Al dente

¿Asistimos al fin del mito de Rato?

Génova mira con una mezcla de estupefacción e incredulidad lo acontecido en torno a Bankia en general y a Rodrigo Rato en particular. Es cierto que ya llevábamos meses oyendo el rumor, devenido en clamor, sobre las dificultades de esta entidad financiera y cómo, poco a poco, se iba estrechando el cerco en torno a una operación en la que han sido varias las manos que han mecido la cuna. Todo ello con la inestimable colaboración del ahora defenestrado. Pero sobre la narración de los acontecimientos no añadiré nada que no haya revelado ya mi director desde estas mismas páginas en su artículo "Desolado Rato: "mi partido me ha dejado tirado". Pretendo una reflexión algo más prosaica que arranca de las caras que he podido ver estos días y de los comentarios que he escuchado sobre Rodrigo Rato, cuya influencia en el PP seguía pesando quilates a pesar de haber abandonado la primera línea política en un ya lejano 2004.

Entonces se fue a un destino dorado, doradísimo, el FMI, tras ver frustrado su deseo de convertirse en el sucesor. No lo había conseguido, pero eso no le hizo perder ni un ápice de su buena imagen en el partido. Fue siempre la bala en la recámara. La persona que contribuía a dar cierta seguridad si las cosas se torcían demasiado para los populares. Además, cuando los problemas económicos acuciaban, bastaba con decir aquello de "ya lo hicimos en 1996 y lo volveremos a hacer. Sabemos cómo" y surgía de telón de fondo el rostro de Rato como el hacedor del "milagro económico español". Cada partido tiene su imaginario, y Rato acabó convertido en mito.

Cuando dio la espantada en uno de los puestos internacionales más importantes del mundo, algunos torcieron el gesto, pero la imagen se recompuso. No quedó ni mucho menos "tocado" como ahora, admiten miembros de la dirección del PP. En cambio, todo mutó esta semana. Me dicen que Rato está que fuma en pipa, que prácticamente no quiere hablar con ninguno de sus compañeros de partido y que se siente traicionado por casi todos. Quizá también albergue la fundada sospecha de que asistimos al fin del mito, aunque no quepa atribuirle ni mucho menos toda la responsabilidad de lo sucedido. 

(Twitter: @delahozm)


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