Nacional

Del caos para enviar el voto por correo

Los empleados públicos están de huelga estos días. Correos ha cursado más de 720.000 solicitudes para participar por carta en las elecciones del próximo domingo... 

Tanto en diversos programas de televisión como en las diferentes redes sociales no pocos ciudadanos se han quejado amargamente de las penurias que han vivido en los últimos días para poder ejercer su derecho al voto por correo. O sea, algo de carnaza para el monstruo periodístico en mitad de esta campaña en puridad anodina. Y no se podía perder la oportunidad de visitar una oficina de Correos en busca de sangre, nervios y griterío

Son las 19.30 horas en una oficina ubicada en el centro de Madrid. En la puerta un cartel avisa que se cierra a las 20.30 horas. Un servidor obtiene el ticket número 867 cuando en los paneles electrónicos consta que en este momento están atendiendo a quien llevaba el número 790. Hay 77 tipos que deben pasar antes en menos de una hora. No hay demasiados trabajadores al otro lado. El reto tiene mala pinta. El establecimiento está atestado y las conversaciones distan de ser las más afables. La fiesta de la democracia tiene estas cosas. Muchos de los presentes ni siquiera saben que la Junta Electoral Central ha alargado hasta el jueves, 21 de mayo, el plazo para votar por correo.

Los minutos transcurren a una tal velocidad que parecen segundos. Una señora que acaba de llegar se muestra nerviosa, indignada con el sistema, enfurecida 

La primera misión, por tanto, es propalar entre los presentes que pueden volver mañana -ay, Larra, si hubieras vivido estas cosas, qué artículos habrías esculpido-. Después toca afectar resignación y gesticular en la misma línea. El objetivo es que otros se cansen y abandonen la batalla. Algunos pocos se largan y unos cuantos lo celebramos secretamente, con miradas cómplices, mientras miramos cómo avanzan los números en los dichosos paneles. Los minutos transcurren a tal velocidad que parecen segundos. Una señora que acaba de llegar se muestra nerviosa, indignada con el sistema, enfurecida con el hecho innegable de que solo haya tres empleados públicos para prestar sus servicios a esta avalancha de votantes

Huelgas, para colmo

Parece ser que por las mañanas los ciudadanos han tenido menos problemas para enviar sus votos a sus lugares de origen. Pero por las tardes el asunto es "terrible", en palabras de un señor que parece haber pasado varios días intentando votar. Informo al compañero de desventura de que quizás el problema sean los paros parciales que están llevando a cabo precisamente estos días los trabajadores de Correos. Una huelga que, por cierto, vuelve a celebrarse este mismo jueves, último día para votar. Es decir, el caos puede ser todavía peor. 

Interrumpe la conversación un pequeño altercado entre dos señores de avanzada edad que reprenden a dos jovenzuelos que, por lo que parece, se han colado

También comento que para estas elecciones del 24-M Correos ha tramitado más de 720.000 solicitudes para votar por correo. Una cantidad nada despreciable sobre todo si se tiene en cuenta que en 2011 la misma magnitud no llegó a 685.000. Interrumpe la conversación un pequeño altercado entre dos señores de avanzada edad que reprenden a dos jovenzuelos que, por lo que parece, se han colado. La cosa no termina en guerra pero tampoco en armisticio. Entretanto, crecen las deserciones y la alegría consiguiente de quienes aguardamos nuestro turno.

Un cuarto empleado que aparece tras el mostrador es recibido como un héroe, por supuesto con cierta retranca, por parte de varios implicados en la espera. Corre el tiempo y no amainan los sudores ni la tensión. Son las 20.15 y le toca al número 852. Hay esperanza en medio del caos. La espera es dura. Como las dificultades agudizan el ingenio, uno de los empleados toma la iniciativa y da instrucciones a voz en grito para que vayamos preparando los sobres. 

Ver el número 867 en el panel es como un sorbo de agua tras vagar por el desierto. Me acerco al mostrador y el empleado público, sudoroso, se queja de cómo el jefe de la oficina se ha escaqueado, pone el grito en el cielo por la falta de contrataciones y me informa, para mi tranquilidad, de que cerrarán más tarde por miedo al linchamiento y de que la huelga de este jueves no tendrá trascendencia porque los servicios mínimos establecidos rozan el 80%. Son las 20.28 horas. Desafío conseguido. Es hora de olvidarse de la política durante unas horas, aunque solo sea la calma que precede a la tempestad. 


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