Sociedad

El affaire Preysler-Vargas Llosa: Zabalita vuelve a las andadas

La ruptura del escritor con Patricia Llosa, directora general de Vargas Llosa S.A. dará paso a una relación con la socialité, que difícilmente aceptará el ritmo de conferencias y causas personales del premio Nobel.

Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa.
Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa.

En toda Latinoamérica no se habla de otra cosa. Mario, el Zabalita de Conversación en la Catedral, ha vuelto a las andadas. A sus 79 años y tras celebrar hace poco más de una semana su quincuagésimo aniversario de bodas con su prima-esposa, Patricia Llosa, con toda la familia en Nueva York, el escritor ha salido del armario de la mano de Isabel Preysler, la reina del colorín hispano de las últimas décadas, se podría decir que de toda la Transición. Sonata de invierno. Su insólita presencia al lado de Isabelita en el tradicional evento de Porcelanosa con el Príncipe Carlos causó extrañeza en propios y extraños. Ahora aquel lance se visualiza como la primera expresión pública, el preludio del romance invernal entre la viuda de Miguel Boyer –ex de varios más- y el autor de la memorable Fiesta del Chivo.

Las relaciones de Mario Vargas Llosa con su mujer siempre fueron tormentosas. El escritor escapó más de una vez de casa en brazos de niñas choles para volver más tarde al redil, apagado el fuego de la pasión. La fiel Patricia siempre le acogió de nuevo. En los últimos años, su entrada en la edad provecta parecía haber aplacado su sed de aventuras galantes. Rodeado de hijos y nietos, había alcanzado la serenidad. Falsa impresión. Fiel a su estampa, Mario se ha lanzado en brazos de Isabel para entonar junto a ella un amor crepuscular. Patricia ya tuvo un altercado con la Preysler hace 20 años en las antaño famosas lentejas de Mona Jiménez, donde censuró en público la obsesión de la China por tirar los tejos a los maridos de las demás. Nunca han sido amigas.

Desde Lima, Patricia Llosa pide respeto a su privacidad rodeada de sus deudos y amigos, mientras Mario entona su inesperado adiós. El Nobel no está separado, aseguran desde la capital peruana, en contra de lo que él acaba de manifestar a un reportero de televisión casi en plena calle. De ahí la nota de Patricia: “Hace apenas una semana estuvimos con toda la familia en Nueva York celebrando nuestros 50 años de casados y la entrega del doctorado de la Universidad de Princeton”. La marcha atrás es imposible, porque al escarnio privado se ha sumado el escándalo público. Ya no cabe ni el perdón ni el olvido.

Las malas o buenas lenguas acusan a Isabel de haber seducido al escritor. Su protética capacidad de hacer sentir a sus hombres el centro del mundo, los reyes del universo, junto a la existencia de una situación financiera desacorde con sus altas necesidades de gasto, convertían al escritor, tan rico como vanidoso, en una perfecta víctima propiciatoria lista para caer atrapada en las redes de la reina araña. En los últimos años los ingresos de Miguel se habían reducido mucho, y otro tanto había ocurrido con los de publicidad de Isabel, consecuencia de su pérdida de gancho para la prensa rosa. El nivel de gastos que la pareja llevaba y que nunca moderaron era, por lo demás, insostenible en el tiempo.

La historia Vargas Llosa-Preysler da para una novela del Nobel y para un intermedio por el que correrán ríos tinta, no tanto por el glamour de la historia, que también, sino por sus perfiles de culebrón. La brava y orgullosa Patricia no aceptará sin más la nueva afrenta proporcionada por Zabalita. Ella era y es todavía la directora general de Vargas Llosa S.A., desde la que ejerce un control absoluto sobre la vida y la hacienda del insigne escritor. Era ella quien ponía, pone, orden en el caos del bohemio, para que él pudiera, pueda, entregarse sin preocupación a la creación literaria.

Sorpresa en las filas del “vargallosismo”

El temor de los amigos de Vargas Llosa es que se produzca una especie de “secuestro fáctico” del novelista. Es inimaginable ver a la Preysler acompañándole en sus interminables cruzadas por el mundo, envuelto en mil batallas ideológicas, recorriendo América Latina para combatir a los Maduro de turno o dictando clases en cualquier universidad extranjera. Contemplar al Nobel encerrado tras las tapias de Villa Meona, entregado al papel couché y al asedio de los paparazzis, rodeado de la augusta prole de la filipina, causa pavor en las alucinadas filas del vargallosismo. Otros interpretan su tocata y fuga como el último ¡hurra!, el canto del cisne de un Don Rigoberto que quiere exprimir hasta el éxtasis las postreras bocanadas de la vida entre las dulces caricias de la incombustible Isabel.     

Entre trago y trago, el viejo Bryce Echenique suspira desde las eternas neblinas limeñas: “La cabra tira al monte aunque vaya camino del cementerio”. Quienes saben de verdad la virtual abnegación exhibida y explotada por Isabel durante el viacrucis hacia la eternidad de Boyer, se sonríen entre irónicos y cínicos ante el futuro de la nueva y brillante conquista de Isabelita.

Porque lo de esa “abnegada entrega” de la reina de corazones parece ser más una leyenda que otra cosa. El Miguel enfermo pasaba el día en manos de cuidadores y fisioterapeutas, mientras Isabel, como una estricta madre victoriana, se limitaba a visitarlo por la mañana, a la hora de comer y por la noche. Por eso, los más crueles sostienen hoy en Lima que si Preysler no acompañaba a Boyer en sus sesudas lecturas de física cuántica, quizá escuche ahora arrebolada los cuentos del escribidor, eso sí, con la vista puesta en las exclusivas y en las cuentas corrientes.


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