Nacional

Un día en la vida de un catalán no nacionalista

Para un profesional liberal que en Barcelona se gana bien la vida, levantarse hoy contra el diktat del independentismo cuando el propio Estado ha hecho mutis por el foro, tras levar anclas de aquella tierra hace mucho tiempo, es casi un acto de heroísmo que desde luego le asegura una existencia diaria más que azarosa francamente jodida.

El presidente de la Generalitat Artur Mas con el coordinador del Pacto Nacional por el Derecho a Decidir, Joan Rigol, y la presidenta del Parlament, Núria de Gispert.
El presidente de la Generalitat Artur Mas con el coordinador del Pacto Nacional por el Derecho a Decidir, Joan Rigol, y la presidenta del Parlament, Núria de Gispert. EFE

“Una reunión muy relajada. La primera sorpresa fue comprobar que el presidente está al tanto del lío catalán, conoce perfectamente el tema, se sabe la historia de Cataluña de forma pormenorizada, hasta el punto de que habla de protagonistas de segundo nivel de esa historia que pocos catalanes conocen, y desde ese punto de vista me sorprendió, la verdad, porque yo tenía la imagen del Rajoy poco informado, indolente, con un discurso pasado de moda, y no, desde luego que no es así. Y, naturalmente, le encontré también muy preocupado con Cataluña”. Quien así se manifiesta es uno de los representantes de Societat Civil Catalana (SCC) -una agrupación de ciudadanos libres que, desde posiciones ideológicas diversas, se oponen a la deriva independentista de Artur Mas-, que el lunes fueron recibidos por Mariano Rajoy en Moncloa. Para un profesional liberal que en Barcelona se gana bien la vida, levantarse hoy contra el diktat del independentismo cuando el propio Estado ha hecho mutis por el foro, tras levar anclas de aquella tierra hace mucho tiempo, es casi un acto de heroísmo que desde luego le asegura una existencia diaria más que azarosa francamente jodida.

Lo de menos es ser tildado de “quintacolumnista”, “nube tóxica” y otras lindezas parecidas. Lo peor es perder tu empleo y arruinar tu vida. La empresa en la que trabaja uno de los promotores de SCC empezó a recibir emails con mensajes insultantes contra “un mal catalán”, “un fascista español que busca el hundimiento de Cataluña” y cosas por el estilo. Los sigue recibiendo por decenas. La gerencia le llamó para plantearle su preocupación por el daño que pudiera sufrir la marca. Le pidió prudencia. El aludido conserva su trabajo, pero la espada de Damocles de la intolerancia pende sobre él. Otro de los promotores de SCC sufrió un escrache frente a su casa de una cincuentena de energúmenos que durante horas, con el visto bueno del alcalde del pueblo, le estuvieron insultando. Fascista fue lo más bonito que le dijeron. “Buscan arruinarte la vida en la doble vertiente personal y profesional, insultándote, aislándote, señalándote con el dedo. Es un comportamiento típico de mafias”. Es el mismo espacio moral en el que judíos y comunistas tuvieron que moverse en la Alemania de Goebbels. “A veces, cuando te da el arrebato, te dan ganas de que te insulten a la cara para poder defenderte, pero no, ellos te dan la espalda y luego te marcan como enemigo de la causa. Hacen algo peor: te condenan a la muerte civil, porque si no eres nacionalista no eres nadie, bueno, eres algo peor que nadie, eres un enemigo del pueblo catalán, un facha, un tipo a exterminar civilmente”.

Al catalán no nacionalista la única vía de existencia que le queda es cerrar la boca y tratar de pasar desapercibido

De modo que al catalán no nacionalista la única vía de existencia que le queda es cerrar la boca y tratar de pasar desapercibido. Confundirse con el paisaje. Como cuando, durante el franquismo, nuestras madres, asustadas, nos decían aquello de “hijo, no te metas en política” porque intuían en ti cierta desafección al régimen. No te metas. Porque si te metes y te señalas, entonces corres el peligro de perder tu empleo y arruinar tu vida. Ellos se encargarán de que así sea.  Ni una voz discrepante en la atronadora uniformidad de un nacionalismo que cuenta con todos los medios de comunicación en la tarea de construir una sociedad impermeable a la diversidad. Es el coro de la comunidad de los iguales que condena la discrepancia y la castiga con la muerte civil. Lo de TV3, el órgano oficial de propaganda del régimen de la estelada, es de aurora boreal. La misma medicina, a todas horas, recetada por las gentes de ERC que con mano férrea controlan la cadena. Más difícil de entender es el alineamiento de los dos grandes diarios de prensa, El Periódico y La Vanguardia, medios de propiedad privada con intereses en todo el país, con las  tesis nacionalistas. Pilar Rahola, asesora y hagiógrafa de Mas, tildaba este miércoles en La Vanguardia de “anticatalanes” a los miembros de SCC. Si cuestionas el mensaje de la tribu, si abandonas la tribu, la tribu te castiga, porque no eres un buen catalán, aunque hayas nacido en Mollerusa. Así de simple, terrible y efectivo es el espacio moral que hoy se respira en Cataluña.

