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Nin o la muerte del hombre impaciente

Hace falta valor, hace falta valor, ven a la escuela de calor, decía la canción que en los ochenta cantaba Radio Futura. Hace falta valor, mucho valor, para enfrentarse en España a los grandes capos que desde el principio de los tiempos dirigen las empresas del Ibex como si de cortijos de su propiedad se tratara.

Juan María Nin (izda.) junto a Isidro Fainé en la presentación de resultados 2011 de La Caixa
Juan María Nin (izda.) junto a Isidro Fainé en la presentación de resultados 2011 de La Caixa GTRES

Hace falta valor, hace falta valor, ven a la escuela de calor, decía la canción que en los ochenta cantaba Radio Futura. Hace falta valor, mucho valor, para enfrentarse en España a los grandes capos que desde el principio de los tiempos dirigen las empresas del Ibex como si de cortijos de su propiedad se tratara. A veces lo intenta el número dos, pero son pulsos timoratos, cobardes de necesidad, que terminan con la cabeza del regicida en el saco de cuero que el verdugo solía colocar al pie de la guillotina. La de Juan María Nin, 61, ha terminado en el cesto de los sueños rotos. Tan convencido andaba de su valía quien en 2007 desembarcara del Sabadell con la vitola de heredero de Isidro Fainé, 72, en el imperio Caixa, tan alto concepto atesora de sí mismo, tan seguro de estar llamado a presidir la entidad en su condición de gran experto en la gestión de la red, que este barcelonés tan educado como duro, soberbio incluso, acabó perdiendo la paciencia harto de esperar. La historia del heredero que se jugó su reino en el último envite, aunque bien cierto es que Fainé jamás le dijo aquello de “algún día todo esto será tuyo” desde lo más alto de la torre negra de la Avenida Diagonal.

Se suponía que terminaría siéndolo, cierto, aunque solo después de años de trabajo duro y paciencia franciscana. A Nin le ahogaron las prisas. Los desacuerdos puntuales sobre aspectos concretos del negocio se fueron transformando con el paso del tiempo en una abismal diferencia cultural, una visión del mundo imposible de armonizar. La Ley Guindos que en octubre de 2013 supuso el final de las Cajas tal como las hemos conocido fue un duro golpe para él, en tanto en cuanto pareció condenarle a la gestión de CaixaBank vetándole el acceso a los dos escalones superiores de la nueva estructura, la Fundación Caixa –primer accionista del banco- y Criteria, ambas ocupadas por los galones de Fainé. Los nervios llevaron al número dos a hablar más de lo debido, a largar de lo lindo, sobre todo en los cenáculos de Madrid, donde mucha gente, sus antiguos colegas del Hispano entre otros, estaba al tanto de la guerra sorda que se libraba en las alturas. “Que si esto es un desastre, que si así no se hacen las cosas, que si está mayor…” Todas las cuitas, o casi, llegaban puntuales a oídos de Fainé, el hombre con la mejor red de informadores del país: “anoche cené con Nin y mira lo que me dijo…” La ruptura terminó por cristalizar en el ambiente enrarecido de esas críticas de casino de provincias: “Ah, o sea que, además, desleal…”

Nin sólo gano una guerra en sus 7 años en La Caixa. Su negativa a aceptar la absorción del Popular

Nin solo ganó una guerra, que se sepa, en sus 7 años de lugarteniente en La Caixa. Fue su negativa a aceptar el empeño de Fainé por prestar cristiana sepultura al Banco Popular mediante una fusión por absorción, algo a lo que el primero se opuso porque, en su opinión, eso supondría una concentración brutal del riesgo en un mercado tan saturado como el español, eso era poner aún más huevos en la cesta de un negocio con un margen de intermediación muy estrecho, con una red de oficinas sobredimensionada y atendida por una plantilla muy cara (como corresponde a la filosofía de las Cajas), ello por no hablar de las dudosas inversiones efectuadas en el exterior o de las necesidades de capital impuestas por las nuevas normas de Basilea III. Nin se salió con la suya pero desaprovechó la oportunidad de dar un puñetazo sobre la mesa, como le aconsejaban algunos amigos, “haz algo, no te quedes parado”, tal vez porque en el fondo nunca creyó acabar derrotado, hasta que Fainé, después de aguantar una semana físicamente mermado, tan dura resultó la decisión, optó por cortar por lo sano. Se lo comunicó el jueves 26 de junio, en un desayuno celebrado en la plata noble, la 23, en la sede de Avenida Diagonal 621, “te tienes que ir, he pensado que es lo mejor para todos”. Se va con 14 millones (seis veces su salario y otras bagatelas) en el bolsillo y además acepta 500.000 euros anuales por asistir a tres Consejos de Administración, se calla un hombre rico que no necesita dinero, la cobardía de los recios ejecutivos hispanos, la ausencia de arrestos de aquellos a quienes sobra dinero pero falta sentido del honor, incapaces del gesto de gallardía de irse a casa, con las espaldas más que cubiertas, la autoestima de saberse libres, y la tranquilidad, si les peta, de poder decir esto es lo que ha pasado, señores míos, juzguen ustedes.

