Sociedad

Los españoles que descubrieron la agricultura a las mujeres de Gambia

Varios proyectos han revolucionado la precaria situación agrícola en el país africano mediante la dotación de infraestructuras, formación y organización de las cooperativas agrarias. El Gobierno gambiano se ha volcado en la idea para así desarrollar su agricultura y satisfacer las necesidades de abastecimiento.

Gambia es un país muy pequeño, con una población muy escasa. Su índice de desarrollo humano y el nivel de vida de sus habitantes son unos de los más bajos del mundo. Tanto es así, que un tercio de los gambianos vive por debajo del umbral internacional de la pobreza. Junto al turismo -el sector que más ha crecido en los últimos años-, su principal actividad económica es la agricultura, a lo que se dedica el 70% de la población, pero su impacto en la economía del país apenas es relevante y la miseria se apodera de las zonas rurales. Paradójicamente, aunque se trata de una tierra excepcionalmente fértil gracias a su ubicación a lo largo del río Gambia, la horticultura es de una pésima calidad. Además, el motor de la economía nacional y familiar es el mismo que en tantos otros países de África: la mujer. Generalmente, ellas son quienes trabajan y se encargan de la manutención y crianza de los numerosos hijos, y lo hacen en penosas condiciones. Pero todo esto está cambiando…

La horticultura es de pésima calidad debido a la falta de conocimientos, la degradación del terreno y la falta de organización e infraestructuras

Fernando Enguita, un ingeniero agrícola catalán, es uno de los artífices del progreso que está experimentando el país. Comenzó a ir a Gambia hace unos tres años para desarrollar un plan experimental con la empresa española para la que trabaja. Una vez en el terreno, observó las condiciones en las que trabajan las mujeres dedicadas a la agricultura: sin demasiados conocimientos, en unos terrenos degradados, con una total falta de organización, y sobre todo con unos sistemas muy rudimentarios que dificultan la tarea. Viendo las carencias que impedían sacar el máximo partido a una tierra potencialmente muy productiva, comenzó a asesorar a las trabajadoras de la tierra y ha acabado colaborando con el Gobierno gambiano, que ha mostrado su interés en la 'revolución agrícola' que ha llevado a cabo en las hasta ahora infructuosas cooperativas agrarias. Ha invertido tiempo y dinero de su bolsillo para desarrollar el proyecto y es casi venerado por centenares de mujeres.

El plan no era otro que aplicar técnicas agrícolas en los terrenos comunales que se trabajan, pero también formar a los lugareños para mejorar el aprovechamiento de las explotaciones agrarias. “Hemos enseñado a la gente a cultivar en condiciones, a sacar una cosecha digna que les permita vivir con lo básico”, cuenta Enguita a este diario. Lo primero que detectaron, explica, fueron necesidades de agua. “Obtener agua de los pozos es un trabajo agotador, además de peligroso porque son muy profundos y no hay sistema de seguridad”. La incorporación de sistemas de obtención de agua ha sido la clave para mejorar la producción. Algo aparentemente sencillo pero determinante.

El éxito de los huertos ha llevado al Gobierno a interesarse por la idea y solicitar asesoramiento

Actualmente trabaja en dos proyectos. El primero de ellos es un ‘garden’ de 8 hectáreas de extensión en el que trabajan alrededor de 300 mujeres de cuatro etnias diferentes. Allí se diseñó un sistema por el que el agua llega a unas arquetas desde un depósito por presión natural de forma que las trabajadoras solo tienen que acercarse a dichas arquetas para conseguir el agua. Comenzaron plantando diferentes variedades de productos pero este año prácticamente todo es cebolla ya que la cosecha anterior la vendieron casi íntegramente a Senegal. Por fin una producción para subsistir y comercializar. “Constantemente vienen mujeres de otras zonas pidiendo ayuda porque quieren un ‘garden’” ya que, según cuenta este catalán de familia de agricultores, prácticamente supone “su único medio de vida”.

A raíz del éxito, la fundación Mujeres por África se puso en contacto con este ingeniero para colaborar enseñando técnicas hortícolas en otro proyecto en Katakorr, a 76 kilómetros de la capital Banjul. Se trata de una cooperativa de aproximadamente 5 hectáreas donde trabajan 220 mujeres y 20 hombres y donde se ha llevado a cabo un proyecto integral -desde una gran obra de infraestructura hasta una concienzuda labor de formación- con una inversión de 428.000 euros en dos años (2014 y 2015) que la fundación desembolsa al 50% con el socio en este proyecto, la marroquí OCP. El coordinador del proyecto es Juan José Conde, otro español convertido en “facilitador”. Según relata a Vozpópuli, después de vallar el perímetro -paso fundamental para evitar el acceso a los animales-, se han instalado sistemas de irrigación y albercas e incluso placas fotovoltaicas y disponen de un tractor que les ha cedido el Gobierno. “Antes se regaba en condiciones penosísimas, el transporte del agua era una pesadilla, un trabajo manual extenuante, pero esto ha supuesto un cambio extraordinario y el terreno se ha convertido en un vergel. Es como magia”. Y es que, todo el subsuelo de Gambia es una bolsa de agua dulce, “todo lo que hay que hacer es bombearla y sacarla”.

