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La democracia en los partidos también es conflictiva

Los diputados recibimos a menudo la desconcertante e ingenua petición de que los partidos políticos nos "pongamos de acuerdo" en tal o cual cosa. Se olvida a veces que si hay diferentes partidos es porque representan proyectos o ideas también diferentes.

El partido celebrará su II Congreso Nacional los días 1, 2, y 3 de noviembre
El partido celebrará su II Congreso Nacional los días 1, 2, y 3 de noviembre UPyD

Los diputados recibimos a menudo la desconcertante e ingenua petición de que los partidos políticos nos "pongamos de acuerdo" en tal o cual cosa. Se olvida a veces que si hay diferentes partidos es porque representan proyectos o ideas también diferentes, y que los pactos de Estado son, por naturaleza, bastante excepcionales en el verdadero sistema parlamentario (no me refiero, claro está, a los pactos implícitos y vergonzantes entre PP, PSOE y nacionalistas para bloquear cualquier cambio importante o repartirse instituciones).

La diversidad y el debate de ideas es consustancial al progreso de la democracia e incompatible con el "pensamiento único" disfrazado de consenso. Y esta regla rige dentro de los propios partidos, pues si la democracia debe ser pluralista y deliberativa, ellos también. Eso no es fácil, o es completamente imposible, en los viejos partidos tradicionales que miran el debate interno con sacrosanta aversión. Y no ocurre sólo en los partidos, también parte de sus votantes (partidarios del "poneos de acuerdo") rechazan el pluralismo interno.

Y también ocurre en parte del periodismo político, incluso en el que reprocha justificadamente a los viejos partidos su incapacidad para abrir puertas, ser transparentes y fomentar reglas más democráticas como las elecciones primarias.

La experiencia es que resulta muy difícil que se admita con naturalidad algo demostrado: que el funcionamiento más democrático de un partido también produce más conflictividad y tensiones. Recordemos que en las reñidas primarias de 2008 por la nominación demócrata, que enfrentaron a Obama con Hillary Clinton, el partido decantó el resultado a favor del primero al anular las elecciones de Florida y Michigan por incumplir las normas internas. Sin embargo, nadie sensato interpretó aquella lección de democracia (las normas son obligatorias e iguales para todos) como un 'remake' de la historia de Caín y Abel, o una conspiración del aparato contra las bases.

En España lo normal es que esa conflictividad, en los pocos partidos en que surge, sea interpretada negativamente como crisis interna, lucha de facciones por el poder o marrullerías del aparato. Un prejuicio a superar si realmente queremos, como todos dicen, una democracia mejor que necesariamente estará basada en partidos más democráticos y transparentes.

Y si en un partido hay elecciones primarias auténticas, o si todos los afiliados pueden votar a todos los órganos, como pasa en UPyD (donde pronto también votarán los simpatizantes), eso implica candidatos rivales que harán campaña para conseguir votos, se aliarán con otros candidatos para sumar apoyos y elaborarán listas de candidatos afines, etc.

"Todos ganaríamos si en todos los partidos hubiera primarias y elecciones internas abiertas", sostiene el diputado de UPyD

Escandalizarse por esto es una muestra de incomprensión absoluta -o de rechazo- de las reglas de la democracia y sus consecuencias, o de palmaria hipocresía. Pues, ¿para qué se clama por partidos más abiertos y democráticos si también se exige monolitismo y unanimidad?

Es cierto que introducir estas reglas y aprender a manejarse con ellas no se consigue de un día para otro. Como también es cierto que siempre habrá quien tratará de manipularlas con mala fe en beneficio propio, exactamente igual que algunos conductores ignoran las reglas de tráfico e incluso provocan accidentes indeseables al hacerlo. Romper con las tradiciones cuesta. Por ejemplo, no basta con facilitar la participación para que se produzca: en las recientes elecciones a delegados del Congreso de UPyD han votado el 34% de los afiliados. Es poco y hay que mejorar.

Pero en Madrid ya han votado el 51%: los afiliados votaban a un máximo de 109 candidatos para 146 delegados de una lista abierta con unos 280 nombres. La media por afiliado ha sido de 46 candidatos votados, y ningún delegado electo ha conseguido más del 51 % de los votos. Por mucho que se tergiversen las cosas, los datos demuestran que el sistema es incontrolable y que cada voto ha sido exactamente el que el votante ha querido.

Todos ganaríamos si en todos los partidos hubiera primarias y elecciones internas abiertas. Sería estupendo para mejorar la calidad de nuestro sistema que Rajoy debiera disputar el cargo a unos cuantos rivales de su partido, y que Rubalcaba hiciera lo propio en el suyo.

Que tuvieran que escuchar y hacer críticas y debatir propuestas, y ganarse el voto en debates públicos y abiertos con reglas iguales para todos, como se hacen en las verdaderas primarias. Como, modestamente, ya las hacemos nosotros. ¿Qué tal si damos una oportunidad a este modo diferente de hacer política?


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