La Zarzuela emprendió una campaña de ejemplaridad y transparencia

El bienio 'horribilis' del Rey: del batacazo de Botswana al 'calvario' de la Infanta

"Fisura de Corona", lo llamaron. El Rey se fracturó la cadera en tres partes. Ocurrió en Botsuana, hace ahora dos años. La cadera real ha necesitado varias intervenciones más desde aquel accidente y aún no se ha recuperado. La Corona, tampoco.

Se cumplen dos años del accidente del Rey en Botsuana, mientras realizaba un safari de elefantes.
Se cumplen dos años del accidente del Rey en Botsuana, mientras realizaba un safari de elefantes. GTres

Eran las cinco de una madrugada difícil de olvidar. El Rey disfrutaba en Botsuana de unas jornadas de caza. Apenas nadie conocía ni su paradero ni su ocupación. Los desplazamientos privados del Monarca no se difunden. El Monarca resbaló por las escaleras de la acogedora cabaña cuando se dirigía al baño. Y ocurrió lo que nunca debió pasar. Rodó por los peldaños como un extra de film de serie B y se fracturó su cadera. Un accidente grave para don Juan Carlos y un monumental estropicio para la Institución.

La afición cinegética del Rey era de sobra conocida. Sus cacerías de fin de semana en los cotos de amigos y conocidos, como Alberto Alcocer, Samuel Flores, Isidoro Álvarez...formaban parte del habitual ocio del Monarca. Un esparcimiento deportivo en una especialidad que produce enormes dividendos a algunas regiones españolas. Nada que objetar.

Rumbo al aeropuerto

Tampoco el accidente en sí resultaba novedoso. Las aficiones deportivas del Jefe del Estado, en especial el esquí, le habían conducido al quirófano en otras ocasiones. Pero el trastazo africano ofrecía unas peculiaridades bien distintas, que desembocaron en un escándalo sin precedentes. Pese a los desmentidos ulteriores, apenasnadie, ni el Gobierno, sabía dónde se encontraba el Rey. Había salido de estampida unos días antes, justo después de asistir a la tradicional Misa de Pascua en la Catedral de Palma, junto a la Reina y los Príncipes de Asturias. Ni siquiera se quedó al almuerzo posterior, un trámite oficial y preceptivo. Embocó raudamente el camino del aeropuerto rumbo al continente africano y dejó plantada alegremente a la familia y a las autoridades baleares. Tenía mucha prisa.

Y estalló el pastel. Durante más de 24 horas, el grave accidente del Jefe del Estado se mantuvo en secreto hasta que, finalmente, el sábado 14 de abril, una fecha harto inconveninete, qué casualidad, a las 9:29 de la mañana, la Zarzuela informaba de que el Rey había sido sometido con éxito a una intervención en la cadera derecha y descansaba en la Unidad de Cuidados Intensivos en el Hospital USP San José de Madrid. El doctor Ángel Villarino, quien ya le había intervenido en otras ocasiones en lesiones de la rodilla y el pie, aseguró que Don Juan Carlos se recuperaba con normalidad y que todo había sido un éxito.

La conmoción que produjo la noticia en la sociedad española, pese a tratarse de un tranquilo fin de semana primaveral, fue tremenda. El Rey estaba cazando por ahí, sin que nadie lo supiera, se le repatria a hurtadillas a Madrid, se se le somete a una intervención quirúrgica y nadie había dicho nada. ¿Qué hacía el Rey cazando en África, tranquilamente, en una semana laborable normal, después de las vacaciones de Semana Santa? ¿Por qué no se había dicho nada? ¿Cómo ocurrió el accidente? Un torrente de preguntas con muy pocas respuestas.

