Al dente

Artur Mas con su escalera de color

¿Qué pensaríamos de un jugador de póker al que se le ha salido mal el farol y, aún con las cartas descubiertas, insiste en que tiene una escalera de color? Algo así le ha pasado a Artur Mas. En un principio me dije que se había hecho trampas al solitario, pero advertí que esta apreciación era errónea porque el president no jugaba solo. Del otro lado de la mesa el resto de España asistía atónita a una partida en la que él parecía tener todas las cartas. Su seguridad, su aplomo, su casi fe del converso independentista engañó hasta a las encuestas. Bien es verdad que los sondeos tampoco le dieron esa "mayoría extraordinaria" que reclamaba, pero alguno apuntaba a algo más de los 62 diputados que sacó en 2010. No obstante, el espejismo derivó en humo cuando las urnas se cerraron.

Alguien que conoce a Mas y comparte con él su nuevo ideario independentista me decía esta semana que "está muy dolido con los votantes. Ha apostado por la grandeza de Cataluña y mira lo que ha pasado". Curiosa lectura. Lejos de hacer un ejercicio de introspección sobre las causas de ese extraño y exiguo triunfo, la culpa resulta ser de unos electores ingratos que han despreciado el edén que les ofrecía el candidato convergente y que en la noche electoral seguro que se preguntaban si anunciaría su dimisión. Cosas del sentido común, que se pone en marcha y acaba sacando conclusiones descabelladas.

Porque el caso es que sin una mala pareja de ases que echarse a la boca, Mas insiste en lo de la escalera de color, en lo de la consulta, como un mantra cuando su problema, y el del conjunto de España, es que tiene una deuda mastodóntica de 44.000 millones de euros, unos presupuestos por delante que tiene que cuadrar y unas decisiones que debe tomar para bien de esos electores desafectos y para las cuentas de todo el país.

Cataluña tiene demasiado peso y es demasiado importante como para que sus cuitas no dejen de ser las de todos. Y a estas alturas de la película no puede actuar no ya como si nada hubiera pasado, sino como si se hubieran cumplido todos sus pronósticos, tuviera setenta asientos en el Parlament y una oposición que no le tose.


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