El titular de Exteriores no atiende la estrategia de Moncloa

Margallo rompe la unidad en el Gobierno y se alinea con los partidarios de reformar la Constitución

No hay fisuras en el Gobierno sobre la reforma de la Constitución. Unidad absoluta en el rechazo. Salvo García-Margallo, quien en foros privados se suma sin titubeos a la necesidad de modificar la Carta Magna.

El ministro de Exteriores José Manuel García-Margallo.
El ministro de Exteriores José Manuel García-Margallo. GTres

García-Margallo es el único ministro que se permite saltarse el libreto establecido desde el Gobierno sobre el reto soberanista catalán. Su estrecha y antigua amistad con Mariano Rajoy le da bula para saltarse la estrategia que emana de la Moncloa y emitir alegremente todo tipo de opiniones sobre un asunto tan controvertido. De esta forma, en las últimas semanas el titular de Exteriores se ha mostado partidario de revisar la Carta Magna, tal y como propugnan los defensores de la llamada 'tercera vía', en la que se sitúan fundamentalmente el PSOE y sus acólitos mediáticos, firmantes del denominado 'manifiesto de Gijón'.

Evitar confusiones

A escasas horas de que se produzca el encuentro entre Mariano Rajoy y Artur Mas, la opinión del Gobierno es firme, unánime e inamovible en este asunto. La Constitución no es intocable pero antes de abrir cualquier tipo de negociación sobre su reforma hay que contar con un consenso mayoritario y sólido. Además es preciso saber perfectamente qué es lo que se quiere reformar, algo que ni Pérez Rubalcaba en su momento, ni Pedro Sánchez ahora, han sido capaces de determinar. Mientras tanto, de este asunto mejor no hablar, para evitar confusiones. Mariano Rajoy ha dejado muy claro este punto en numerosas ocasiones, igual que lo hace cada viernes la vicepresidenta del Gobierno, Sáenz de Santamaría, que fatiga este discurso con empeño y paciencia, para no dar lugar a equívocos.

García-Margallo es de otro criterio. Y lo expone en conversaciones privadas e incluso cuando se reúne con determinados interlocutores de Cataluña, bien sean empresarios o líderes de opinión. Esta actitud ha producido enorme malestar en Moncloa, donde se maneja este asunto con prudencia y sigilo.

El éxito de la Diada

Pero las instrucciones que emanan del núcleo duro del Ejecutivo no cuentan para Margallo. El titular de Exteriores ya dio la nota cuando elogió el éxito y enorme nivel de organización de la 'cadena humana' organizada por la ANC, un moviminto ciudadano de corte independentista sufragado con dinero público. Aquellas desafortunadas palabras molestaron enormemente a sus compañeros de Gabinete.

Poco a poco, Margallo se ha ido convirtiendo en una especie de portavoz permanente sobre la cuestión catalana. No ahorraba comentario alguno incluso cuando se encontraba de visita oficial en puntos recónditos del planeta. Bien es cierto que Exteriores ha trabajado con ahínco para trasladar a las cancillerías europeas la postura del Ejecutivo español sobre el asunto y ha cortado las alas a las pretensiones del presidente de la Generalitat de ser recibido por distintos gobiernos de la UE. Ese trabajo ha resultado impecable, al igual que el informe sobre los riesgos económicos para una Cataluña independiente, que quedaría excluida de la Comunidad Europea, del euro y de la OTAN. El equipo de Exteriores, en este sentido, ha realizado una labor intensa y muy eficaz para desmontar las mentiras y falacias de la Generalitat.

'Vagar por el espacio'

Una declaración unilateral de independencia "obligaría a Cataluña a vagar por el espacio sin reconocimiento internacional alguno ya que quedaría excluida de la UE durante siglos", manifestó en su día el titular de Exteriores, en línea con la postura oficial del Gobierno. Pero acto seguido habló de que "el derecho a decidir se ejerce siempre dentro de la norma", incurriendo en un error grave ya que es sabido que el derecho a decidir no existe en el derecho internacional. Sólo existe el 'derecho de autodeterminación', no reconocido, por supuesto, en nuestro ordenamiento constitucional ni en el de los países comunitarios.

Con similar criterio aborda ahora García-Margallo la posible reforma de la Constitución, tema clave del momento. Sin otros argumentos que esgrimir en la polémica, el PSOE se ha aferrado a esta posibilidad con la pretensión de ofrecer un discurso sobre Cataluña distinto al del PP. Mariano Rajoy está convencido de que ni es el momento ni son las formas. Una reforma de la Constitución improvisada tan sólo para dar satisfacción a los secesionistas catalanes sería un desafuero. Y una necedad porque es bien sabido que a ERC le importa más bien poco la reforma de la Carta Magna. Pretende la independencia, sin componendas ni medias tintas.

El rechazo a abrir ahora la tarta de la reforma Constitucional es unánime en el Gobierno. Con la exótica excepción del titular de Exteriores que parece haber modificado su criterio en este asunto y ahora se alinea con quienes argumentan que esta es la única salida. Así lo asegura en sus charlas y en conversaciones formales e informales. Una actitud que produce enormes enfados y algún que otro quebradero de cabeza en Moncloa.


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