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Señor Blesa, pase usted primero

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Miguel Blesa, cuando era presidente de Caja Madrid.
Miguel Blesa, cuando era presidente de Caja Madrid.

En 1993, Luis García Berlanga estrenaba 'Todos a la cárcel', una película coral ambientada en una prisión española en cuya madeja de personajes dispuesta para tejer la disparatada historia (o no tanto) había un banquero-recluso. Entonces, aquella figura parecía más fruto de la burlona imaginación del gran cineasta que de una realidad cercana. Sin embargo, ese mismo año, en diciembre, entraba en prisión Mario Conde. Han tenido que pasar veinte años para que aquella pirueta cinematográfica se volviera a hacer realidad. Y todo gracias a un desconocido juez de instrucción de Madrid, Elpidio José Silva, que después de recibir un informe pericial de KPMG y rescatar otro del Banco de Españade 2010 ha decidido que el lugar del que fuera presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, no es el salón de su casa, sino una celda de la cárcel madrileña de Soto del Real.

Posiblemente, el pago de la millonaria fianza impuesta por el magistrado permitirá en breve que el que fuera amigo de pupitre de José María Aznar abandone el sombrío centro penitenciario, pero el contenido del auto es un serio aviso de lo que se le viene encima en un futuro no muy lejano. Y no sólo a él. A partir de ahora, todos aquellos banqueros enriquecidos a la sombra de los pelotazos, la burbuja urbanística y las autoindemnizaciones de escándalo empezarán a tener sudores fríos cada vez que reciban una carta certificada de un juzgado. Son decenas ya los altos cargos de entidades que en los últimos meses han visto como su nombre era acompañado en las crónicas periodísticas con el adjetivo "imputado". Los mismos que a partir de ahora deben empezar a poner sus barbas a remojar. Porque roto el tabú de que en la cárcel sólo entran los delincuentes de poca monta y menor botín, la lista de apellidos ilustres aspirantes a vivir a pensión completa del Estado aumenta de modo considerable.

Y es que vivimos en una época en la que un día sí y otro también, las salas de espera de los juzgados se llenan de imputados que gastan gomina y visten trajes cruzados, personajes hasta ahora considerados intocables o, al menos, indultables en menos que baja el Ibex. Bankia, Bancaja, Banca de Valencia, Nova Caixa Galicia, Caja de Navarra... un sinfin de procedimientos que están obligando a nuestra judicatura a aprender a marchas forzadas el complejo lenguaje financiero detrás del que se parapetan los que hasta ahora han campado a sus anchas por nuestro sistema bancario con el único objetivo de hacer rebosar sus cuentas corrientes sin el más mínimo pudor.

Es verdad que cada uno de estos casos va a un ritmo diferente, marcado también por el órgano judicial que lo instruye, pero todo apunta a que las consecuencias  pueden ser idénticas para muchos de los salpicados en los mismos. Por un lado, la Audiencia Nacional se embarca en grandes sumarios con decenas de imputados en los que sus jueces deben acometer densas investigaciones cuajadas de informes de cientos, cuando no miles, de folios. Amenazan con eternizarse. Los juzgados de instrucción, sin embargo, dirigen sus pesquisas a operaciones concretas, como las de Blesa con sus créditos a Gerardo Díaz Ferrán y la compra del City National Bank of Florida, lo que les está permitiendo acortar los plazos en la toma de decisiones y agilizar las acusaciones para sentar en el banquillo de los acusados a los responsables de las millonarias tropelías que la crisis se ha encargado de descubrir.

Rato, Oliva, Asiáin, Izquierdo, Goñi, Gayoso, Pego, Amorós, SolerCrespo, Parra ... son sólo algunos de los apellidos presuntamente ilustres de las finanzas que pueden verse en breve en el mismo trance que su compañero Blesa. La sociedad espera, de hecho, que el ingreso en prisión de este último no se convierta en una excepción y al banquero en un simple chivo expitatorio calma conciencias por ser el más débil del clan. El señor Blesa ha sido el primero en pasar. Todos esperamos que no sea el último en los próximo veinte años. Lástima que Berlanga ya no esté entre nosotros. Lo que disfrutaría.


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