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Los 'florentinos' y el ocaso del capitalismo castizo

Florentino, en el palco del Real Madrid junto al Rey Juan Carlos I y al monarca Abdallah de Jordania
Florentino, en el palco del Real Madrid junto al Rey Juan Carlos I y al monarca Abdallah de Jordania GTRES

Vientos tan fuertes barren estos días la cara de esta España contrita que algunas de las cosas importantes que ocurren pasan casi desapercibidas en la tormenta de noticias que nos aflige. Es el caso del trompazo que, sin elefante de por medio, se acaba de dar Florentino Pérez, santo y seña de Los Florentinos, un genérico que engloba a los representantes de ese capitalismo castizo, casi de trabuco, generalmente centrado en la obra pública y el ladrillo, que durante décadas ha hecho fortuna a la sombra del poder político, adulándolo, corrompiéndolo, sin que en su haber quepa contabilizar creación de riqueza alguna y sí, en cambio, pura especulación. Decía en 1917 el viejo Juan March, el hombre que durante años puso a ministros y presidentes del Consejo a su servicio, que “La riqueza ni se crea ni se destruye, solamente cambia de bolsillo”. La frase resume la esencia de ese capitalismo cutre, cuyo objetivo consiste en llenarse el bolsillo a costa incluso de destruir riqueza, nunca de crearla. La especie está recibiendo un duro castigo con la crisis. He ahí una cosa buena del drama que nos aflige. Los Florentinos se baten en retirada, y es posible que tras la crisis no quede de ellos ni el recuerdo.

El primero en caer fue Luis del Rivero, el flamenco ex presidente de Sacyr, un señor de Murcia que, de la mano de gente tan principal como Matías Cortes, Juan Abelló y otros adalides de la burguesía local, pretendió ser coronado rey deslumbrado del tout Madrid, dispuesto incluso a asaltar el palacio de invierno del BBVA como empresario de cámara del Gobierno Zapatero. Esta semana ha puesto rodilla en tierra el citado señor Pérez, mascarón de proa de uno de los grupos de poder más notorios de la España de nuestros días, en tanto en cuanto nostramo de los primos AlbertosCortina y Alcocer- y de los hermanos March, Juan y Carlos. El miércoles, la constructora ACS, propiedad de los citados, puso en venta el 3,692% del capital de Iberdrola (sigue controlando un 14,85%), forzada por UBS y Société Général, que le habían amenazado con ejecutar los títulos de la eléctrica de su propiedad ese mismo día, si no ponía garantías adicionales para respaldar los créditos concedidos.

Un banquero: "vamos a tener que exigir a Floro que aumente las garantías, pero no nos atrevemos... ¿y si se enfada?"

A primeros de año, el representante en España de otro banco francés manifestaba sus cuitas a quien esto suscribe: “Vamos a tener que exigir a Floro que aumente las garantías, porque ya han saltado todos los margin calls, pero no nos atrevemos… ¿Y si se enfada?”. Tal es el poder intimidatorio del personaje en el entramado económico y social español. El vienes, otro banquero, esta vez desde Londres, relataba sus sentimientos no tan distintos, ni tan distantes, a los de una vulgar ramera: “En este negocio somos así: cuando uno salta y pierde la vergüenza, el resto nos tiramos al cuello de la víctima como hienas…” Tras los acreedores extranjeros, los españoles han entrado en tromba. Es el principio del fin de los Florentinos. El final de la escapada. La banca le ha perdido el respeto y va a seguir presionando para que pague lo que debe.

A tenor del precio de venta -3,62 euros por título-, ACS ha obtenido 798 millones por el paquete. Teniendo en cuenta que el precio medio de adquisición fue de 7,1 euros, las minusvalías brutas derivadas de la obligada desinversión ascenderían a 767 millones. Es el modus operandi de este falso capitalismo, flor de un día de la abundancia de dinero barato que caracterizó el boom de una economía basada en el ladrillo. Con el dinero que me ofrecen los bancos, me compro a crédito una parte de cualquier empresa o negocio por grande que sea, aportando como garantía las propias acciones adquiridas. Con los dividendos que voy a cobrar, pago los intereses del crédito. Y una vez me haga con el control de la sociedad, naturalmente sin OPA de por medio -minoritarios en la estacada-, atenderé la devolución del principal por el sencillo método de trocear la empresa y venderla por partes, como si de un mecano se tratara. Así de “sofisticada” es, muy grosso modo, la operativa de estos modernos Tempranillos que han hecho fortuna en la glamurosa Sierra Morena madrileña, método calcado de los corporate raiders que inundaron Wall Street en el pasado reciente.

Un capitalismo castizo que prospera con la corrupción

El tinglado se viene abajo cuando, tras el inicio de la crisis financiera de 2007, el dinero, antaño abundante, se vuelve caro y escaso hasta casi desaparecer de los circuitos. Los pools bancarios que han soportado el apalancamiento gigante de estos listos, han aguantado carros y carretas hasta que no han podido más. Luis del Rivero cae porque Emilio Botín decide un día que hasta aquí hemos llegado. Florentino y sus poderosos socios lo harán el día que Francisco González, que es quien ahora soporta buena parte del tinglado de ACS –casi 14.000 millones de deuda total-, diga basta. Naturalmente este tipo de operaciones especulativas –la de los Floros en Iberdrola; la de los Entrecanales en Endesa- precisan la colaboración de los órganos de control encargados de la defensa -es un decir- de los intereses minoritarios y de la libre competencia, lo cual equivale a decir que necesitan la connivencia de la clase política en general, y del Gobierno del momento, en particular. En otras palabras, ese capitalismo castizo español, típicamente especulativo, no podría prosperar sin el sustrato de corrupción galopante al que, a todos los niveles, estamos habituados.      