La visita de la Reina

Durante el fin de semana se produjeron las habituales visitas al centro hospitalario. La familia, las autoridades, algunos amigos. La intervención había resultado satisfactoria, afortunadamente, pero todo lo demás era un desastre. Cuatro días debía el Monarca permanecer en el Hospital y casi dos meses en periodo de rehabilitación. El Príncipe Felipe se ocuparía, una vez más, de las labores de representación en los actos oficiales. No dejó de llamar la atención que la Reina, que pasaba unos días en Grecia, se demoró en regresar a Madrid más de 24 horas y que su primera visita a su esposo apenas se prolongó por espacio de veinte minutos. Dos días más tarde, los Reyes almorzaron en solitario en las dependencias hospitalarias en un encuentro sobre el que circularon todo tipo de versiones, ninguna de ellas precisamente amable. Se habló de sonoros reproches y hasta de 'ultimátum'.

Poco a poco se fueron conociendo los detalles del episodio más funesto que ha sacudido al cabeza de la Casa Real en los últimos años. Y se entendió la reacción de la Reina. Don Juan Carlos se había desplazado a Botsuana con un grupo muy singular formado por la princesa alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein, su hijo de once años, el empresario saudí Mohamed Eyad Kayali, y dos empresarios británicos amigos de la princesa. El inesperado tropezón sacó a la luz un asunto que circulaba intensamente por los cenáculos políticos pero que apenas había alcanzado notoriedad pública. La amistad 'íntima' del Monarca con Corinna, una vistosa asesora de inversiones con quien se le había vinculado, discretamente, desde años atrás. En la España acogotada por los recortes, los sacrificios, la sangría del desempleo y el desánimo moral, el chusco patinazo de la cabaña de Botsuana cayó como una losa sobre la credibilidad de la Institución. Desde entonces, nada volvió a ser igual.

La Corona, para entonces, no atravesaba su mejor momento puesto que la causa abierta contra el yerno del Rey y su socio por el denominado 'caso Nóos' había alcanzado de lleno a la Infanta Cristina y, por extensión a la imagen de la Monarquía. Ese episodio, un 'calvario' según señaló un alto representante de la Zarzuela, aún sigue abierto a la espera del destino procesal de la hija del Rey, ahora imputada, todavía en el alero.

Un gesto inusitado

La cacería del elefante enlodó la credibilidad de la Monarquía hasta unos niveles inusitados. Tanto, que el Monarca se vió en la obligación de protagonizar un gesto impensable e inédito. Pidió perdón. "Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a suceder", declaró el Monarca, en un inhóspito pasillo, frente a una cámara implacable, plantificada allí, toscamente, como por un enemigo, cuando abandonaba el hospital tras recibir el alta.

El batacazo cinegético más el escándalo de Urdangarín supusieron un punto de inflexión en la imagen de la Corona. Tal fue el deterioro que por primera vez la Monarquía recibió un sonoro suspenso en dos barómetros del CIS. Los chistes, chascarrillos y bromas sobre el incidente dieron luego paso a una crítica muy extendida de la Institución y de la figura que la encarna. La sombra del desencanto se posó sobre una figura que aparecía prácticamente intachable a los ojos de la población, según reflejaban hasta entonces todos los estudios demoscópicos. La indignación ciudadana alcanzó cotas estratosféricas.

El cóctel resultaba fatal. La fotografía tan escasamente estética del Rey posando ante el cuerpo de un elefante fulminado que circuló posterioremente por los medios resultaba letal. A ello había que sumar el ocultismo de una relación que hasta entonces no superaba los niveles del comadreo, y la constancia de que mientras los españoles se afanaban en luchar por un penoso día a día, su Jefe del Estado disfrutaba alegremente dándole al gatillo en la sabana africana. Un desastre sin apenas paliativos.

Pacto de silencio

Hace dos años, cambió todo. El pacto de silencio que se tendía como un manto de opacidad y secretismo en torno a la Familia Real había saltado hecho añicos. Hasta entonces, tan sólo algunos incidentes esporádicos habían quebrado, mínimamente, el blindaje de protección en torno a las andanzas del Rey, tanto de índole setimental, económico y hasta político (el debate surgido ahora en torno al 23-F lo evidencian). Desde Botsuana, nada volvería a ser igual. Corinna se convirtió en protagonista informativo durante meses. Portadas en medios, reportajes, tertulias, debates. Nos enteramos de que disponía incluso de una chalecito en los terrenos de Zarzuela, muy cerca del Palacio, donde pasaba temporadas con su hijo.

