voluntad pedagógica y modélica de la que ya entonces estaba consolidada como institución de poder. Puede que ése sea, justamente, de los capítulos más interesantes de la muestra comisariada  por Timothy James Clark y Anne M. Wagner. Los viernes y sábados del mes de agosto, y los días 1 y 2 de septiembre, el museo ampliará el horario de la exposición Piedad y terror en Picasso hasta las 23:00 horas (la visita al museo es gratuita a partir de las 19:00).

También en el Reina Sofía, una exposición merece especial atención: la primera retrospectiva en España del grupo de artistas NSK (Neue Slowenische Kunst), el Nuevo Arte Esloveno

También el Reina Sofía, una exposición merece especial atención: NSK del Kapital al Capital. Neue Slowenische Kunst. Un hito de la década final de Yugoslavia, la primera retrospectiva en España del grupo de artistas NSK (Neue Slowenische Kunst) [Nuevo arte esloveno], que protagonizó una de las experiencias más significativas en la eclosión cultural de la Yugoslavia de los años ochenta del siglo XX, durante la Guerra Fría. NSK fue un colectivo que aglutinó a otras agrupaciones —Laibach, Irwin y Scipion Nasice Sisters Theatre/SNTS— que abordaban diversas disciplinas. Concibió una serie de departamentos —New Collectivism, The Department of Pure and Applied Philosophy, Retrovision, Film y Builders — que vertebraron la teoría y la práctica de arte como hecho político, a la manera de proyecto pero también remedo del sistema comunista. Y es tal la ambigüedad de su planteamiento, que queda una delgada línea en el que cabe la crítica demoledora. Diez años antes de la Perestroika, estos artistas emplearon y se basaron en los postulados de la Bauhaus y Fluxus como sus principales influencias. La muestra se podrá visitar hasta el 8 de enero en el edificio Sabatini.

Irwin 'Was ist Kunst' (1984).
Irwin 'Was ist Kunst' (1984).

Desde Madrid, la ruta se mueve hacia el norte. La empresaria y mecenas Alicia Koplowitz, quien jamás había expuesto su colección privada en España, ha elegido las salas del Museo de Bellas Artes de Bilbao para dar a conocer al público una parte del arte que ha atesorado durante 30 años. Tras exponerse esta primavera en el Museo Jaquemart-André de París, esta muestra aporta una selección de 90 piezas. Casi el doble de las obras que viajaron a Francia. Muchas de ellas se exhiben por primera vez. Desde escultura grecolatina hasta un Chillida que conversa con un De Kooning; o un móvil de ébano de Calder ante un retrato de mujer de Pablo Picasso. La exposición estará abierta al público hasta el 23 de octubre de 2017.

Alicia Koplowitz, quien jamás había expuesto su colección privada en España, ha elegido las salas del Museo de Bellas Artes de Bilbao para exhibirlas

En su conjunto, la muestra propone, en palabras de Miguel Zugaza, director del museo, un recorrido casi enciclopédico que ilustra no sólo una historia del arte occidental, sino una "historia del gusto". Tomando como punto de partida la escultura grecolatina, la Colección Alicia Koplowitz-Grupo Omega Capital pone de relieve un mayor interés en los siglos XVIII y XX. Temáticamente se aprecia una especial sensibilidad hacia la iconografía femenina, que abre la muestra con dos cabezas femeninas y una Afrodita de la Grecia Clásica fechadas en el siglo III antes de Cristo. El recorrido avanza, a partir de coincidencias y continuidades, hasta piezas realizadas en 2014 como el cuadro del alemán Anselm KieferLe dormeur do val (El durmiente del valle) o la pequeña araña de bronce de Louise Bourgeois que cierra la muestra. Entran en diálogo exponentes del arte español de los siglos XVI y XVII, la pintura de corte de Juan Pantoja Cruz  o las maternidades en clave religiosa de Luis de Morales y Francisco Zurbarán hasta el género del bodegón del siglo XVII.

Alicia Koplowitz exhibe su colección privada en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
Alicia Koplowitz exhibe su colección privada en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. EFE

Goya adquiere un protagonismo indiscutible con cuatro obras, que se exhiben junto a escenas de Lorenzo Tiepolo o la pintura de Manuel Camarón y Luis Paret y Alcázar. El siglo XIX está representado en un capítulo que reúne y propicia el diálogo entre Raimundo de Madrazo con los postimpresionistas Gauguin, Toulouse-Lautrec –del que se aporta un lienzo precioso, La lectora- y Van Gogh. Dentro de las primeras décadas de la vanguardia parisina y el expresionismo austríaco está el fauvista Kees van Dongen, junto con Egon Schiele y Amadeo Modigliani. El siglo XX es el que ocupa un espacio más contundente: 50 obras, de las cuales un tercio corresponde a artistas españoles.

También en Bilbao, en ocasión del vigésimo aniversario de la institución, el Museo Guggenheim Bilbao dedica una retrospectiva del que, sin duda, es uno de los videoartistas fundamentales del siglo XX: Bill Viola. La exposición reúne  27 obras. Desde Cuatro estaciones, creada en sus inicios en 1976, hasta Nacimiento invertido, de 2014. El recorrido intenta reflejar desde la evolución técnica –del monocanal al multicanal en alta definición- hasta los cambios en el perfeccionamiento de su estética. El espacio, presidido por proyecciones sobrecogedoras cuyo principal atributo es la lentitud, resulta sin embargo problemático.

El Guggenheim de BIlbao acoge una retrospectiva de Bill Viola.
El Guggenheim de BIlbao acoge una retrospectiva de Bill Viola. EFE

El gran número de visitantes, la congestión de las salas e incluso la propia dinámica masiva del museo interrumpe y fragmenta la experiencia estética Viola. Las piezas de pequeño y mediano formato que comenzó a producir a partir del año 2000, Las Pasiones, proponen un estudio en torno a las emociones a cámara lenta, como Rendición (Surrender), o que muestran el paso del tiempo y de las generaciones, como La habitación de Catalina (Catherine’s Room) y Cuatro manos (Four Hands). El recogimiento y la lentitud que exigen las obras difícilmente consiguen imponerse a la multitud de visitantes, que pocas veces consiguen completar el tiempo que exige una instalación completa de Viola. 

A juzgar por el paseo errático de muchos espectadores, la lentitud de Bill Viola parece incompatible. Como si ya no nos dijese nada.

A estas obras íntimas le siguen instalaciones monumentales como Avanzando cada día (Going Forth By Day, 2002), en la que cinco grandes proyecciones murales que comparten un espacio común invitan a los espectadores a indagar en sus vidas y en la existencia humana. Es ahí, entre la naturaleza discursiva de Bill Viola y la propia experiencia del Guggenheim, donde se atasca e incluso se entorpece el efecto sobrecogedor de la obra de Bill Viola. El asunto, en principio, no obedece al espacio -que se ajusta, con diferencia a la dimensión de las piezas-, ni siquiera al planteamiento de fondo de la exposición. A juzgar por el paseo errático de muchos espectadores, la lentitud de Bill Viola parece incompatible. Como si ya no nos dijese nada. A pesar de eso, el reencuentro con su textura analógica, con su misticismo audiovisual, pone en perspectiva. A su manera, escala. Nos escala en ese empeño de teléfono móvil y soledad. 


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