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Los Bancos Centrales son parte del problema en la actual crisis económica sistémica

Desde este blog, pretendemos, en primer lugar, iniciar una reflexión colectiva crítica de porqué hemos llegado a donde estamos; en segundo lugar, qué se está haciendo desde las autoridades económicas para hacer frente a la crisis económica, financiera, y social en la que estamos inmersos; y, finalmente, desde un análisis crítico, plantear alternativas distintas a la ortodoxia, que, a fecha de hoy, tras aproximadamente 4 años del origen de la actual crisis sistémica de occidente, no ha sido capaz de establecer, al menos, las bases mínimas para un crecimiento económico en el largo plazo. Comencemos con una explicación diferente de la actual crisis económica.

La actual crisis económica global es de naturaleza sistémica, no es cíclica, y presenta una serie de rasgos comunes a otros episodios de crisis similares que se han dado en la historia. Por encima de todos ellos, destaca el papel perverso que jugó el sistema financiero, que se convirtió en sí mismo en un fin último de la economía, y no en un medio para mejorar el sistema productivo. Teniendo en cuenta que el comportamiento de los mercados se guía por el miedo y la avaricia, y no por la racionalidad de los inversores, estas fases suelen acabar en inflaciones de activos y endeudamientos privados descomunales, de manera que cuando se desploma el precios de los activos colaterales que soportan el endeudamiento, se produce una brutal caída de la riqueza, un descenso de la renta, un aumento del desempleo, un aumento de las quiebras de entidades privadas y públicas, incluidos Estados, posteriores períodos deflacionistas, o hiperinflacionistas, y depreciaciones de divisas.

Para entender la dinámica global que nos ha llevado hasta aquí, nos apoyaremos en varios artículos premonitorios, que con suficiente anticipación adelantaban lo que está pasando. Lo que no tiene sentido es que perdamos ni un segundo en aquellas teorías u opiniones que nos han llevado a donde estamos, y que en su inmensa mayoría representan a la ortodoxia académica, política, y de poder dominante en la actualidad.

En primer lugar empezaremos por un artículo, nada sospechoso de heterodoxia hereje, de la Reserva Federal de Cleveland “Beyond Price Stability: A reconsideration of Monetary Policy in a Period of Low Inflation (1998)”, según el cual la globalización presenta una serie de rasgos básicos. En primer lugar, se produce una infravaloración del factor trabajo respecto al factor capital, al incrementar de manera notoria la oferta de trabajo, lo que de por sí disminuye la fuerza de presión de los sindicatos. En segundo lugar, aumenta el peso de los países emergentes, que básicamente han aportado la producción de materias primas, y la producción de bienes finales, tanto de consumo como de capital, de manera que la exportación, y en algunos, como China, la inversión han sido los motores de su expansión económica. En tercer lugar, al disminuir los costes unitarios laborales, se producen descensos en los precios de venta de numerosos bienes, y se genera lo que se denomina deflación buena o “a la Keynes”, que consiste en un aumento de la holgura monetaria consecuencia de la caída de precios: con una determinada cantidad nominal de dinero se puede comprar más bienes, y, por lo tanto, los saldos reales aumentan.

En ese mismo artículo, se describe como la política monetaria debería haber sido mucho más restrictiva. Sin embargo, al implementar políticas monetarias laxas, con descensos importantes en los tipos de interés nominales y reales, los Bancos Centrales, especialmente la Reserva Federal de Estados Unidos, cimentaron las bases de gran parte de los problemas económicos existentes en la actualidad. Por un lado, eliminaron la deflación a la Keynes, la buena, lo que castiga aún más a las rentas del trabajo. Por otro lado, promovieron el endeudamiento, y facilitaron la generación de burbujas o inflaciones de activos (acciones, casas, bonos corporativos…) que servían de colateral para esa deuda.

Es interesante destacar el papel de la política monetaria como elemento incentivador de la toma de riesgos excesivos, introduciendo un problema de riesgo moral: los inversores, especialmente los bancos, asumen importantes riesgos en sus apuestas a sabiendas de que si al final las cosas van mal, las autoridades monetarias los rescatarán.

Finalmente, la política monetaria ni siquiera preservó su objetivo último, el control de la inflación. Gran parte del aumento de la tasa de crecimiento de los componentes “erráticos” de la inflación, es decir, de los precios de los bienes de la cesta de consumo que se fijan en mercados financieros, energía y alimentos no elaborados, se debe a la inflación de activos consecuencia de políticas monetarias excesivamente expansivas. En este contexto, en las economías occidentales, se está dando hoy en día lo que se conoce como biflación: mientras que hay inflación en una parte de la economía, por lo general en las materias primas, al mismo tiempo hay una situación próxima a la deflación en aquella parte vinculada a artículos de producción nacional y a los adquiridos con el crédito.

De este análisis podemos sacar una primera conclusión: el papel vital que han jugado los Bancos Centrales en el proceso de sobreendeudamiento alimentado por la generación de una riqueza por encima de la renta (burbujas financieras), y un consumo muy por encima del ahorro interno.


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