Once de la mañana de un día cualquiera en la frontera con Gibraltar. Cientos de vehículos destartados hacen cola para entrar en la colonia. ¿Turistas? No. Traficantes de tabaco. Algunos apagan el motor y empujan el coche en la cola. “Si no, no les sale a cuenta el dinero que ganan con la gasolina que gastan”, explica la policía. Dentro se provisionan en el parking Frontera. A plena luz del día preparan el vehículo para pasar la frontera de vuelta. Esconden el tabaco en los bajos, en el salpicadero, dentro de los asientos... Rinconete y Cortadillo, unos aprendices. La policía británica mira para otro lado. No es su problema.

La lotería es el control de salida. Si logran burlar los controles llevan encima miles de euros para un ‘buen pasar’. Además, el mismo coche les permite distribuir la mercancía fuera del campo de Gibraltar. Algunos llegan a Jerez, otros a Sevilla o Málaga. E incluso hay quien llega a Madrid o Barcelona. El viaje lo vale.

La alternativa son las mafias de distribución ilegal. Obviamente, el rendimiento es menor, pero permite entrar y salir más veces. “Si te fijas en las caras de los que entran en media hora te los encuentras saliendo”, reconoce uno de los policías de frontera. Dicen que en La Línea hay dos pisos francos para almacenar y distribuir. Fuera de la frontera hay grupos que recogen la mercancía con absoluto descaro, como si fuera el mercado. Incluso hay quien afirma que la mercancía está ya pagada dentro. Sólo necesitan a las ‘mulas’ que entren y salgan unas cuentas veces.

Camisetas sucias, pelo revuelto

En la frontera, tráfico abultado de personas. Muchos entran a pie. Otros en bicicleta. Algunos entran y salen tantas veces que ya llevan el DNI colgado del cuello. Como si fuera la tarjeta de su empresa. La pinta no es de turistas. Chanclas roídas, camisetas sucias, pelo revuelto. Alguno entra hasta descalzo. Las bicicletas se caen a trozos. “El otro día entró una con una bicicleta con la rueda pinchada”, relata un policía. ¿Y eso? “Total, saben que si les pillamos, les vamos a incautar el vehículo”.

En la frontera, cientos de bicicletas correosas decomisadas por la policía española. También decenas de vehículos acumulando polvo. La ley establece que en caso de tráfico ilegal hay que interceptar la mercancía ilegal y decomisar el vehículo. Para recuperarlo hay que pagar la multa. Muchos optan por dejarlo morir. Quizás lo puedan recuperar en la subasta pública que mandata la ley. Pero por si acaso los coches de los traficantes son ‘anti-ITV’.

El detenido no se ve afectado porque al ser insolvente no pagará la multa. Tan sólo exige la copia e la denuncia para "justificar ante el jefe de la mafia"

Curiosamente no hay gran oposición. Los frenos policiales son vistos como mermas con las que cuenta el negocio. El detenido no se ve afectado porque al ser insolvente no pagará la multa. Tan sólo exige copia de la denuncia “para poderla justificar ante el jefe de la mafia”, explican en la policía. Y vuelven a entrar. No aparecen por la zona turística porque no lo necesitan. Poco después de cruzar la frontera, incluso antes de cruzar el aeropuerto ya nos encontramos el primer ‘estanco’. Ahí se aprovisionan escondiendo los paquetes donde pueden. En el estanco varias bicicletas. ¿Las alquilan?, pregunto con ingenuidad calculada. Una mirada agresiva me responde monosilábicamente: “no”. Obviamente es el ’puerto’ logístico de los chancleteros. Bicicletas incluídas. La policía gibraltareña está a escasos metros. Mira para otro lado.

No es su problema. ¿Es nuestro problema? Apenas el 8% del tabaco consumido en la provincia de Cádiz es legal. En La Línea han cerrado la mayoría de los estancos. En Gibraltar el tabaco cuesta la mitad y el alcohol cerca de un tercio. Y tan sólo hay que cruzar unos metros. Un negocio de rotación y de margen. Tan sólo hay que burlar el control y tener a un ejército de insolventes dispuestos a cruzar. Lamentablemente en la zona no faltan. Es el día a día de miles de familias: entrar, esconder y salir. Pueden llegar a ganar hasta 150 euros diarios limpios de impuestos. Todos lo saben. Pero nadie hace demasiado. ¿Frenaría la polémica tasa el trasiego de tabaco ilegal?


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