El objetivo es que las cooperativistas satisfagan las necesidades de autoconsumo y puedan comercializar sus productos fomentando así el empoderamiento de las mujeres

Después de dos meses de charlas mostrando variedades de plantas, explicando cómo sembrar, manejar abonos orgánicos o combatir plagas, comenzaron sembrando dos tipos de tomate, berenjena, col y cebollas, entre otros productos. “En 15 o 20 días el vivero ya había salido”, recuerda Fernando Enguita. Hasta ahora, la horticultura era de tan mala calidad que ni siquiera podía abastecer al sector turístico porque no daba la calidad que los hoteles demandan. “Ahora cuando ven berenjenas de un kilo no se lo pueden creer. Cada vez hay más aceptación y ya hay varios hoteles que quieren hortalizas de esos gardens gracias a que ha mejorado la calidad de la simiente”. La formación también incluye nociones de contabilidad, organización de ventas, distribución, etc para que las cooperativistas no solo satisfagan las necesidades de autoconsumo, sino que sean capaces de comercializar sus productos y se fomente así el empoderamiento de las mujeres. “La formación es más importante que el dinero”, recuerda el coordinador de la cooperativa de Katakorr.

Apoyo del Gobierno

A su vez, la fundación española gestiona otra cooperativa en Sanyang, a 28 kilómetros de Banjul, un área de 11 hectáreas trabajada por 311 mujeres y 5 hombres. Aunque trabajan en colaboración, cada mujer se hace cargo de una parcela, algunas de las cuales se utilizan para experimentar con nuevas técnicas, nuevos sistemas, como el riego por goteo, y nuevas plantaciones. Existen otros huertos de mujeres gestionados por otras ONG, pero más precarios. Sin embargo, este proyecto piloto se lleva a cabo en varias poblaciones para ser desarrollado en otras huertas e implementado en distintos países de África. De momento, Fernando busca financiación para poner en marcha otros dos proyectos, uno de 15.400 metros cuadrados y otro de 4 hectáreas, cuya producción se intentará destinar íntegramente a varios colegios, donde existen importantes problemas de intoxicación. Pensando más a largo plazo, “la intención es exportar a Europa y traer cooperativas españolas para cultivar productos que en España no son rentables”.

El Gobierno ha dado apoyo institucional en todo momento -aseguran- sobre todo a través de la vicepresidenta y ministra para Asuntos de la Mujer, Isatou Njie Saidy, pero también hay mucha coordinación a nivel formativo para instruir incluso a los funcionarios. Cuenta el ingeniero catalán que en los últimos tres meses ha tenido unos cinco o seis encuentros con el ministro de Agricultura y el embajador de Gambia en España también quiere verle. “Cada semana me llaman para enseñarme terrenos para desarrollar huertos. El problema es la financiación”. En esas reuniones con el ministro gambiano Enguita dice haber alertado sobre el peligro de deforestación del país y del serio problema que tendrá de aquí a 50 años de seguir esquilmando determinadas especies y continuando con ciertas prácticas agresivas para la tierra.

La tierra, una cosa de mujeres

Pero si la agricultura es una actividad apenas importante en la economía, ¿de qué viven los gambianos? Los pocos hombres que trabajan en pequeños comercios o mini-shops les dan a su mujer (pueden tener hasta 4 mujeres) 50 o 60 dalasis, el equivalente a poco más de 1 euro, para el mantenimiento diario de la familia. Pero aquellas cuyos hombres no se dedican a nada se ven en la obligación de buscarse la vida, tal y como explica este español. “Se dedican a ir en busca de fruta y a vender lo que pillan por las carreteras -mango, cacahuetes, frutos de baobab-, a buscar hierbas secas para venderlo a los propietarios de cabras, buscar leña…”. Por eso los huertos son tan importantes como motor económico y como medio de vida. Eso sí, son las mujeres son quienes labran la tierra. Mientras, los hombres que no trabajan “se dedican a vivir debajo del mango”.

Fernando, como su familia, tiene propiedades en Lérida y sus hijos viven en España, pero no tiene pensado volver. Cree que en España no eres nadie si no eres un político o un empresario de categoría, mientras en Gambia se valora enormemente su trabajo y se siente “muy realizado”. El afecto y el profundo agradecimiento con el que es recibido en los huertos o la ilusión con la que ve picar a una africana de 70 años porque se le ha brindado una manera de sobrevivir le resulta tremendamente valioso. En comparación, la vorágine laboral en Gambia es muy diferente y la empresa española para la que trabaja le deja tiempo para involucrarse con alguna causa. “Aquí si quieres ayudas, y si no, no”.


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