Nacional

España y la dictadura de la corrupción

Decíamos aquí hace un par de semanas que el discurso secesionista de Artur Mas, leído en el Parlamento catalán a primeros de enero, apuntaba a las exequias del Régimen político surgido a la muerte de Franco y marcaba el final de una época, en tanto en cuanto ese proyecto separatista suponía la quiebra de la Constitución de 1978, el modelo de monarquía parlamentaria que pretendió, bajo los auspicios de la Corona, dar satisfacción a las aspiraciones de autogobierno de CiU y PNV...

Decíamos aquí hace un par de semanas que el discurso de investidura de Artur Mas, leído en el Parlamento catalán el 20 de enero, apuntaba a las exequias del Régimen político surgido a la muerte de Franco y marcaba el final de una época, en tanto en cuanto ese proyecto secesionista suponía la quiebra de la Constitución de 1978, el modelo de monarquía parlamentaria que pretendió, bajo los auspicios de la Corona, dar satisfacción a las aspiraciones de autogobierno de CiU y PNV. Lo ocurrido en este mes de enero no ha venido sino a confirmar lo dicho. Al desafío del nacionalismo catalán se ha unido la crisis terminal de la propia Corona, puesta contra las cuerdas por el escándalo Urdangarin y su esposa, Cristina de Borbón. Y como no hay dos sin tres, enero se ha despedido, tras días de intensa preparación artillera, con el estallido de la “bomba Bárcenas”. El partido que sostiene el Gobierno y el propio Gobierno, con su presidente a la cabeza, han resultado arrollados por la caligrafía contable del ex tesorero. Toda una generación de políticos manchados por el fango de la corrupción, todos hasta las orejas de mierda. España y la tormenta perfecta.

El final del Régimen viene marcado por tres historias paralelas: Cataluña, la Corona y el partido del Gobierno. Tres casos de corrupción al por mayor. Lo decía el Süddeutsche Zeitung el pasado 24 de enero: “la clase política española sabe repartir dinero, pero nunca ha aprendido a generar riqueza. Lamentablemente, no cabe imaginar que unos políticos con esta mentalidad sean capaces de sanear un país en peligro de quiebra. Para que eso sea posible tiene que crecer una generación que, desde la indignación, desarrolle otra compresión de política de partido. España necesita nada menos que una segunda transición”. Dictadura de la corrupción. En eso ha devenido aquel país que hace más de 30 años fue capaz de ganarse la admiración de medio mundo con una transición pacífica desde la dictadura hacia una teórica democracia parlamentaria, tras la sombra ominosa de una guerra civil que dejó muchos miles de muertos sobre las cunetas. Remedando la pregunta que se hacía Zabalita, el personaje de Conversación en La Catedral, referida a Perú, cabría decir aquí: ¿y cuándo se jodió España?

Con Aznar en el poder, la abundancia de dinero en la calle enterró cualquier posibilidad de reforma

No es hora de hacer recuento detallado del camino de perdición que nos ha conducido a este Gólgota, asunto, por otro lado, aludido aquí en numerosas ocasiones. Sí está claro que la corrupción a gran escala empezó con Felipe González. Su última legislatura, iniciada en junio de 1993, terminó en una explosión de escándalos a cual mayor que condujo al adelanto electoral de marzo de 1996 y a su derrota a manos de José María Aznar. Es evidente que el país hubiera agradecido entonces una vuelta de tuerca democratizadora para ajustar las piezas de una Constitución sobre la que, en 1978, pendía la amenaza de la rebelión militar, para, entre otras cosas, haber devuelto a la Justicia la independencia que el bribón sevillano le había arrebatado. Nada se hizo. Pudo hacerlo Aznar y tampoco. Lo que sí hizo el PP fue endosar en nombre de la derecha democrática el pacto no escrito establecido por el felipismo entre la clase política y la elite económico-financiera, una pequeña oligarquía decidida a enriquecerse a manos llenas contando con la ausencia de controles democráticos y con un sistema judicial domesticado. La carrera hacia el enriquecimiento ilícito la había iniciado ya a finales de los setenta el propio Monarca, titular hoy de una  fortuna que The New York Times ha cifrado en 2.600 millones de dólares. La contrapartida iba a consistir en el ensanchamiento de las clases medias y el mejoramiento del nivel de vida colectivo, fenómeno que se hizo posible tras la recuperación del crecimiento a partir de 1995 y que alcanzó su paroxismo con la burbuja inmobiliaria. Con Aznar en el poder, la abundancia de dinero en la calle no solo enterró cualquier posibilidad de reforma y amejoramiento de la pobre calidad de nuestra democracia, sino que hizo de la corrupción el medio de vida de instituciones, sindicatos y partidos, y desde luego de decenas de miles, cientos de miles de españoles.