Un censo de “buenos catalanes” independentistas

La Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural, las entidades que infiltradas hasta el último rincón de Cataluña lideran el proceso separatista con dinero de la Generalitat, es decir, del Estado español, se disponen a elaborar “una base de datos de 2,5 millones de personas que afirmen que votarán sí [en el referéndum secesionista de] el 9 de noviembre”. Un censo de “buenos catalanes” independentistas. La Generalitat ha recortado el gasto social en todos sus rubros, pero para la aventura de la secesión hay dinero a trote y moche, naturalmente siempre al margen de la legalidad. La Generalitat, por ejemplo, mima a los corresponsales extranjeros afincados en Barcelona. “Hay una institución cercana al Govern que me paga viajes en avión a mi país, me hace regalos, me invita a comer en los mejores sitios, no sé, es una presión un poco asfixiante… La contrapartida es que publique en mi periódico un artículo favorable al derecho a decidir. Ya he avisado a mi director, pero no sé cómo escapar de este cerco”. El círculo de hierro goebbeliano. Lo denuncia la corresponsal de un diario anglosajón de primer nivel. La misma labor se lleva a cabo a través de las “embajadas” catalanas en el exterior, con abundancia de dinero, porque esa es la otra parte de la historia: el dinero para destruir la unidad de España lo están poniendo los españoles.

Medios financiados también por empresarios catalanes, muchos de los cuales tienen su mercado en el resto de España. He aquí lo que dice un delirante informe elaborado por el Círculo Catalán de Negocios (CCN), una organización empresarial secesionista, que acaba de ver la luz: “El Estado español se podrá centrar en desarrollar un modelo que les permita ser viables sin necesidad de una continuada política de subvenciones europeas o el expolio de Cataluña” (…) La independencia “supondría a corto plazo la pérdida de una región rica y la reducción del PIB y del PIB per capita español, aumentaría la tasa de paro y haría crecer la prima de riesgo. La reducción de los precios comporta, en cambio, una devaluación interna que permite mejorar la competitividad vía precios. España está acostumbrada a los subsidios y recibiría más por el empobrecimiento, con lo que podría potenciar otras regiones industriales” (…) La independencia permitiría, en fin, “aprovechar España como zona de destino de turismo cultural, histórico y de pensionistas”. Frente al delirio reaccionario y xenófobo del CCN, el gran empresariado catalán calla, con ese Isidro Fainé, convertido en figura emblemática en tanto en cuanto cabeza del mayor conglomerado empresarial y financiero español, emboscado en un silencio cuya única explicación hay que buscar en el miedo, de momento solo verbal, a la violencia nacionalista.

Nada ni nadie se ha opuesto a 30 años de agitación sentimental y falso relato historicista de la nación catalana

Es el resultado del abandonismo por parte del Estado de una parte sustancial de su territorio -episodio inimaginable en un moderno Estado europeo-, de la retirada de Cataluña de la mayor parte de las instituciones, dejando el terreno abonado y abandonado al discurso nacionalista. Nada ni nadie se ha opuesto a 30 años de agitación sentimental y falso relato historicista de la nación catalana; nada ni nadie ha argumentado con un mínimo grado de eficacia contra el eslogan populista del “España nos roba” [a la familia Pujol, España no solo no les ha robado, sino que les ha hecho muy ricos] que como fruta podrida de la crisis se ha  instalado en el inconsciente de muchos catalanes; nada ni nadie se ha opuesto a la idea de la independencia como única utopía activa capaz de superar esa crisis… Nadie ha intentado hacerlo con un proyecto integrador desde el centro, un proyecto inclusivo, proyecto político pero también de regeneración moral, capaz de vertebrar el territorio de norte a sur, de este a oeste, más allá del epicentro catalán, abriendo un nuevo horizonte de convivencia entre españoles para los próximos 50 años. Solo en la medida en que ese proyecto sea atractivo se podrá luchar con eficacia contra la pulsión disgregadora de los nacionalismos, arrinconando de una vez el viejo mantra de la “conllevancia”, la convivencia resignada y fatalista con los nacionalismos que recomendaba Ortega y que es hoy un mensaje muy pobre para muchos catalanes.

España ni siquiera ha salido a jugar este partido

“Este partido lo estamos perdiendo por 2 a 0 y ni siquiera hemos salido a jugarlo”, asegura un miembro de SCC. Es lo llamativo del asunto: que España ni siquiera ha salido a jugar un partido que está obligada a ganar, porque en ello se juega su ser o no ser. ¿Cómo se ha de jugar? Haciendo lo que no se ha hecho hasta ahora. Haciendo presente al Estado en Cataluña, regresando al territorio, ocupando el territorio. Utilizando, con exquisito respeto a la ley, los recursos del Estado para identificar en Cataluña la realidad de la España democrática. Cursando, con argumentos y con medios, los mensajes adecuados, capaces de combatir con eficacia los mantras reaccionarios del nacionalismo. Resaltando las ventajas de la unidad y la solidaridad entre territorios. Un discurso dispuesto a convencer antes que a vencer, decidido a llevar el sentimiento español ahora desaparecido al corazón de muchos catalanes. Y sobre todo, proponiendo ese proyecto regenerador de nuestra democracia que, abordando las reformas políticas pertinentes, sea capaz de hacer brotar un horizonte ilusionante de convivencia.

La primera obligación, con todo, del Estado en el momento presente es defender a sus ciudadanos, escuchar y atender a los millones de catalanes que siguen sintiéndose españoles y que hoy callan por no quedar estigmatizados. Primero, aplicando la ley con todas sus consecuencias. Después, proponiendo ese proyecto político y de regeneración moral capaz de embarcar a todos los españoles. Por encima de la ensoñación nacionalista, el de Cataluña es un problema de libertades individuales, de defensa de la libertad, como lo fue en tiempos de la dictadura franquista. De nuevo los viejos, elementales principios de la libertad individual están en juego, ante el empuje narcisista y excluyente del nacionalismo y su exaltación del grupo, la tribu, el pueblo. El volksgeist del viejo nacionalismo romántico, ellos y nosotros, los buenos y los malos. El de Cataluña es un problema de libertad y de democracia, de calidad democrática, de hacer realidad esa democracia reñida con la rapiña de los Pujol y los Mas, capaz de crear un entorno de convivencia confortable para todos bajo el imperio de una ley también igual para todos.  


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