La Caixa se resiste a ser un banco

Juan María Nin estaba convencido de ser el presidente natural, el banquero idóneo para la “vieja dama” de la Diagonal y casi con seguridad lo hubiera sido de no haber resultado víctima de su impaciencia. Su salida ("he cumplido con mi deber; he dado mucho y también he recibido mucho de Caixa. Me voy con una gran paz interior"), con todo, deja al descubierto flecos que apuntan a una vuelta de la entidad a sus orígenes, una cierta resistencia, si no abierta negativa, a perder su condición de Caja y aceptar el sino de unos tiempos que le obligan a convertirse en banco bajo la presión de Bruselas, de la Ley Guindos y de los pecados mortales de un sector que ha costado al erario público decenas de miles de millones. Un regreso a las raíces y, naturalmente, un volver a anudar los lazos que siempre tejieron los vínculos entre Caixa y sociedad civil catalana, entre Caixa y catalanismo, entre Caixa y Generalitat. ¿Ha jugado algún papel el Govern en la salida de Nin? ¿Algún compromiso adquirido por Fainé con el Gobierno central a cuenta de lo que se nos viene encima en otoño?

Para los capitanes de empresa, contar con un número dos es un auténtico incordio

La salida del vicepresidente y consejero delegado de CaixaBank hasta el lunes 30 es, más allá de lo apuntado, un ejemplo más de un mal muy extendido en el Ibex 35. Las grandes empresas y bancos son concebidas en la mente de los grandes capos como predios privados en los que uno se instala y del que solo lo desalojan con los pies por delante, como en las viejas monarquías absolutistas. La cosa consiste en rodearse de un Consejo a la medida, fieles adeptos a la causa del presidente, gente espléndidamente pagada que estará dispuesta a matar por defender a capa y espada el sillón del amo. Como los jefes se hacen mayores, porque el tiempo no se puede comprar y los años pasan tanto para el que duerme entre sedas como para el que pesca en ruin barca, lo que suelen hacer los jefes es modificar los estatutos sociales a conveniencia para prorrogar su mandato. Una cosa más que hacen y muy importante: tener siempre amigos en el Gobierno, si es el propio presidente mejor que mejor, pero en todo caso buscarse apoyos en el entorno de Moncloa, guardarse las espaldas, saber con antelación que el BOE no nos deparará ninguna sorpresa. Moncloa y La Zarzuela. Nuestros grandes capos han desfilado todos por Palacio para rendir pleitesía al nuevo Rey y albardar sus tapias con una ristra de mullidos consejos.

Para nuestros capitanes de empresa, la necesidad de contar con un número dos es un auténtico incordio, una desgracia inevitable con la que hay que lidiar de la mejor manera posible. En general, escogiéndoles entre los dóciles, los manejables. Y si el número dos sale rana, levanta mucho la cabeza y se convierte en un peligro, machetazo en el coco y a la puta calle. A por otro. Nuestra historia empresarial está plagada de episodios de este tipo. Gente muy notable que se quedó a mitad de camino, después de haber dedicado lo mejor de su vida a engrandecer la obra del gran jefe, del vitalicio número uno. Todos, eso sí, se han ido con el riñón bien forrado, porque al jefe no le duelen prendas, no paga de su bolsillo, que los silencios se compran con la pasta de la compañía. Siempre se llega a un “acuerdo razonable” (sic). Del Santander salió Alfredo Sáenz y del BBVA Pedro Luis Uriarte. Ambos, de gran categoría profesional, partieron al exilio víctimas de graves escándalos judiciales. No menos valiosos eran, son, Ángel Corcóstegui y José Ignacio Goirigolzarri, que igualmente tuvieron que abandonar BSCH y BBVA, aunque lo hicieron por decisión propia, levantaron el campo después de ver sus opciones de futuro topadas por la presencia en la cúspide de personajes como Emilio Botín, en un lado, y Francisco González, en otro. Por el camino también quedó Paco Luzón, otro alumno de la camada del gran maestro Pedro de Toledo, a quien no se le ocurrió cosa mejor que pretender jubilar a Botín y contárselo al oído de Rodrigo Echenique. Lefaltó tiempo… Caliente está aún el episodio de Nin, también puesto en la calle tras haberse convertido en un peligro, un incordio para el jefe Fainé.