Cuando las aguas de la abundancia ficticia comenzaron a retirarse, hace de esto ya más de cinco años, sobre el lecho de la ría quedaron al descubierto y entre el fango las miserias de un sistema prematuramente agostado, democráticamente pobre y profundamente corrupto. La herencia de esos años apresuradamente descritos se ha concretado en la mayor crisis política ocurrida en España desde la muerte de Franco, crisis terminal, al estilo de las grandes crisis históricas que, como la del 1898 -año de la pérdida de Cuba y Filipinas- sacuden cada cierto tiempo España hasta dejarla tiritando de ira y miedo. Situación de metástasis absoluta. Todo está infectado. A diferencia de otras crisis, no hay ahora una sola institución sana a la que los ciudadanos puedan aferrarse para imaginar una salida digna, una luz de esperanza al final del túnel. Todo está corrompido, empezando por la propia Jefatura del Estado. No queda nada sano.

¿Rajoy?, bien; ¿Sus explicaciones?, claramente insuficientes

Tenía razón cierto dirigente popular cuando, mohíno tras los resultados de las generales de 2008 que apalancaron en el poder al estulto Zapatero, se lamentaba de la falta de estímulos en la dirección del PP para promover reformas radicales del sistema y del propio modelo de partido. Argumentaba el susodicho que Mariano vivía en el mejor de los mundos con su estatus de jefe de la oposición, tarjeta de crédito, coche con chófer, honores, dinero, “sí, dinero, porque en el partido hay mucho dinero, mucho sobresueldo”, de manera que ese estilo de vida acomodado, que, por otro lado, no requería la asunción de un solo riesgo, suponía la ausencia total de motivación para abordar cualquier mejora, tanto para el país como para el partido, y sí, en cambio, coadyuvaba al plácido sesteo al frente de una organización anquilosada, dominada por el caciquismo provincial más rancio, los Baltar de turno. El Rajoy de la primera legislatura ZP fue incapaz de regenerar un partido que ya lo estaba pidiendo a gritos (luego nos daría, por toda explicación, que había heredado en Génova un equipo que no era el suyo), lo que explica que muchos votantes de la derecha centrada no le votaran en 2008: simplemente no se podía votar a la derecha caciquil y corrupta de los Camps y Compañía.  

Rajoy habló en presente, defendiendo sólo a la actual dirección. ¿Tendrá que matar a Aznar para salvarse él?

Con un PSOE destrozado, ni siquiera la mayoría absoluta ha logrado enmascarar la oquedad de una organización sin más ideología que el usufructo del poder. El diario El País ha hecho correr la especie de que dispone de información bastante para dinamitar el partido. “Esto es la liquidación del PP”, asegura un prohombre de la derecha. La única posibilidad de salvación, plagada de riesgos, cierto, que antes de la comparecencia del Presidente se vislumbraba consistía en dar gallardamente la cara, salir a la palestra y cantar la gallina, reconociendo los errores cometidos, “porque si Rajoy se enroca, está muerto: antes o después se lo llevará la ola”. Rajoy habló. La imagen personal que ayer transmitió puede que haya sido suficiente para calmar la ansiedad de la fiel infantería popular, pero sus explicaciones resultaron claramente insuficientes. Habló en presente, defendiendo sólo a la actual dirección. ¿Tendrá que matar a Aznar para salvarse él? Negó tajantemente haber cobrado en B, pero no aludió a los sobresueldos, porque todos sabemos que será muy difícil probar que esos sobres provenían de dinero negro, ya que quienes lo dieron y quienes lo recogieron nunca lo admitirán. Estamos ante una probatio diabolica tanto de cargo como de descargo, que, a falta de nuevas evidencias, dejará abierta de par en par la puerta de la sospecha.    

