Miles de ciudadanos aclamaron a la Familia Real en el corazón de Madrid

Los Reyes, en el balcón: una oleada de cariño frente al Palacio Real

Apareció primero el rey y la plaza se vino abajo. Horas llevaban esperando en los jardines, frente a la fachada de Palacio. Surgieron luego la reina, la princesa de Asturias y su hermana Sofía. Y en la explanada se produjo un estallido de afecto.

Letizia y Sofía se besan en el balcón del Palacio Real
Letizia y Sofía se besan en el balcón del Palacio Real GTRES

Apareció primero el rey y la plaza se vino abajo. Horas llevaban esperando en los jardines, frente a la fachada de Palacio. Surgieron luego la reina, la princesa de Asturias y su hermana la infanta Sofía. Y en la explanada se produjo un estallido de afecto.

Y luego, don Juan Carlos y doña Sofía, que se situaron en los extremos de la Familia Real. Besos de Felipe VI a su esposa, a sus hijas, a sus padres. Doña Letizia, lo propio, con su suegro, que ayer la ignoró. Doña Sofía se acercó también a su esposo, que no había aparecido por las Cortes durante la proclamación. La Familia Real al completo, dando gracias a la gente, devolviendo cariños y sonrisas. Era el encuentro de los Reyes con su pueblo, con su gente. Mereció la pena la espera.

Generosos en el saludo, la Familia Real permaneció varios minutos agradeciendo la marea de efusivas muestras de cariño. Se retiraron primero don Juan Carlos y doña Sofía. Luego, el resto de la familia para, instantes después, volver a hacer su aparición entre un nuevo estruendo de vítores. Fue el momento señalado, en el que la efusión se desbordaba por la plaza de Oriente, escenario de momentos singulares de la abigarrada historia de nuestro país.

Los semblantes en un principio habían aparecido algo contenidos, en el balcón, tal era la imponente escena bajo sus miradas. Luego las sonrisas amplias, los saludos afectuosos, entre el griterío. Un clamor de cariño, un bosque de banderas, decenas de miles de ciudadanos congregados frente al Palacio Real aclamando a Sus Majestades con una ovación cerrada, unánime y estrepitosa al contemplar la aparicion de los Reyes en el histórico balcón. El recorrido en el auto descapotado por las principales arterias de la ciudad, abarrotadas de un gentío bullicioso y sonriente, había sido el prolegómeno de este encuentro entre Sus Majestades con su pueblo, un momento de éxtasis emotivo, desbordado de sentimientos y efusiones disparadas.

Encuentro efusivo

Felipe VI y doña Letizia, acompañados por la princesa Leonor y la infanta Sofía, junto a don Juan Carlos y doña Sofía, habían aparecido en la balconada del Palacio Real minutos antes de la una del mediodía, entre una atronadora batería de apalusos, de gritos en favor del Rey, de la Monarquía y de España. Sonrientes, apacibles, conmovidos, mostraban un rostro luminos y relajado a la inmensa marea de gente congregada en los jardines de Sabatini, profusamente adornados con jardinería municipal, que quería mostrar su cariño y su respeto al Monarca.

Fue el encuentro del recién proclamado Rey de España con la sociedad, a cielo abierto, con la multitud abrazando las estatuas de la explanada, en una salutación cálida, pese al espectacular despliegue de medidas de seguridad. Madrileños, turistas, gente llegada de toda España, niños, curiosos, paseantes de Corte, monárquicos, juancarlistas o no... desbordaban una plaza en la que no cabía un alfiler, en una apoteosis irrefrenable de pasión conmovida.

El repique de las campanas de la Almudena se sumaba a la gran fiesta cívica de la jornada. "Esperábamos gente, pero esto ha superado todas las previsiones. Diez veces más que en Holanda", comentaba un veterano de los servicios de la Casa Real al comprobar la respuesta del gentío, que aguardó durante horas, bajo un sol implacable, la aparición de los Reyes en el balcón central del Palacio.

Tras unos largos minutos, sabiamente controlados y administrados por el Rey con la ayuda de las indicaciones de doña Letizia, se dió fin al clamoros encuentro. Dentro, en el salón el Trono de Palacio, casi dos mil personas aguardaban el momento de saludar a Sus Majestades en una recepción que se hizo eterna para una jornada sin duda inolvidable.


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