Convención del PP en Valladolid

¿Quo vadis, Mariano?

Un político solo piensa en la próxima elección. Un estadista piensa en la próxima generación. ¿Dónde situar a Mariano Rajoy? ¿Piensa en algo más que en la próxima cita electoral? ¿Persigue hacer de España un país mejor que el que recibió? En la mitad de su mandato, la pregunta se antoja pertinente: ¿Quo vadis, Mariano? A lo que él respondería: "It's very difficult todo esto"

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. GTres

El PP cambia de partitura en el ecuador de su singladura en el Gobierno. Pero no de instrumentos, ni de músicos. La Convención Nacional que este fin de semana ha reunido a dos mil militantes en Valladolid, la vieja capital castellana, preterida y olvidada, ha señalado el camino para el próximo bienio. Toca pasar la página de los sacrificios y vender la de la recuperación. La economía seguirá siendo el eje del mensaje, pero con una melodía más optimista. Bajarán los impuestos y se crearán empleos, dice el libreto oficial.Rajoy ha desembarcado en el cónclave vallisoletano con un equipaje optimista. Su principal miedo al llegar a la Moncloa, el rescate europeo que arrojaría a España al culo de Europa, lo ha esquivado con nota. Toca ahora que los datos positivos abandonen el cuadro macro y lleguen por fin a las familias.

Ni Historia ni posteridad

Un político como Rajoy que no aspira a la categoría de estadista, ni a pasar a la Historia, ni a inscribir su nombre con letras de oro en el libro de la posteridad ("¿La posteridad, quien piensa en ella?, ¿nos ha dado algo alguna vez?", como dijo el clásico) tan sólo piensa en un futuro de horizonte muy cercano y sin fanfarrias. "Cortoplacista", le dicen algunos.

Carece de discurso ideológico definido. "Pragmatismo", le dicen algunos. Su acción de gobierno deambula entre la socialdemocracia y el populismo recalando en ocasiones (las más) en el ostracismo. "Tancredismo", lo definen algunos. Nunca ha tenido más referentes políticos que el sentido común y aquello que él mismo bautizó como "previsibilidad".

Carece de liderazgo político, entre otras cosas porque no se distingue por el coraje, la determinación y la voluntad de riesgo. Huye de los grandes momentos, de los intervenciones solemnes y de los discursos mayestáticos. No se sabe si por humildad o por desdén. Ambas figuras muy arriesgadas puesto que en ocasiones pueden hacer pensar que la Moncloa es como el misterio de la casa deshabitada.

En la Convención de Valencia (2008) le intentaron mover la silla. Y aguantó. Poco a poco ha sepultado a disidentes y enemigos hasta aterrizar ahora en Valladolid, donde se ha representado el entierro del conde Aznar, pequeño homenaje en el cuarto centenario del Greco. Al portazo del anterior presidente del Gobierno ha respondido con su funeral. Enormes elogios, sinceros recuerdos, emocionadas menciones, loas encomiables... y a otra cosa. Aznar es historia, el pasado. Mayor Oreja y Vidal-Quadras, en el paquete.

Reformas y regeneración

¿Quo vadis, Mariano?, pueden preguntarse muchos de cuantos apostaron mayoritariamente por el PP. Dos años depués de la abrumadora victoria, no hay ni rastro de las reformas estructurales esperadas, ni amago del regeneracionismo público reclamado, ni pista del impulso ético requerido. Todo eso tendrá que esperar. De momento, se trata de suturar las heridas que lesionan la unidad del partido para afrontar con espíritu de victoria las elecciones.

La Convención Nacional discurre por ese sendero. Los elementos susceptibles de provocar polémica se han guardado en el cajón. Unidad y recuperación, son los eslóganes que manejará el partido desde ahora. Y viaje al centro. Rajoy, como en su día Aznar, en cuanto huele a elecciones, se aferra al arriolismo, es decir, a las líneas maestras que dibuja Pedro Arriola, el gurú demoscópico de la formación desde hace cuatro lustros.

En el centro está la solución. O al menos, los votos, piensan en Moncloa, que lo traducen electoralmente en más de un 37 por ciento. La derecha no alcanza al 15 por ciento. Esos cuatro millones de votos que abandonaron al PSOE en las últimas generales recalaron mayoritariament o en la abstención o en el PP. Y ahora están a la busca de dueño.

El arriolismo manda desfilar hacia el centro. Lo dijo el viernes Dolores Cospedal en su discurso de apertura del "jamboree" del PP. "Somos un partido de centro...derecha". Lo de derecha, con la boca pequeña. Tres de cada cuatro votantes de la derecha española lo hacen al PP. Esos están asegurados. Habría ahora algún riesgo de fuga hacia Vox, la nueva fuerza liderada por veteranos militantes del partido. Pero en Moncloa no se considera tal riesgo, ni siquiera para las europeas, tan abstencionistas. Otros analistas apuntan que el partido de Vidal-Quadras podria arrancarle diez escaños del PP en unas generales.

Cataluña y las víctimas

El centrismo exige apartar del camino los elementos que provoquen ruido o discrepancia. Así, el desafío soberanista catalán se desvía hacia un puro debate de financiación, con las balanzas fiscales de Montoro como estrella. Nada de confrontación radical ni de broncas. En el 'problema vasco', el PP de esa comunidad de dispone a cerrar la etapa de Mayor, de María San Gil, de Ortega Lara, de Gregorio Ordóñez, de Miguel Ángel Blanco y abrir la puerta a entendimientos con PNV y PSE. La renovación la lidera Arartza Quiroga. El sábado se palpó en Valladolid la nueva era. Un homenaje de compromiso a las víctimas y... a otra cosa.

Los dos proyectos más ideológicos del partido se atascan o descarrilan. La nueva ley de Eduación conducida con empeño por el ministro Wert, primero fue diluida en el asunto de las lenguas y de materias troncales para quedar finalmente preterida y devaluada con un nuevo calendario. La reforma de la ley del aborto ha pasado a la vía muerta del Parlamento y su promotor, el ministro Gallardón, casi ha pasado a mejor vida (política). Queda aferrarse al amanecer rosa de los datos económicos, a las promesas de bajadas de impuestos y a rezar para que la EPB nos sea clemente. Con esos bueyes van a arar hasta las urnas.

"O es el PP o es la nada", afirmó contundente Cospedal en su discurso del viernes, seguramente uno de sus discursos más enjundiosos. Esa es la clave que guía ahora la relativa tranquilidad del marianismo. Frente al PP tan sólo existe la nada. Un magma amorfo y crepuscular que llaman PSOE y algunas pequeñas formaciones incipientes, algunas preñadas de futuro y otras, tan sólo, de buena voluntad y mejores intenciones. ¿Quo vadis, Mariano? cabría preguntar, llegados a la mitad de su mandato. Y quizás él mismo respondería, como en la famosa rueda de prensa: "...la segunda, ya, tal". 


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