Sus apoyos políticos están a derecha e izquierda: Zapatero, Sebastián, Rubalcaba, Zaplana, Ruiz-Gallardón y Aznar

Seguir la huella dejada por los Florentinos durante el reciente boom equivale a recorrer la senda de gasto disparatado y decisiones políticas erróneas que nos ha conducido de bruces a la crisis. Casi 12 años de crecimiento ininterrumpido, iniciado a mediados de los noventa, permitieron a las grandes constructoras hacerse de oro merced a las ingentes sumas de fondos públicos –procedentes en gran parte de la UE- invertidos en infraestructuras, no pocas de ellas ociosas. Con tales excedentes, los capos del sector invadieron después territorios conexos como la construcción residencial y las concesiones. Casi todas se hicieron con su inmobiliaria y su concesionaria de autopistas. Con la ayuda de cajas y bancos, el boom inmobiliario no solo hizo muy ricos a los grandes apellidos, sino a toda una pléyade de nuevos millonarios del ladrillo, algunos hoy arruinados, gentes como Luis Portillo, Enrique Bañuelos, Fernando Martín, Nicolás Osuna, Román Sanahuja y muchos más, alumnos aventajados de un engranaje que, partiendo del elevado precio del suelo, sirvió para financiar ayuntamientos, partidos políticos, y cientos, miles de pillos que han hecho fortuna a la sombra de una corrupción cuyos ecos (Correas y Urdangarines) llegan hasta nuestros días.

Advertidos de los síntomas de agotamiento que, a partir de 2006, empezó a mostrar el mercado inmobiliario, los ricos de la construcción comenzaron a mover su dinero en otras direcciones, espoleados por el miedo al estallido de la burbuja. Con excepción de Rafael del Pino (Ferrovial) y de Esther Koplowitz (FCC), casi todos se lanzaron en plancha sobre el sector eléctrico y las nuevas energías, con la vista puesta no ya en la tarifa, que por supuesto, sino en la generosa política de subvenciones a las renovables, responsable en gran medida de un déficit tarifario que hoy ronda la escandalosa suma de 25.000 millones, que los ciudadanos tendrán que pagar a escote.

Más Amancios y menos Florentinos

En septiembre de 2006, ACS anunció la compra de un 6,31% de Iberdrola. En su comunicado a la CNMV, la constructora afirmaba que “se trata de una participación financiera de carácter estable”, y que “no tiene intención de proponer el nombramiento de ningún consejero”. A lo largo de estos años, Pérez se ha encargado de desmentir el aserto con mil y un movimientos destinados todos a, solo o en compañía de otros, hacerse con el control de la sociedad para multiplicar su fortuna y la de sus socios mediante el método de darle el pase o venderla por partes. Tan poderosos, tan notorios, eran sus apoyos políticos, tanto a izquierda –desde Zapatero a Sebastián pasando muy especialmente por Rubalcaba- como a derecha –Zaplana en origen, siempre Ruiz-Gallardón y más recientemente FranquitoAznar- que pocos dudaron quién iba a ser el ganador de la pelea. Como demostración de su poder, ahí estaba, ahí está, el palco del Real Madrid, donde cada quince días se apiñan políticos, empresarios y periodistas de toda ideología.  

Gran pope de esa religión cínica que afirma que todo el mundo tiene un precio, siempre pensó que, en última instancia, Ignacio Sánchez Galán terminaría por dejarle el campo libre con el lomo bien cubierto. Se equivocó: el salmantino le salió un hueso duro de roer. Apalancado hasta el cuello, su situación financiera no puede ser más delicada, como la de sus socios, particularmente los Albertos, a quienes Floro ha llevado por el ronzal de las promesas incumplidas hasta el borde del abismo. Genio y figura, acaba de fichar para el Real Madrid a un tal Francisco Panadero, jefe de gabinete del ex vicealcalde de Madrid, Manuel Cobo. Uno de los últimos asuntos aprobados por el tándem Gallardón-Cobo fue la modificación del Plan General de Urbanismo del entorno del Santiago Bernabéu, que va a permitir al gran Floro construir un centro comercial prácticamente volcado sobre el Paseo de la Castellana, ¡con un par!, duplicando los metros cuadrados de que dispone la “esquina del Bernabéu”. Un genio imbatible este Floro a la hora de cocinar, vuelta y vuelta, alcaldes y concejales de urbanismo. Ojalá el sufrimiento social provocado por la crisis venga acompañado por una limpieza integral de las cañerías de corrupción por las que discurren los negocios de no pocos estos “empresarios”, para quienes la democracia real todavía no ha llegado. España tendrá el futuro asegurado cuando cuente con más Amancios y menos Florentinos. A ser posible, ninguno.   


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