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¿Puede un ejército democrático expresarse democráticamente?

A estas alturas de la película, pocos españoles se atreverían a negar la afirmación de que el español es un ejército democrático, que como tal ha demostrado su pedigrí en numerosas misiones internacionales. Sin embargo, resulta que ahora es España la que no es democrática.

Pues no. En España, no. En España abre la boca un alto mando del Ejército y se arma la de San Quintín, que basta que el jefe del Alto Estado Mayor del Ejército (JEME) dé los buenos días en voz alta a la puerta de su casa para que se produzca un movimiento de general espanto, un griterío sordo de gente corriendo desnortada, de valientes políticos asustados que rivalizan en hacer declaraciones condenatorias, como dándose codazos camino del refugio antiaéreo –rumbo a Perpignan, los catalanes- mientras suenan sirenas de alarma. A estas alturas de la película, muy lejos ya los riesgos golpistas que empañaron el final de los setenta y principios de los ochenta, pocos españoles se atreverían a negar la afirmación de que el español es un ejército democrático, escrupulosamente democrático, que como tal ha demostrado su pedigrí en numerosas misiones internacionales bajo el mando de la OTAN y mandato de la ONU. Y bien, aquí está la gran paradoja española, o una más de ellas: tenemos un Ejército democrático, pero resulta que ahora es España la que no es democrática, o lo es a media pensión, democrática por horas, democrática de usar y tirar. La España enferma carente de auténtica calidad democrática. La pobre España en estado terminal, que parece haberse refugiado en el palacio de las Dueñas con el pulso casi imperceptible.

Parece que eso de “garantizar la soberanía e independencia” se le atraviesa a más de uno

Resulta que tenemos unas Fuerzas Armadas que resignadamente, como no podía ser de otro modo, han aceptado recortes en sus gastos anuales (el presupuesto de Defensa para 2015 asciende a 5.767 millones, con un incremento, el primero desde el año 2008, del 0.38%) y a quien la Constitución encomienda unas tareas muy concretas, muy regladas, siempre al servicio del Gobierno de turno, siempre a las órdenes del Gobierno democráticamente elegido por los españoles, y parece que esos mismos españoles, o al menos una parte muy importante de ellos a tenor del ruido que provocan, necesitan esconderlas, ocultarlas, algunos lo ansían con ardor, taparlas, como si no existieran. ¡Un Ejército en la clandestinidad! Y todo porque “las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional” (Artículo 8, apartado 1, de la Constitución.) Que es, detalle arriba o abajo, el mandato que los Parlamentos de los Estados civilizados de nuestro entorno tienen encomendado a sus respectivos ejércitos. Democráticos, claro está.

Y parece que eso de “garantizar la soberanía e independencia” y sobre todo eso de “defender su integridad territorial” se le atraviesa a más de uno, produce urticaria a muchos de los que sientan sus posaderas en las bancadas del Parlamento de la nación, naturalmente a la izquierda radical, a esa izquierda que ya no sabe para quién vendimia, entregada como está de hoz y coz en Cataluña a seguir los designios de un señorito burgués empeñado en separarse de España para no tener que dar cuentas a ningún juez español, pero también al PSOE, que sigue con su pájara histórica, sigue sin resolver qué quiere ser de mayor, qué hacer con España, lo cual que debería empezar por amar un poco a España, quererla un poquito, porque éste, incluso en esta hora en que nos duele España, es un gran país por el que merece la pena apostar. Pero lo que ya es alucinante, aterrador incluso, es que ahora son las gentes del PP, los diputados del desquiciado PP, el partido que sostiene al gallardo Gobierno que preside don Mariano Rajoy, los que dudan, vivaquean, tiritan, se mean por la pata abajo a la hora de hablar del papel de un Ejército democrático en una sociedad democrática y quieren también esconderlo, como los de IU, impedir al JEME que hable y se explique y reflexione y opine, como en cualquier país del entorno haría el jefe supremo de su Ejército, sobre asuntos de actualidad. Con total normalidad.

Herramienta del Gobierno para hacer cumplir la Ley

A esto hemos llegado. Y, ¿por qué no disolver, entonces, el Ejército, si nos avergüenza siquiera reconocer su existencia? Podríamos subcontratar en el extranjero, a nuestros vecinos franceses o marroquíes, por ejemplo, las misiones encomendadas a Defensa y de paso ahorrarnos una pasta. Cualquier cosa es posible en esta enloquecida, feble España, cobarde España a la que ni siquiera aquellos encargados de defenderla parecen estar por la labor. El jefe del Estado Mayor del Ejército (JEME), Jaime Domínguez Buj, no dijo en el coloquio –muy importante el matiz: se trataba de un coloquio- que siguió a su conferencia (“Un Ejército para el S. XXI”) nada que se saliera de la más estricta normalidad: que las Fuerzas Armadas “no son garante de nada, sino una herramienta del Gobierno para hacer cumplir la ley y la Constitución”. Que los militares “estamos preparados para intervenir en la forma que el Gobierno decida en cada escenario interior o exterior”. Y aquí hubiera terminado la procesión en cualquier país del mundo con las cuadernas bien ensambladas.

Incluso en esta hora en que nos duele España, es un gran país por el que merece la pena apostar

No en España. Porque aquí el desfile continuó a cuenta de alguna disquisición –no particularmente afortunada, como la de utilizar el término “metrópoli” para referirse al devenir de los Imperios- en la que Domínguez Buj abundó para contestar cabalmente la pregunta que le había sido formulada sobre el papel que, a juicio del JEME, deberían jugar las Fuerzas Armadas en una situación de amenaza de escisión de una parte importante de España. Nada, en todo caso, digno de escándalo de no existir en algunos la determinación de fingirse escandalizados. Decir que los procesos de desintegración de los Imperios se han producido “cuando el poder central es débil” es una obviedad de tal calibre que no habría forma de entender la Historia de la humanidad de Roma a esta parte sin esa constatación. Como obvio es reconocer que el proceso secesionista emprendido por esa burguesía barcelonesa al que se han adherido los 1,8 millones de catalanes que votaron “sí-sí” el pasado 9-N, no podría entenderse sin la crisis terminal del sistema surgido de la Transición -crisis política unida a otra económica de caballo-, sin la corrupción de las instituciones, y sin la debilidad de un Gobierno que, pese a su mayoría absoluta, de puro débil casi ni existe.

El parlamento de Domínguez Buj destila, y eso me parece lo realmente valioso de este envite, un deseo evidente de superación del trauma actual, un canto a la recuperación de los valores, una invitación a la regeneración democrática y un empeño, en suma, en que el país recobre el pulso para volver a respetarse a sí mismo, algo que queda meridianamente claro en esa apelación final a que es mejor estar juntos que separados, en ese convencimiento suyo de que los problemas se resuelven “ganándose los corazones y las mentes de los españoles”, de todos los españoles, catalanes incluidos. Por encima de la apestosa manipulación que los talibanes (con los mediáticos a la cabeza) que hoy gobiernan Cataluña han hecho de las palabras del JEME, no se me alcanza medicina más adecuada para salir del estado terminal en que se encuentra España. Algo tan importante y a la vez tan elemental, en boca de un militar demócrata, es lo que ha escandalizado a esta lamentable clase política que padecemos. Por eso ayer estuvo en su sitio el ministro de Defensa, señor Morenés, a quien no tengo el gusto de conocer: “El general Jaime Domínguez Buj tiene toda mi confianza”.


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