Al dente

Educación equitativa en mediocridad

Dentro del rosario de males que padece este país quizá el más sangrante sea el de la educación no sólo porque compromete nuestro presente, sino también nuestro futuro en un mundo cada vez más globalizado que compìte a cara de perro. Rechazo el argumento de que nuestros demoledores resultados educativos tienen su origen en el hecho de que hace poco más de cuatro décadas España tenía casi tres millones y medio de analfabetos, ya que, con ser verdad, no puede justificar la actual situación. Treinta y cinco años de democracia, de acceso universal a la educación, no deben cosechar un resultado tan magro salvo que estemos haciendo la administración, los profesores y los padres las cosas rematadamente mal. No nos lo podemos permitir, así de sencillo. 

Para colmo, los recortes no vienen a echar una mano, pero como ya escribí en este espacio hace unos meses, no todo parece que se reduzca a una cuestión económica sino también de planteamiento, de concepto, de exigencia, de mérito, de esfuerzo... de esas cosas que nos resultan a veces tan ingratas a nosotros mismos, a los padres, culpables de instalar muchas veces a a nuestros hijos en mundos imaginarios.

El pasado martes conocimos los resultados de las pruebas PIRLS y TIMSSS de la Asociación Internacional de Evaluación Educativa. Unas siglas endiabladas bajo las que se esconde un estudio de la educación infantil de los países de la OCDE. Nuestros niños, los de nueve años, están por debajo de la media en ciencias, a años luz en matemáticas y un poco mejor en lectura, ya que, aún estando por debajo de esa media de los 500 puntos, nos situamos por delante de Noruega, lo que no está mal, aunque a partir de ahí sólo están peor que nosotros Bélgica, Rumanía y Malta de los países de la Unión Europea.

Hay otro dato inquietante. España duplica el porcentaje de estudiantes rezagados pero, en cambio, no llega a la mitad en el porcentaje de alumnos excelentes. Sólo una cuestión nos invita a sacar pecho y, con ser buena, me genera una profunda inquietud. La escuela española es equitativa, no establece diferencias entre los estudiantes en función de su nivel sociocultural o económico, no deja por el camino a nadie, lo que es una exigencia básica de una sociedad que se dice democrática, añado yo. Faltaría más. Tampoco nos podemos permitir el lujo de desperdiciar capital humano en función de si su cuna es mejor o peor.

Pero sentado este principio, ahora viene lo inquietante:  ¿Se consigue esa equidad condicionando la educación de miles de buenos alumnos, vengan de familias acomodadas o no?, en definitiva, ¿nuestra educación es equitativa en la búsqueda de la excelencia o, por el contrario, consigue esa equidad a base de igualar por abajo, a base de ir sembrado mediocridad?


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