Este lunes han visitado la capilla ardiente del expresidente algunos de los que contribuyeron a enterrarle políticamente

Esto es España: explosión de hipocresía en el Congreso con Suárez de cuerpo presente

Si Adolfo Suárez no hubiera sido atrapado por el alzheimer hace once años, posiblemente muchos de los que este lunes han desfilado ante su féretro en el Congreso no se hubieran atrevido a hacerlo. La pérdida de memoria del expresidente facilitó a algunos ex altos cargos de la UCD que todavía gozan de buena salud el salvoconducto ideal para enmascarar el protagonismo que tuvieron en el entierro político de quien ahora quieren santificar.

Artur Mas frente al féretro de Adolfo Suárez
Artur Mas frente al féretro de Adolfo Suárez efe

Además del rey Juan Carlos, este lunes han pasado por la capilla ardiente de Adolfo Suárez nombres tan conocidos en la década de los setenta y los ochenta como los de Landelino Lavilla, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, Alfonso Osorio, Salvador Sánchez Terán, Luis Gámir, Juan Antonio Ortega y Díaz Ambrona, Rafael Calvo Ortega, José Pedro Pérez Llorca, Felipe González o Alfonso Guerra. Representan, la mayoría, a la clase política que pilotó la Transición y todos han elogiado, sin excepción, la valía de un expresidente del Gobierno que en realidad murió para la vida pública cuando el alzheimer se apoderó de su cerebro en 2003. Desde entonces, y llevan transcurridos más de 11 años, muy pocos de ellos se han acordado de él, prolongando así el aislamiento que Suárez sufrió años antes de su dimisión, en enero de 1981 y, posteriormente, entre 1982 y 1991, bajo las siglas del Centro Democrático y Social (CDS).

Rodríguez de Miñón y Landelino Lavilla, este lunes en el Congreso, fueron dos de los que más combatieron el liderazgo de Suárez desde las tripas de la UCD

Los más jóvenes, o los corresponsales extranjeros que hayan atendido estos días la despedida de Suárez, habrán concluido erróneamente que su figura era tan respetada en España como la de Giorgio Napolitano en Italia y, tal vez, que si no hubiera sido por su desmemoria podría haberse convertido en una especie de jefe del Estado bis, en una referencia moral de primer orden para el país ahora que vienen mal dadas para la Corona. Sin embargo, muchos de los políticos que este lunes han paseado por el Congreso para honrar sinceramente al desaparecido o, sencillamente, para chupar cámara, saben que no fue así y que sería una irresponsabilidad escribir la historia con los renglones torcidos.

Ejemplos hay muchos. Para Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, el legado de Suárez “permanecerá siempre” y será recordado como uno de los “hombres más importantes de la historia de España” tras Cánovas del Castillo. Herrero ha destacado la capacidad de Suárez para “fraguar un gran consenso nacional que trajo la democracia a España”, mérito que hará que “permanezca anclada su figura aunque haya muerto”. “¡Ay del pueblo que no supiera conservar tales figuras!”, ha llegado a exclamar, después de acentuar la empatía con la que Suárez fue capaz de alcanzar acuerdos de Estado con unos adversarios políticos “a los que nunca consideró rivales”. El expresidente del Congreso Landelino Lavilla ha enfatizado también estos perfiles de Suárez. A su juicio, fue un presidente “mucho más cabal de lo que nadie pueda pensar” en la forma en la que gobernaba, dirigía, y resolvía. “Yo estoy orgulloso de haber participado en aquel periodo”, ha asegurado.

Los alemanes del SPD aconsejaron a Felipe González y a Alfonso Guerra que colocaran a Suárez en la diana al negarse a ensayar una gran coalición

Lo que esta mañana han ocultado Miguel Herrero y Landelino Lavilla, tal vez porque el día no acompañaba, es que ambos han pasado a la historia como dos de las principales termitas del centro derecha dentro de una gran operación de acoso y derribo del expresidente, bien reflejada en esa poderosa notaría que son las hemerotecas, en la que participaron la clase política de entonces, la Iglesia, el poder económico y también, en cierta medida, la propia Corona.

La Unión de Centro Democrático (UCD) también tuvo sus ‘barones’, repartidos por la familia liberal, la democristiana, la socialdemócrata o la de los ‘azules’. El cabeza principal de la primera fue Joaquín Garrigues, el de la segunda Miguel Herrero, el de la tercera, Francisco Fernández Ordóñez, que terminó siendo ministro de Felipe González, y el de la cuarta Rodolfo Martín Villa. Uno de los más lúcidos en describir la montería organizada a principios de los ochenta contra el entonces presidente del Gobierno por toda esta tropa fue Pío Cabanillas. En una de sus intervenciones, recogida en el libro de Josep MeliáAsí cayó Adolfo Suárez” ofrece este análisis: “Si partimos de que lo fundamental es la subsistencia de UCD, la sustitución de Suárez plantea grandes riesgos. Si acordamos mantener su figura hay que potenciarle y ponernos debajo de su paraguas. Si no lo hacemos, nos equivocaremos gravemente”. Como así fue.

