Nacional

Tras el órdago secesionista, la respuesta de la legalidad

No se engañe nadie: todos los catalanes terminarán pagando la aventura en forma de pérdida de oportunidades, descenso del nivel de vida y deterioro de sus libertades, y desde luego también el resto de los españoles, porque la separación de Cataluña daría lugar a la ruptura de España por las cuatro esquinas de su piel de toro y al nacimiento de Estados sin la menor relevancia internacional.

El presidente de la Generalitat, Artur Mas(C), acompañado de miembros de su Ejecutivo y de los líderes de ERC, de ICV y de CUP.
El presidente de la Generalitat, Artur Mas(C), acompañado de miembros de su Ejecutivo y de los líderes de ERC, de ICV y de CUP. EFE

Impagable la foto que el pasado jueves ilustraba las portadas de internet, después de que la montaña del independentismo catalán pariera la pregunta trampa del referéndum secesionista. El encuadre muestra a Artur Mas ante los micrófonos, adelantando la nueva al pueblo elegido y en mala compañía, porque a su izquierda, como corresponde, se encontraba retranqueado un Junqueras con cara de pocos amigos, insignia pétrea de este nacionalismo ramplón que ha tenido que bajarse del burro y aceptar la oferta de los convergentes, o no es tan fiero el león como le pintan. Venía después el representante de la izquierda heredera del marxismo-leninismo (ICV), o la internacional obrerista al servicio de las ensoñaciones independentistas de una burguesía de derechas ahíta de corrupción, que para eso ha quedado la sucursal de IU en Cataluña, para hacer la ola a los señoritos convergentes, y más a la izquierda una especie de perroflauta maduro apellidado Fernández, colíder de una tal CUP, de extremísima izquierda. Con estas compañías quieren los herederos de Jordi Pujol construir un Estado moderno en Cataluña. Pésimo aval a presentar ante un sindicato bancario a la hora de conseguir un empréstito.     

El mismo día, y casi a la misma hora, en que paría la burra secesionista catalana, se anunciaba en Madrid que Cataluña recibirá otros 873 millones del Fondo de Liquidez Autonómica, procedentes de la reasignación de 2.879 millones a las autonomías acogidas al FLA, para que puedan “atender pagos que son necesarios”. El nacionalismo catalán está de fiesta y España paga la ronda. Félix de Azúa, en artículo publicado en El País el viernes, decía que “La guerra [La II, apellidada Mundial] dejó una memoria de podredumbre moral, cobardía, asesinatos, dirigentes psicóticos, naciones enteras envilecidas y violencia delirante. Todo lo cual, por supuesto, está en trance de desaparecer de nuestra memoria”, porque ya Walter Benjamin, una de las víctimas de aquel conflicto, “nos advertía de lo habitual que es, entre los pueblos civilizados, matar constantemente a sus muertos convirtiéndolos en Historia” (…) “A los pies del Ángel de la Historia, 70 millones de cadáveres observan estupefactos el presente. ¿Para esto hubo que matar a tanta gente? ¿Para que todo siguiera igual?” Parodiando a Azúa, ¿Para qué el dislate secesionista de Mas y su tropa? ¿Para qué esta huida hacia adelante, este delirio de la improvisación sin carta de navegación alguna? ¿Simplemente para que una pequeña élite burguesa pueda tener Estadito propio sin nadie que le moleste?

Cataluña recibe otros 873 millones del FLA. Está de fiesta el nacionalismo y España paga la ronda

“Quienes terminaremos pagando el pato en esa Cataluña independiente somos los que nos sentimos catalanes y españoles y hemos rechazado apuntarnos a la fiebre secesionista, la gente que queremos seguir donde hemos estado siempre, en tu casa, en tu trabajo, con tu gente y tus problemas; de alguna manera nos sentimos ya aislados, cortocircuitados, en una especie de gulag de nuevo cuño”, contaba ayer mismo un amigo catalán. No se engañe nadie, no: todos los catalanes terminarán pagando la aventura en forma de pérdida de oportunidades, descenso del nivel de vida y deterioro de sus libertades, y desde luego también el resto de los españoles, porque el ¡Viva Cartagena! que inauguraría la separación de Cataluña daría lugar a la ruptura de España por las cuatro esquinas de su piel de toro y al nacimiento de una serie de Estados sin la menor relevancia en la escena internacional. Al final, a quien más daño ha hecho el socialismo cubano ha sido a los cubanos, de la misma forma que la derrota del nacismo significó un castigo implacable para los alemanes que lo apoyaron. A veces conviene acudir a la historia reciente y, sin tergiversarla en congresos ad hoc, recordar que Alemania, el país más culto y avanzado de Europa en los años 30 del siglo XX, acabó en una orgía de muerte y escombros tras haberse echado en brazos de un pintor frustrado, capaz de vender a su gente una ideología de superioridad de lo propio (cofoisme en catalán, és a dir l'autocomplaença, l'autosatisfacció, el sentit de superioritat), y menosprecio de lo ajeno, de desprecio, incluso odio, a quien no forma parte de la tribu.

