Nacional

También el PP está muerto, aunque todavía no huele

Con el rosto marcado por cicatrices de mil batallas, Rubalcaba tiraba la toalla este lunes, decía adiós. Y ¿qué ocurrió ese lunes en Génova? Nada. Para Mariano Rajoy y su elenco de notables, aquí no ha pasado nada. “No hemos sabido explicar bien lo que estamos haciendo; es un problema de comunicación y pedagogía”. ¿Eso es todo? Los dioses ciegan a quienes quieren perder.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (i), conversa con los vicesecretarios del PP, Javier Arenas (2d) y Esteban González Pons (d).
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy (i), conversa con los vicesecretarios del PP, Javier Arenas (2d) y Esteban González Pons (d). EFE

A las 11 de la noche se conoció el desastre. El PSOE había perdido 2.545.000 votos y el PP algo más, 2.596.000. La olla a presión socialista estalló al día siguiente con la renuncia de Alfredo Pérez Rubalcaba. Con el rosto marcado por cicatrices de mil batallas, el Rubalcaba del “si te vuelves, te la clava” tiraba la toalla, se rendía, decía adiós. Y ¿qué ocurrió ese lunes en Génova? Nada. Para Mariano Rajoy y su elenco de notables, aquí no ha pasado nada. ¿Nada? “No hemos sabido explicar bien lo que estamos haciendo; es un problema de comunicación y pedagogía”. ¿Eso es todo? Los dioses ciegan a quienes quieren perder. Tranquilidad, pues, y buenos alimentos en los cerebros que, en Génova y Moncloa, dirigen los destinos de la derecha, y desconcierto, perplejidad y alarma entre sus votantes y simpatizantes y, en particular, entre esos dos millones de españoles que votaron PP en las europeas de 2009 y que ahora han preferido quedarse en casa aferrados a la abstención, decepcionados con un Gobierno que ha fallado casi en todo y del que, como poco, esperaban una cierta autocrítica y un propósito de enmienda. Al contrario que la mayoría de los grandes líderes europeos,Rajoy ni siquiera se ha dignado dar una explicación pública, con tele o sin ella, de lo ocurrido. Lo dicho: ¡aquí no ha pasado nada…!

Al contrario que la mayoría de los grandes líderes europeos,Rajoy ni se ha dignado dar una explicación pública

Naturalmente que ha pasado. Sobre el cuerpo electoral del PP ha pasado una apisonadora. Reconociendo las peculiaridades de unas europeas, el cuadro que ahora mismo presenta el PP como sedicente -y única- gran formación política de dimensión nacional es aterrador: Es un partido casi marginal en Cataluña y País Vasco; está a punto de perder las cómodas mayorías de que ha dispuesto en Valencia y Madrid; ha perdido por más de 10 puntos en Andalucía, y solo se mantiene con cierta prestancia, aunque perdiendo apoyos, en Galicia y ambas Castillas. Un horizonte más que preocupante para la estabilidad del país. Lo comentaba esta semana una acomodada pareja de jubilados madrileña: “hace año y pico que dejamos de pagar las cuotas al partido que veníamos pagando desde los tiempos de AP, y ahora nos hemos abstenido, porque ya no aguantamos más, pero, ¿qué vamos a hacer las próximas generales? Ese es el problema, porque, con el panorama que tenemos, igual hay que volver a votarlos…” Esa es la apuesta de los estrategas de la derecha, la gran esperanza de los Arriolos: que la alternativa sea tan mala, que el riesgo de ingobernabilidad del país sea tal, que el miedo a una coalición de partidos de izquierda sea tan grande que por sí solo obre el milagro de movilizar a quienes ahora les han dado la espalda. Que la sensata y miedosa gente de la derecha no tenga más remedio que volver a votar PP, agarrándose al clavo ardiendo del mal menor.  

Una apuesta arriesgada en grado sumo. De los 2,6 millones que ha perdido el PP apenas 600.000 se han ido a otras formaciones, en particular al recién creado partido Vox, lo cual parece indicar que los 2 millones que se han refugiado en la abstención pertenecen en su mayoría a una cierta burguesía urbana liberal de centro derecha que, en noviembre de 2011, votó PP porque quería que un Gobierno de otro signo enmendará el desastre de las cuentas públicas heredado de Zapatero, redujera el tamaño del sector público, metiera sin piedad la navaja en la estructura del gasto y, además, diera pasos significativos en dirección a la regeneración y saneamiento de las instituciones, devolviendo, por ejemplo, a los jueces el control de la Justicia, cosa que, por cierto, figuraba en el programa electoral del partido. El Gobierno Rajoy, por contra, ha hecho justo lo contrario: dilatar las reformas (había que esperar primero los resultados de Andalucía) y acometerlas después de forma incompleta y tímida. Todo a medio cocinar. Todo tarde, mal y nunca.