Sólo manda uno; los demás, comparsas

Ahora que un fantasma recorre España, después de que Juan Carlos Rey haya hecho una de las pocas cosas sensatas de su larga vida, muchos grandes del Ibex se han apresurado a cambiarlo todo para que nada cambie. Antonio Brufau ha nombrado a Josu Jon Imaz como su consejero delegado en Repsol, una broma, después de haberse cepillado a Nemesio Fernández Cuesta, quien por edad, dignidad y gobierno era el mejor presidente posible de Repsol; Sánchez Galán acaba de hacer algo parecido en Iberdrola con Martínez Córcoles, un apparátchik de toda la vida que jamás molestará al salmantino. Se trata de tener a mano un consejero delegado para cuando los grandes fondos, que se están poniendo muy pesaditos con el poder absoluto de los capos hispanos, vengan de visita y pregunten, oiga, ¿y dónde está su consejero delegado? Por qué usted tendrá consejero delegado, ¿no es así? Y sí, claro que tengo, a ver, Fulano, entra y saluda a estos señores tan simpáticos, miren, este es mi número dos… Hala, Mengano, ya te puedes ir marchando. Constatación de que aquí, en el país de los presidentes vitalicios, sólo manda uno y los demás, comparsas.

Modelo poco respetuoso con los derechos de los accionistas, sobre todo minoritarios

Urgido por los fondos, hasta el propio Florentino Pérez acaba de conceder que sí, que hará consejero delegado al bueno de Marcelino Fernández, pero que será en 2016 y ya veremos… Mientras el incombustible Villar Mir, prodigio de la naturaleza con 86 años de incansable trajín, se ha buscado un número dos de cartón piedra en Josep Piqué. Ya antes de la abdicación, FG había nombrado un consejero delegado a su medida en la persona de Ángel Cano, mientras Botín elevaba a los altares a un chico de su absoluta confianza, Javier Marín, cuya misión, entre otras cosas, es servir de pista de aterrizaje de Ana Patricia Botín en la presidencia si los mercados finalmente consintieran con esa banca dinástica que pretende don Emilio. En el Popular, en fin -de nuevo los fondos, el coñazo de los fondos-, Ángel Ron ha tenido a bien nombrar un consejero delegado semiclandestino, un tal Francisco Gómez a quien alguno en el sector apoda “el FG pobre”. 

La lista de fazañas de nuestros capitanes de empresa podría alargarse. Este es el modelo, pernicioso en grado sumo, escasamente respetuoso con los derechos de los accionistas, sobre todo minoritarios, proclive a todo tipo de abusos, naturalmente dinerarios, que explica cosas como esos bonus que se reparten en las cúpulas al margen del desempeño de la cuenta de resultados, o esas indemnizaciones escandalosas con las que se han premiado los señores de las Cajas quebradas. Estructuras con el poder concentrado en un par de manos, con un Consejo de amiguetes bien pagados y una Junta General que es apenas un mal rato que hay que pasar una vez al año, pero a la que se ningunea a conciencia. El esquema se sostiene con la ayuda de unos medios de comunicación dependientes al 100% de los ocho o diez grandes señores del Ibex, y naturalmente de los buenos oficios que en materia fiscal y de competencia (ausencia de) esperamos recibir del Gobierno a cambio de los buenos dineros que damos al partido del Gobierno y a los de la oposición. Y así vamos tirando, chapoteando en la incómoda corrupción de todo y de todos. Es la democratización, esa asignatura pendiente también en la gran empresa española.


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