Escasas novedades en el discurso del presidente

Moncloa evita las provocaciones para no "levantar polvareda justo un día antes de irnos a Australia"

Rajoy evitó ir al choque con Artur Mas para no 'levantar una polvareda' justo antes de viajar a Australia. El presidente del Gobierno habló del profundo fracaso de la jornada y cerró la puerta a negociar sobre otro referéndum.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, a su llegada a su comparecencia en el Palacio de la Moncloa
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, a su llegada a su comparecencia en el Palacio de la Moncloa EFE

Salió forzado el presidente del Gobierno. Su comparecencia de este miércoles fue una improvisación al hilo del malestar que se advertía en sus filas. Hubo respuestas previsibles hacia Artur Mas, en especial la tajante negativa de que no habrá negociación alguna sobre un referéndum secesionista. Y una valoración muy expresiva sobre el fracaso absoluto de la consulta.

Evitó cualquier contundencia en el mensaje, que no superó los límites de la firmeza. No hizo referencia alguna a los posibles delitos en los que haya podido incurrir la Generalitat, con su presidente al frente, y se empeñó en deslindar la acción de la Justicia con la gestión política. El Gobierno no manda en los fiscales, subrayó con insistencia pero con escasa convicción. La ingenuidad de la opinión pública tiene sus límites, pese a los aspavientos de Fiscales para la Democracia e incluso de la Fiscalía catalana, que tanto tarda en presentar una querella contra los altos cargos de la Generalitat responsables de los episodios ilegales del domingo.

Silencios y gestos de valentía

Rajoy fue enérgico al hablar del fracaso absoluto del 9N, pero evitó cualquier contundencia en el mensaje y no hizo referencia alguna a los posibles delitos en los que haya podido incurrir la Generalitat

Fue una comparecencia de 35 minutos, escueta y expresiva. Un somero repaso a la consulta apócrifa con la que se cerraban dos largos años de desafíos y polémicas. No hubo mayores novedades en la explicación gubernamental. Tampoco se esperaban. Tampoco se dejó ningún cabo suelto al albur de la polémica. No se trataba de "levantar polvareda justo un día antes de irnos a Australia", comentó en privado una fuente de Moncloa. Rajoy no quiso dejar tras de sí un incendio en la crema catalana ni incurrir en provocaciones.

Por no molestar a nadie, ni siquiera se refirió a quienes se la jugaron intentando defender el dictado de la Ley durante el plebiscito. Como una directora de instituto que se negó a entregar las llaves a la turbamulta secesionista que llaman 'voluntarios'. O esos alcaldes que no cedieron las instalaciones muncipales. Gestos valientes, que tendrán consecuencias negativas para sus protagonistas y que no merecieron ni una mínima mención por parte de su presidente.

Moncloa ha renunciado a desmontar las mentiras del nacionalismo. Y a hacer pedagogía. El presidente del Gobierno siempre se dirige a la sociedad catalana, que no a su clase política, y recuerda cómo el Estado le paga las pensiones y las farmacias. Pero apenas se va más allá. Es lo que le reprocha buena parte de esos dos tercios de catalanes que no acudieron el domingo a las urnas de cartón. El Gobierno rechaza negociar sobre la autodeterminación pero no sobre la reforma de la Constitución. No tiene un plan político alternativo al de Artur Mas, el empecinado, pero tampoco parece muy decidido a defender lo establecido por la Justicia. "Mesura y proporcionalidad", fueron las palabras-mantra esgrimidas por el presidednte en su comparecencia.

Rajoy no tiene un plan político alternativo al de Artur Mas, pero tampoco parece muy decidido a defender lo establecido por la Justicia

Artur Mas, tan escasamente sutil, tan falto de finezza pese a que uno de sus asesores mediáticos ejerce de periodista italianizante, quiso mostrar en forma ostensible que no siguió el mensaje del jefe de Gobierno. El president estaba en el Parlamento catalán, incurriendo en bravuconadas y desafiando al Estado, su ocupación ahora favorita.

Dos frentes y un sólo mensaje

Tenía Rajoy la mirada puesta en dos frentes. De un lado, en el catalán, para dejarle claro a Mas que no espere mutaciones inmediatas en la postura del Gobierno. Eludió como pudo referirse a las negociaciones secretas mantenidas durante meses entre Rigol, Serrano y Arriola (por parte de CiU, PSOE y Moncloa, respectivamente) un asunto que ha despertado ronchas en el PP, ya que casi nadie estaba al tanto de estos manejos. También puso empeño el presidente en dirigirse al ala más firme y dura de sus filas, al descartar toda mención al artículo 155 de la Constitución, criminalizado con éxito por los nacionalistas, y al subrayar la "proporcionalidad y mesura" en la actitud del Gobierno frente al desafío del domingo.

Incurrió en una curiosa contradicicón, muy aireada por los soberanistas. Se aferró con insistencia a la enorme abstención cosechada en una consulta que, según Rajoy, no existió. ¿Si no hubo plebiscito, a qué hablar de índices de participación?, se preguntaban en la Generalitat con enorme sorna. Era la segunda parte de aquello de; si el plebiscito es una charlotada, ¿para qué recurrirlo al Constitucional?


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