El intangible de los valores morales

Por si ello fuera poco, han insultado la inteligencia y el talante de millones de ciudadanos de centro derecha que ni necesitaban ni pedían una ley del aborto diseñada por ese falso meapilas que es Ruiz-Gallardón para satisfacer a la jerarquía eclesiástica más carca; han terminado por meter los tanques de la política en el campus de la Justicia, acabando definitivamente con la división de poderes; han introducido una ley de seguridad ciudadana que permite a un segurata cualquiera interceptar a cualquier ciudadano en un centro comercial. No han saneado las cuentas y han recortado las libertades. Se han mostrado, en fin, como un partido estatista, dispuesto a atentar desde su conservadurismo radical contra el bienestar de esa clase media liberal que, además de haber sido perjudicada en su bolsillo con el aumento de impuestos –algo que tampoco figuraba en su programa- ha sido agredida en ese inmaterial, ese intangible meta-económico que nada tiene que ver con el bolsillo y sí con una serie de valores morales que Moncloa desprecia o ignora.

La gran esperanza de los Arriolos: que la miedosa gente de la derecha no tenga más remedio que volver a votar PP

Por encima de los resultados económicos, por encima del daño a las libertades, tal vez lo más penoso del PP actual es que se ha convertido en un partido feo, un partido antipático, un partido seco, agrio, desagradable, dominado por la absurda soberbia de quienes, desde la atalaya del poder, no son capaces de escuchar a nadie. Un partido aparentemente reñido con la modernidad. Peor aún, un partido de cínicos consumados, gente experta en decir una cosa de puertas afuera –“todo va de cojones y vamos a volver a ganar”- y otra muy distinta dentro –todos asustados con los resultados del domingo, convencidos de que esto no tiene arreglo y de que, en esta disyuntiva, lo importante es cuidar de lo mío, porque es lo mío lo que importa, y al prójimo que le vayan dando-. En realidad, el pánico es tal que 6 días después del varapalo el presidente anunciaba ayer en Sitges “un plan de medidas para el crecimiento, la competitividad y la eficiencia” con una inversión de 6.300 millones, además de una rebaja del Impuesto de Sociedades del 30 al 25%. Ah, pero ¿no iba tan bien la recuperación…? El mulo manchego que pasta en los jardines de Moncloa sorprende a veces con arreones de potro jerezano.

Los casi 11 millones que en noviembre de 2011 votaron PP no le pidieron ningún imposible, como clamaba la famosa pintada del Mayo francés. Simplemente le pidieron que metiera a España en el quirófano para, con experiencia, conocimiento y determinación bastante, curar al enfermo y al tiempo insuflarle una nueva moralidad capaz de rescatarle del barro de la corrupción en el que chapoteaba. Le reclamaron un discurso de esperanza en el futuro. Le exigieron principios y el Gobierno Rajoy ha regalado finales, y finales tristes, como corresponde a un líder y a un partido conservador estatista, que no cree en la sociedad civil. La gaviota se ha quedado en gallina, incapaz de levantar el vuelo. El país, que se lo jugó a aquella mayoría absoluta como última carta para salir del atolladero, ha perdido. El PP ha fracasado, y ahora solo aspira –a base de reformas cosméticas que no pongan en riesgo un solo voto- a que la fuerza de la hipotética recuperación le otorgue una nueva victoria en 2015 para, entonces y solo entonces, volver a prometer un arreglo integral del desastre heredado de… nosotros mismos. Una cosa parece hoy cierta: el PP está tan muerto como el PSOE; la diferencia es que todavía no huele.

Los riesgos de ingobernabilidad del país

La amenaza de la inestabilidad política y sus riesgos están a la vuelta de la esquina. La mayoría absoluta de que ha dispuesto Rajoy ha sido el activo fundamental que los mercados han valorado siempre, incluso en los peores momentos, en el caso de España. Si dentro de un año, en las municipales y autonómicas, se repitieran y consolidaran los resultados de estas europeas, es fácil colegir la reacción de tales mercados ante las dudas provocadas por las dificultades para articular un Gobierno sólido en España o, dicho de otra forma, ante un escenario de ingobernabilidad del país. ¿Dónde se iría entonces esa prima de riesgo de la que nos hemos olvidado en los últimos meses? ¿No hay esperanza, entonces? Sí, la hay. La receta la expedía ayer el premier italiano Matteo Renzi, 40, en una entrevista: “Si nosotros hacemos las reformas y somos creíbles, el Movimiento 5 Estrellas [del populista Beppe Grillo] no tendrá futuro. Podrá ser un movimiento de protesta e incluso tener buenos dirigentes (…) Pero si hacemos las reformas, si vamos a la calle, entonces vencemos nosotros. Si la política cree que ha pasado el peligro y vuelve a encerrarse en los palacios, el populismo volverá con gran fuerza”. La solución es sencilla: reformas, pero reformas de verdad, no la mercancía averiada que el señor presidente volvió ayer a vendernos en Sitges.

“Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin  ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos... Si nada se puede esperar de las turbas monárquicas, tampoco debemos tener fe en la grey revolucionaria (...) No creo ni en los revolucionarios de nuevo cuño ni en los antediluvianos (...) La España que aspira a un cambio radical y violento de la política se está quedando, a mi entender, tan anémica como la otra. Han de pasar años, tal vez lustros, antes de que este Régimen, atacado de tuberculosis ética, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental”. Tal como decía Pérez Galdós en 1912 (“La fe nacional y otros escritos sobre España”). Ahí estamos.


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