“Sobra rencor y falta finura” en Madrid, dicen en Barcelona

Ocurre a menudo que los pueblos enloquecen y deciden jugar a la ruleta rusa con su futuro, cuando no pegarse directamente un tiro. Algo de eso está pasando aquí, ha pasado en estos años, en parte porque el Gobierno central levantó el campo, abandonando en Cataluña a quienes también se sienten españoles y dejando el terreno libre para el adoctrinamiento victimista e identitario, de modo que hoy la presión contra el que no piensa en nacionalismo es difícilmente soportable y el repudio al discrepante, permanente, lo cual explica en buena parte que la izquierda haya renunciado a sus señas de identidad para abrazar la causa de esa burguesía corrupta, un fenómeno al que se ha sumado la Iglesia Católica local y desde luego los medios de comunicación, subvencionados todos, mantenidos todos por la Generalitat. “Sobra rencor y falta finura en su relato” [en la prensa de Madrit], escribía el viernes Enric Juliana, periodista de La Vanguardia, ferviente pujolista, y padre putativo del famoso editorial que la prensa catalana, en un claro ejemplo de diversidad, publicó al unísono con motivo del Estatut. Dice Juliana que “se esperaba un descarrilamiento [en Madrit, claro está]. Y ese accidente no se ha producido”. Está contento Juliana. Casi tanto como los responsables de TV3 que en la tarde del jueves, con motivo de la enjundiosa pregunta, se marcaron un programa tan delirantemente nacionalista, tan obscenamente sectario, que no lo hubiera superado la televisión soviética en los mejores tiempos del camarada Stalin.      

Ni el Gobierno ni su presidente pueden ya llamarse andana. Cuando, pasado el tiempo, la pequeña historia registre estos días convulsos, el cronista se sorprenderá del contraste entre el dinamismo desplegado por la Generalitat y su cohorte secesionista en los últimos años, y el silencio autista, la inacción de un Gobierno central indiferente espectador de unos acontecimientos en los que nada parecía jugarse. El desafío de la ruptura de España está sobre la mesa, una realidad a la que se ha llegado por culpas repartidas cuyo relato es imposible abarcar aquí, pero que en ningún caso se hubiera concretado de no estar España inmersa en una de las mayores crisis de su historia reciente, crisis económica pero sobre todo institucional, que es básicamente moral, crisis terminal de un régimen carcomido por la corrupción, con todos los beneficiarios de la Transición -la Corona a la cabeza- afectados por escándalos del más diverso pelaje. Esa debilidad explica la arrogancia con la que el nacionalismo catalán, dispuesto a aprovechar el momento, ha apretado el acelerador en la búsqueda de un futuro fuera de España, convencido de que es ahora o nunca.

El envite secesionista es de tal calibre, que no hay espacio para la vieja política inmovilista

Huelga decir que, a pesar de los pesares, España sigue siendo un gran país, un país que ha superado guerras, revoluciones, dictaduras, repúblicas cantonales y reyes felones sin cuento; un país infinitamente más rico hoy de lo que era en 1978 y no digamos ya en 1939, una gran nación cuyos Gobiernos, el delirante que encabezó Rodríguez Zapatero, gran responsable del paisaje de tierra quemada (“¿ven ustedes cómo España no se rompe…?, dijo el lechuguino tras su apoyo incondicional al nuevo Estatut catalán) actual, y el silente de Rajoy, no han utilizado ni una ínfima parte de los recursos –legales y de los otros- de que disponen para enfrentar el desafío independentista. El Gobierno está obligado a operar en una doble vía. Por un lado, haciendo cumplir la ley, es decir, la Constitución de 1978, un camino al final del cual no se adivina otra salida que la aplicación de su artículo 155, con la suspensión de la Autonomía catalana, algo que ya hiciera la II República cuando, en octubre de 1934, Lluis Companys proclamó el Estat Català.

Primero la ley, luego la política

Primero la ley y luego la política. En efecto, la aplicación de dicho artículo sería solo una parte de la respuesta, tal vez la más fácil de atisbar, porque detrás de la eventualidad de esa suspensión, el Gobierno -y el que ahora parece su firme aliado, el PSOE de Pérez Rubalcaba- debería tener lista una respuesta política adecuada para abordar la crisis constitucional de caballo abierta por el agotamiento de un modelo al que el desafío secesionista ha dado la puntilla. Imaginar que después del órdago lanzado por Artur Mas las cosas podrán seguir como hasta ahora, más que una alucinación podría ser un suicidio. Por eso, el Gobierno Rajoy, después de cumplir y hacer cumplir la ley, tendrá que poner sobre la mesa un gran proyecto –¿Gobierno de coalición PP-PSOE mediante?- capaz de superar esa crisis constitucional, que incluya la reforma del Estado en el sentido que mejor convenga a los intereses de los españoles, lo cual sin duda pasa por la apertura de un proceso constituyente capaz de dibujar un marco legal, inclusivo para Cataluña, que, corrigiendo los viejos errores, propicie otros 30 o 40 años de convivencia. Rajoy es consciente de que el palo no es un argumento bastante para apagar este fuego, y que precisa de la zanahoria de acuerdos imaginativos que hagan posible algo que hoy se antoja un milagro. El problema de Mariano, y así lo ha manifestado a Rubalcaba, es que el ala dura del PP que lidera José María Aznar se va a negar en redondo a aceptar cualquier solución que implique una “cesión” a los nacionalismos.

Decisiones supremas para tiempos excepcionales. El envite secesionista es de tal calibre, que no hay espacio para la vieja política inmovilista y especulativa. Ignorar la herida afectiva o sentimental que ha convertido la ensoñación inicial de una pequeña elite en un gran movimiento transversal en Cataluña es negar la evidencia, y ninguna batalla se ha ganado, decía el gran Napoleón, analizando mal las capacidades del adversario y, lo que es peor, menospreciándolo. Recuperar la estabilidad del país, en serio peligro de ser arrollada por los acontecimientos de Cataluña, y hacerlo en términos exquisitamente democráticos con expreso rechazo a la violencia, exige soluciones políticas tan contundentes como imaginativas. ¿Se puede confiar en los políticos responsables, con sus respectivos partidos, del actual estado de cosas para semejante travesía? Se entiende el escepticismo de muchos, pero con estos bueyes hay que arar en tanto en cuanto no afloren otros con mejores credenciales.


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