Al dente

Un cuento de morosos y caraduras

Los habitantes de ese inmueble andaban desesperados con el vecino moroso del tercero. Llevaba seis meses sin pagar sus cuotas de la comunidad tras haber hecho oídos sordos a la onerosa derrama que tenían que afrontar para revocar la fachada, que caía a pedazos sobre la acera. El técnico del ayuntamiento no dejó lugar a dudas sobre la urgencia para acometer las obras. Ya se sabe, dijo, un edificio es como una persona, le salen cataratas y reuma conformen pasan los años, y ese era un inmueble antiguo de una ciudad antigua, estragado por el tiempo.

Pero con ser un problema no era el único ni el peor de los que generaba el vecino moroso y caradura del tercero. La viuda anciana del segundo tenía una gotera tornasolada en el techo de la cocina de la que colgaban unas estalactitas pétreas. Llevaba así cuatro meses, pero por más que protestaba no encontraba respuesta a sus requerimientos. Ya ni siquiera se molestaba en despacharla con buenas palabras. Cuándo la veía llegar simulaba estar muy ocupado en sus cosas, no se sabía muy bien cuáles, y no levantaba la mirada. Eso obligaba a la viuda anciana a hacer la comida en su cubículo de cuatro metros cuadrados con el temor constante de que parte del techo se precipitara sobre su cabeza. "¡Qué manera más absurda de morir!", pensaba a veces. Todo parecía conducir al desastre.

Aún había más cosas. Por las noches, los habitantes de ese inmueble antiguo de una ciudad antigua oían corretear roedores de arriba a abajo por la casa del vecino moroso y caradura del tercero. Se habían hecho fuertes en ella, tomado posesión, lo que era además un reclamo para todos los gatos del barrio que aprovechaban el patio trasero para intentar encaramarse sobre los alfeízares de las ventanas, muchas con los cristales rotos. Lo peor venía cuando las ratas decidían traspasar las fronteras del piso para pasear por los descansillos, escaleras y cuarto de contadores.

El grado de deterioro y de desidia llegó a tal punto que un día los habitantes del edificio no pudieron más. El vecino moroso y caradura del tercero tendría que pagar sus deudas y cumplir con su obligación de mantenimiento y cuidado del piso, que amenazaba ruina. No se levantarían de la silla hasta que les escuchara. No valdrían más pretextos. Y allá que se fueron. Cruzaron la calle y entraron en la entidad bancaria porque era el banco el vecino moroso y caradura que no pagaba las cuotas de la Comunidad ni cumplía con sus obligaciones de buena vecindad. El director de la sucursal les miró con ojos cansados. "Entiéndanlo, sean comprensivos, no podemos atender las necesidades de todos los pisos que hemos embargado", les repitió por enésima vez.


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