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Mercados, mucho más que comida

No sólo resurgen, también se modernizan. Los Mercados han ampliado su repertorio. En ellos ya no sólo se come o se buscan productos de temporada. También se presentan libros, se celebran tertulias y hasta exposiciones. La experiencia gastronómica de estos lugares se ha convertido, también en una actividad social. Así lo demuestran lugares como el Mercado de San Miguel y San Antón, en Madrid; el Santa Caterina, en Barcelona o el Mercado Central, en Valencia.

No sólo resurgen, también se modernizan. Los Mercados han ampliado su repertorio. En ellos ya no sólo se come o se buscan productos de temporada. También se presentan libros, se celebran tertulias y hasta exposiciones. La experiencia gastronómica de estos lugares se ha convertido, también en una actividad social. Así lo demuestran lugares como el Mercado de San Miguel y San Antón, en Madrid; el Santa Caterina, en Barcelona o el Mercado Central, en Valencia.

Bastiones del comercio tradicional desde hace más de dos siglos, los mercados tienen asociados a su edificio trozos de la historia de la ciudad de la que forman parte. Es posible, de hecho, reconstruir un barrio a través de la historia de sus mercados. Lo que los hace atractivos no son sólo sus, ahora, modernas instalaciones sino la historia que albergan.

El mercado de Santa Caterina, ubicado en Ciutat Vella, en el barrio de la Ribera de Barcelona, se construyó, por ejemplo, tras el derribo en 1835 de un convento ubicado en la entonces plazoleta de Carretones. Durante la posguerra, en los años 40, funcionó como centro de provisión. En aquel momentos, muchas personas de Sant Adrià de Besòs, Badalona, Santa Coloma de Gramanet, el Masnou o Mataró acudían para conseguir alimento. Hoy, en pleno siglo XXI, funciona como coqueto lugar para sibaritas y amantes de la gastronomía, quienes pueden visitar más de 180 puestos con todo tipo de exquisiteces, además de degustar los platillos de su concurrido restaurant.

Algo parecido ocurre con el mercado de San Miguel. Ubicado en la castiza plaza que le da nombre, la construcción tiene fachadas que dan a la Plaza del Conde de Miranda y a la Cava de San Miguel. Es el único mercado de hierro que ha llegado hasta nuestros días, pues las estructuras de La Cebada y Los Mostenses no resistieron el paso del tiempo. A pesar de que comenzó a funcionar al aire libre en 1835, no sería hasta 1916, con el proyecto de Alfonso Dubé y Díez, cuando adquiriría la forma con el que lo conocemos hoy día.

Desde su reapertura, el mercado de San Miguel se ha esforzado por "ser el templo de los productos frescos donde el protagonista no es el cheff, sino el género", tal y como lo explican sus responsables. Por eso, apuesta por la formación de un consumidor más sibarita. En sus espacios, además d elugares ddicado al comercio y consumo de laimentos hay "aulas de catas" dedicadas a vinos o productos más específicos: desde Jérez hasta arroces.

Este concepto "sibarita" del mercado se transmite no sólo en su  estética, sino en la disposición de sus 33 puestos: desde el sitio dedicado exclusivamente al Oporto, que también cuenta con librería sobre el tema, hasta el espacio que ocupa el mítico restaurante madrileño Lardhys. Todo en el mercado de San Miguel es una experiencia que sobrepasa lo gastronómico para convertirse en una opción de ocio. Y así lo demuestran las más de 80.000 personas que lo visitan semanalmente. De esa cifra total, se calcula un 60% de turistas y 40% de locales que repiten, según las cifras aportadas por los responsables.

El Mercado de San Antón, ubicado en la intersección de las calles Barbieri, Augusto Figueroa y Libertad, en Chueca, reabrió sus puertas hace poco más de un año. Lo que ahora luce como un exclusivo centro gourmet funcionó en el siglo XIX como un mercadillo callejero al que iban a abastecerse las personas sin recursos que llegaban del campo a la ciudad. Sobre él escribe, de hecho, Benito Pérez Galdós, en su libro Fortunata y Jacinta.

A partir de 1945 cuando se concede un solar en la plaza de San Antón en el madrileño barrio de Justicia, el mercado adquirió personalidad propia y se convirtió en punto de encuentro para vecinos y viandantes. Hoy, el mercado se revela no sólo como un punto obligado de lo que se ha denominado show-cooking, una anglicismo que agrupa la práctica de saltar de un sitio a otro para tomar una copa, una tapa o una caña. A esta opción se suma, por supuesto, el mercado tradicional, ubicado en lasegunda planta, hasta el concepto de supermercado como tal, en la primera planta.

San Antón ha ampliado incluso su oferta de actividades hacia otras que combinan lo gastronómico con, por ejemplo, lo artístico, como fue el caso de la muestra organizada junto al Espacio Trapezio, un centro cultural multidisciplinar que promueve la difusión, investigación y producción del arte actual. La exposición se llamó Contrahegemonías. Éste, fue un proyecto curatorial elaborado por Héctor Barrios en colaboración con la  Universidad Europea de Madrid. Exposición, y en el cual se desarrollaron un aserie de talleres y actividades.

Arte. Enología. Gastronomía. Algo, también, de moda y snobismo. Ver y dejarse ver. Estos son, duda, ingredientes para un plato de éxito del que ahora resurgen muchas y exitosas variantes.


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