El escándalo Bárcenas apunta a la incineración de una generación de políticos del PP, y convoca a la necesidad inaplazable de refundar el partido. Refundar el PP y hacer lo propio con el PSOE, claro está. Toda la vieja guardia crecida a la sombra del bigotito de Aznar está quemada, tras arder en la hoguera de la corrupción colectiva. Se salva, o tal parece, Esperanza Aguirre, cuya edad y situación personal la inhabilitan para mayores empresas. Y se libra de la quema, atención, el gran Alberto Ruiz-Gallardón, un personaje sometido hoy a estrecho escrutinio en las filas de la derecha, un tipo objeto de todas las sospechas, cuya relación con el FGE, Torres Dulce, es de sobra conocida, aunque mucho menos que la estrechísima y fraternal amistad que mantiene desde siempre con el grupo Prisa y, sobre todo, con el periodista que dirige el escuadrón investigador de El País.

¿Qué diseño de país queremos darnos?

Refundar PP y PSOE, y abrir un proceso constituyente capaz de diseñar un futuro de libertad y prosperidad para este país, bajo el imperio de una Ley igual para todos, banqueros incluidos. Ese debería ser el horizonte de un país sensato, habitado por ciudadanos libres y dueños de su destino. Por desgracia, sabemos de sobra que nuestras elites políticas y financieras, con el respaldo de la UE y en particular de Alemania, perseverarán en la mentira hasta que la marea de la protesta social les obligue a claudicar. En pleno hundimiento, la pregunta que millones de españoles se formulan ahora es de este tenor: ¿Qué hacemos para librarnos de ésta? ¿Dónde está la salida de incendios? ¿Qué diseño de país queremos para los próximos treinta o cuarenta años? La tarea se vuelve particularmente complicada cuando reparamos en que la crisis política viene, además, acompañada de la mayor crisis económica de nuestra reciente historia. Y en que no será posible salir de una sin resolver la otra, y viceversa, porque no hay posibilidad de construir una economía moderna sin una democracia que funcione, como tantas veces aquí se ha dicho.

Hay quien habla de un Pacto de Estado, lo que en el fondo equivale hablar de un gran pacto social, que debería estar encabezado por el presidente del Gobierno y el líder de la oposición para, primero, salir de la crisis y, después, abordar los cambios constitucionales pertinentes. Quienes, sin embargo, creen que ambos personajes, como los partidos que representan, están amortizados, no ven otra solución que el nombramiento de un tecnócrata, al estilo Monti, para encabezar esa tarea. A día de hoy y tras la comparecencia de Rajoy de ayer, es importante resaltar que no podemos dejarnos arrastrar víctimas de la desesperanza y mucho menos de la desesperación. Los ciudadanos concernidos con la necesidad de buscar un futuro mejor para España son legión, familias enteras que en el almuerzo de hoy volverán a hablar de lo mismo, a preguntar, a proponer, a alentar… Conscientes todos de que la respuesta no puede ser la algarada, y de que la solución tiene que salir de la política, en otra política, de otra clase de políticos. Y de la regeneración de los viejos valores de la honestidad, el esfuerzo y el trabajo bien hecho, lo que implica, de una vez por todas, desalojar a los corruptores de sus covachuelas y derribar la dictadura de la corrupción que se ha adueñado de España.


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