Cultura

Los 80 años de Woody Allen: elogio del hombre que intentó acabar de una vez por todas con la cultura

Él tiene el aspecto exacto de aquello de lo que más se burla: el judío neoyorkino. Delgado, neurótico, obsesivo...  Al menos esa es la imagen suya que él nos ha vendido y nosotros, rendidos, hemos comprado.

Una imagen de la película 'The the money and run'
Una imagen de la película 'The the money and run'

Enclenque hombrecillo de gruesas gafas de pasta; neurótico comediante que se mofa de su psiquiatra; judío que desarmó a los ortodoxos con sus ácidos chistes sobre los rabinos productores de cine; un Saul Bellow de mala maña y chiste rompe piernas; guionista, autor de teatro, director, escritor, clarinetista… Woody Allen (Brooklyn, 1935), cumple ochenta años este martes.

Su edad encierra casi un siglo de genialidad pura y dura, honesta como el acero de un yunque contra el que no para de estamparnos la cabeza mientras nos hace creer que sólo nos hace reír. Así ha sido a lo largo de sus más de 40 películas y en aquella joya, ese diamante tallado con ironía, mala baba e inteligencia: Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, un libro que reúne una serie de mordaces textos que fueron apareciendo por entregas en The New Yorker y que Tusquets publicó en castellano, como ha hecho con casi todos sus guiones desde 1981.  

Guionista, autor de teatro, director, escritor, clarinetista…  Woody Allen, cumple ochenta años este martes

En cada uno de los textos de ese compendio venenosoWoody Allen ironizó sobre las principales instituciones culturales: desde la filosofía y el psicoanálisis hasta los mecenas y los padrinos –la mafia, ¡ay!-. Puede que una de las más hilarantes sea Para acabar con las biografías, que dedica al Conde de sándwich, aunque para ser justo: no hay uno solo de esos brevísimos ensayos en el que deje títere con cabeza.

Woody Allen lo es todo: es Manhattan –él y su clarinete han acudido al Carlyle, en el Upper East Side, durante décadas-, pero también Londres –ese Támesis; aquel anillo de Match Point-, Roma, Barcelona o el París descabellado deEveryone says I love you. Es, sin duda, un personaje al que un homenaje con la lista de sus diez mejores películas le queda pequeño. Abajo las enumeraciones -siempre, pero en este caso mucho más-.

La carrera de Allen comenzó en los años 50 en los cabarets que luego plasmaría en Broadway Danny Rose (1985) y como escritor de chistes para otros cómicos. Había sido expulsado de la New York Universty cuando comenzó a colaborar como guionista y humorista en el programa de Johnny Carson o el Ed Sullivan Show. En 1969 rodó su primer largometraje como director, Toma el dinero y corre (1969), una historia de ladrones tragicómicos; unos hilarantes desgraciados. El filme le abrió las puertas en el mundo comercial.

Sería en los años setenta y ochenta cuando cogería la sartén por el mango. Annie Hall(1977), Manhattan(1979) y Hannah y sus hermanas(1986) fueron no sólo una carta de presentación, sino una trilogía autobiográfica –hoy mítica para entenderlo- en la que Allen se interpreta a sí mismo. “Dios mío, este infeliz es patético (…) Si yo tuviera valor para salir a contar mis chistes yo mismo”, dice el cómico Alvy Singer en Annie Hall, que le valió cuatro Oscar, entre ellas mejor película.

Había sido expulsado de la New York Universuty cuando comenzó a colaborar como guionista y humorista en el programa de Johnny Carson o el Ed Sullivan Show

Nueva York se convirtió entonces en la ciudad que prácticamente no abandonaría como escenario de sus películas hasta 2006, cuando comenzó su viaje europeo por Inglaterra, Francia y España, un largo y exitoso periplo del que volvió para rodar Blue Jasmine, donde Kate Blanchet da vida a la mujer de un financiero que hace una estafa descomunal, un trasunto del caso Bernard Madoff, claro.

Su cine, culto pero jamás pretencioso; disparatado y a la vez lúcido, se identifica gracias a los temas fetiche de Allen: las mujeres, las relaciones, las infidelidades, la muerte, la religión judía, el cine, el jazz, la magia, el psicoanálisis y el sexo. Amante del humor de los Hermanos Marx y de Bob Hope, y con una fuerte influencia de Ingmar Bergman y Federico Fellini, es dueño de una filmografía asombrosa. Con casi un estreno por año.

Su vida personal, siempre polémica, también ha sido atípica. Hasta para escandalizar ha sido díscolo. El Allen más joven acostumbraba a trabajar con sus parejas actrices: Diane Keaton, Mia Farrow, Louise Lasser... A comienzos de los noventa, dejó a Mia Farrow para casarse con Soon-Yi, una de las hijas adoptivas. Ocurrió en 1992. Le llevaba 35 años y el romance se había cocido en el fuego lento del hogar. El papel couché y el de periódico se escandalizaron por igual. Pero no fue la única vez. Apenas en 2014, otra de las hijas adoptivas de Woody Allen, Dylan Farrow, lo acusó de abusar de ella sexualmente cuando era una niña. Lo hizo en una carta abierta publicada en el blog del periodista del diario estadounidense The New York Times, Nicholas Kristof.

Enfant terrible siempre, a la Academia también le tocó. Cuando Annie Hall recibió el Oscar a la mejor película, él no acudió a recogerlo

Existe en Allen algo oscuro –incluido el humor- y a la vez genial. Su complejidad lo protege de lo previsible; lo engrandece y lo condena. Y sin embargo, el continúa como una especie de Rey Midas. Porque hay algo que lo caracteriza es el hecho de que aquello que toca lo convierte en oro: ciudades, personas, ideas… Con él, Diane Keaton ganó su primer Oscar en Annie Hall(1977); Dianne Wiest repitió dos veces con el Oscar a la mejor actriz secundaria en Hannah y sus hermanas (1987) y Balas sobre Broodway (1994); Mira Sorvino conquistó el único Oscar de su carrera como actriz secundaria en Poderosa Afrodita (1995) y Penélope Cruz ganó también la estatuilla como mejor actriz secundaria por su papel en Vicky, Cristina, Barcelona (2008), en la que compartía elenco con Javier Bardem y Scarlett Johansson.

Enfant terrible siempre, a la Academia también le tocó. Cuando Annie Hall recibió el Oscar a la mejor película, él no acudió a recogerlo. En su lugar fue Diane Keaton. Tenía que tocar el clarinete con su banda, dijo en una ocasión. Y de ahí en adelante, le cogió el gusto a dejar plantado al cónclave hollywoodense. Ochenta años, vividos hasta extraer la última gota de genialidad. Cómo acabar de una vez por todas con la cultura y conseguir engrandecerla todavía más...


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