Sin embargo, el Rey ha contado con una baza decisiva a su favor. La férrea adhesión, que algunos tildan de 'complicidad', de los dos grandes partidos y del alto mundo de las finanzas y de la economía, que han colaborado estechamente en mantener, a duras penas, la solidez de la Institución. Con una crisis devastadora y un reto secesionista en ciernes, no son tiempos de juguetear con la estructura del Estado.

Salvar a la Corona

El Rey, y su entorno, tomaron nota de que había que proceder a determinados cambios. Las sugerencias, incluso presiones, por ejemplo, del presidente del Gobierno, pese a algunas reticencias iniciales, no cayeron en saco roco. Era imprescindible poner en marcha una campaña de imagen para salvar a la Corona, o, al menos, para atornillar al Rey en el Trono. Se pone en marcha entonces el proceso de accesibilidad a algunos de los aspectos más opados de la Institución. Ley de Transparencia, información sobre los presupuestos de la Zarzuela, asignación pública de emolumentos anuales a los miembros de la Familia Real...y drástico alejamiento de la Infanta Cristina, contaminada por la corrupción, son algunos jalones de este forzoso cambio de rumbo.

Esta campaña, hábilmente dirigida por el Jefe de la Casa del Rey, Rafael Spottorno, no ha logrado sino paliar levemente algunos síntomas de la catástrofe. Los inquilinos de la Zarzuela han dejado de ser herméticos e infranqueables y se ha pretendido levantar un muro de aislamiento con la Infanta Cristina, pese a algunos coletazos protagonizados por su madre, la Reina, que incurrió en un gravísimo error al acudir, acompañada por su hija pequeña y su esposo a visitar al Rey en una posterior intervención médica. Ya no ha vuelto a ocurrir. El empeño más importante de esta estrategia es recauchutar la imagen herida del Monarca y despejar cualquier debate sobre su abdicación en la figura del Príncipe.

La reciente decisión de abrigar con el aforamiento ante el Supremo tanto a la Reina como a los Príncipes de Asturias es un gesto bien recibido en el entorno de Don Felipe, quien está cumpliendo a rajatabla su promesa de asistir a su padre en cuantos cometidos le corresponden, no porque lo señale la Constitución, que nada habla de ello, sino por estrictos motivos de fidelidad, respeto y tradición. La valoración ciudadana de la figura del Príncipe se ha disparado en los últimso meses. Su reconocomiento público es incuestionable.

Dos años después de Bostuana, el Rey, 76 años, 38 de reinado, se recupera de otra intervención, la quinta, en la cadera. En esta ocasión ha cumplido con las instrucciones de los cirujanos y se dispone ya a emprender, muy recuperado, este fin de semana su primer periplo internacional. Precisamente a los Emiratos Árabes, a Abu Dabi, donde ya estuvo años atrás con la princesa Corinna, quien mantiene excelentes relaciones con altos mandatarios del Golfo Pérsico.

¿Es todo este saneamiento del perfil público del Monarca un esfuerzo inútil? Hay quienes aseguran que el proyecto político de la Transición está agotado y que la necesaria renovación de las instituciones no pueden llevarla a cabo quienes las han dirigido y representado hasta ahora. La regeneración de los mecanismos de control, de depuración, de la independencia de la Justicia son asuntos urgentes que nadie parece dipuesto a encarar.

El Rey, desde luego, no da muestra alguna de amagar con dar un paso al costado para que su hijo, el Príncipe Heredero, lidere la nueva etapa. Lo dijo bien claro en su último mensaje de Navidad, al afirmar su "determinación de continuar en el desempeño fiel del mandato y las competencias que me atribuye el orden institucional". ¡Oh gloria de mandar, vana codicia!, se clamaba en 'Os Luisiadas'.

 

 


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