Al dente

Lo que decía Azaña de la lealtad del nacionalismo catalán

Vuelta a los clásicos. En estos momentos de tribulación nacional nada mejor que leer y releer a aquellos que mucho antes debatieron sobre la cuestión catalana. Lo malo es que el esfuerzo lleva a la melancolía, porque ochenta años después poco o nada se ha avanzado. El famoso debate parlamentario de Manuel Azaña y de José Ortega y Gasset en el año 1932 tiene plena vigencia. Azaña era un catalanista convencido, sensible al sentimiento diferenciador de los catalanes, convencido, incluso, de su derecho a la autodeterminación. Al final, creía que con un estuto propio se conseguiría el apaciguamiento y así lo defendió ante un Ortega y Gasset escéptico que acuñó aquello de que España tenía "conllevar" el "problema catalán" porque solucionarlo era como encontrar, nada menos, la fórmula aritmética de la cuadratura del círculo.

Ante los que arguyen que esta es la peor de las situaciones para que Artur Mas coquetee con el independentismo y alimente ese discurso en las calles justo cuando España vive una de sus más graves crisis, no advierten que, precisamente por ello, este es el momento para que los nacionalistas den otra vuelta de tuerca. La debilidad del país es el caldo de cultivo propiciatorio del que se alimenta este movimiento. Es la máxima maoista del "cuanto peor, mejor".

Y es que no es nuevo. En 1934, durante la revolución de Asturias, Lluís Companys, presidente de la Generalitat y líder de ERC, proclamó nada menos que el estado catalán dentro de una república federal. Fue el primer toque de atención para una República cada vez más debilitada. Dos años después, en plena Guerra Civil, Manuel Azaña vivió el gran desencanto con Cataluña. En su obra "La velada en Benicarló" escrita en 1937 escupe las siguientes palabras: "un instinto de rapacidad egoísta se ha sublevado, agarrando lo que tenía a mano (...) en el fondo, provincianismo fatuo, ignorancia, frivolidad de la mente española, sin excluir en algunos casos doblez, codicia, deslealtad, cobarne altanería delante del Estado inerme, inconsciencia, traición (...) Mientras dicen privadamente que las cuestiones catalanistas han pasado a segundo término, que ahora nadie piensa en exaltar el catalanismo, la Generalidad asalta servicios y secuestra funciones del Estado, encaminándose a una separación de hecho".

No sería justo ignorar el papel fundamental que el nacionalismo catalán jugó en la Transición, plasmado en la actuación de figuras como Miguel Roca --uno de los padres de la Constitución-- o del que fuera presidente catalán durante 23 años, Jordi Pujol. Tampoco la estabilidad parlamentaria que ha venido asegurando a lo largo de los últimos años ante la ausencia de mayorías en el Congreso.

Lástima que esté a punto de tirar por la borda todo ese bagaje. ¿Qué escribiría ahora Azaña?.


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