Como partido que terminó siendo de facciones y baronías, la UCD tuvo que combatir la siembra de la confusión y el golpismo que algunos sectores hicieron en determinados medios militares, algo que no fue capaz de frenar un leal a Suárez como Agustín Rodríguez Sahagún. También luchó contra la erosión que acabó rompiendo la relación de confianza entre Suárez y su brazo derecho, Fernando Abril Martorell. Y, finalmente, contra los intereses enfrentados que defendieron, además de algunos nombres ya citados, otros como los de Juan Antonio García Díez,  Carlos Bustelo, Rafael Arias o José Pedro Pérez Llorca. Fue tanta la algarada interna a la que tuvo que enfrentarse Suárez que uno de sus ministros, Francisco Fernández Ordóñez, el que mejor relación ya mantenía entonces con el PSOE, llegó a proponer una coalición entre socialdemócratas y democristianos, una vez que estos últimos, con Herrero y Oscar Alzaga al frente del pelotón, retomaron la avanzadilla de la operación contra Suárez tras la muerte de Joaquín Garrigues. Entonces se habló de que Landelino Lavilla, hoy en la capilla ardiente, actuó como el “tapado” de esta emboscada.

La conspiración del sector democristiano de la UCD se activó tras el fallecimiento de Joaquín Garrigues, cabeza de la familia liberal

Hubo muchas más escaramuzas contra Suárez, tantas que el expresidente reconocía a sus íntimos poco antes de tirar la toalla: “Yo he sufrido una importante erosión personal. La clase dirigente de este país ya no me soporta. Los poderes fácticos me han ganado la batalla”. Leopoldo Calvo Sotelo, fallecido hace seis años, fue uno de los primeros en conocer la decisión de Suárez de dimitir. Éste había sido el mejor capital político para la UCD, estuvo en plenitud de facultades mientras logró puentear a la clase política y conectar con el pueblo llano, pero perdió pie cuando tuvo que gobernar contentando a los políticos para aglutinar a sectores cada vez más exigentes e interesados.

Felipe González y Alfonso Guerra también pertenecen a esa generación y también le han regalado elogios al expresidente. Guerra ha comentado este lunes en el Congreso que el Gobierno de Suárez marcó un punto de inflexión clarísimo “muy positivo para la nación” y que su mérito “consistió en traer la democracia gracias a los sectores –empresas, bancos…– de la derecha y a personas que andaban por ahí”. Lo que también oculta Guerra, que calificó a Suárez como “el tahúr del Misisipi”, es que fueron los alemanes de Helmut Schmidt quienes en aquellos años aconsejaron a los socialistas que no perdieran el tiempo en desprestigiar a la UCD y que colocaran al propio Suárez en la diana una vez que éste se negó en rotundo- “Dejo al país sin alternancia”, argumentó- a ensayar la ‘grossen coalitionen’ entre los dos grandes partidos después de las primeras elecciones de 1977.

La Iglesia, el Ejército, el poder económico y las baronías del centro derecha acabaron por obligar a Suárez a tirar la toalla, sin que el Rey hiciera un solo guiño para que continuara en el cargo

La Iglesia, escocida con la salida de José Manuel Otero Novas del Gobierno y la entrada en la cartera de Justicia de Francisco Fernández Ordóñezcon su defensa del divorcio, también se alió con las termitas de la UCD, al tiempo que un sector del Ejército hacía de las suyas con hechos suficientemente conocidos. Las antenas de La Zarzuela estuvieron activas todo el tiempo, no solo durante el golpe del 23-F, como demuestra que cuando Suárez acudió a Palacio a comunicar al Rey su dimisión, don Juan Carlos no hiciera un solo guiño para que continuara en el cargo. Hacía tiempo que sus relaciones se habían enfriado. Este lunes, en el Congreso, el monarca ha confesado que siente “una gran pena” por la pérdida de Suárez. El pasado domingo, en un comunicado leído, señaló: “La Transición fue impulsada por Adolfo y yo. Fue un hombre de Estado que puso por delante de él los intereses de la Nación”.

Pocos de los que después le acompañaron con lealtad en su aventura del CDS hasta 1991 han buscado sobresalir estos días. José Ramón Caso, Ramón Tamames, Rafael Calvo Ortega, Arias Salgado…han preferido mantenerse en un segundo plano, quizás porque ninguno de ellos ha perdido la memoria y ha querido desnudar a algunos de los exaltos cargos de la UCD que todavía gozan de buena salud y han enmascarado su actuación buscando la canonización de quien convirtieron en la pieza a batir hace 34 años.


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